País 45% perdió su trabajo en un año

(Des)empleadas domésticas: la burbuja explota con la pandemia

Llevaban todas las de perder y las cifras del INEC confirman que las servidoras domésticas sufren el peor impacto laboral por COVID-19: 60.000 puestos se perdieron en solo un año.

Brenda no habría podido atendernos un sábado en la sala de su casa si estuviéramos en el 2019, pero ahora con costos trabaja dos días entre semana y por eso puede contarnos con calma cómo llegó desempleada a mitad de 2020, aunque ahora encontró un trabajo de unas cuantas horas por semana.

Brenda tiene 25 años, una hija y el recuerdo fresco de cuando iba a limpiar a cinco casas, antes de que llegara el año de la pandemia y quedara totalmente desempleada porque a sus patronos se les cayeron los ingresos o porque temieron que la presencia de “la muchacha” significara un riesgo demasiado alto de contagio del coronavirus.

“Me fui quedando con menos desde marzo y en la última casa me dijeron que tenían que recortar gastos, y ese gasto era yo”, cuenta antes de asegurar que el problema no es solo ella, que “así está la calle”, con un desempleo en mujeres que alcanza al 30% de las trabajadoras. Son unos 269.000 los rostros del desempleo femenino.

Ella lo tiene claro; con todo y las congojas de su caso particular en la pobreza, es solo una de las 63.500 personas que en junio de 2019 trabajaban como empleadas de los hogares y que salieron de la actividad un año después.

Este dato corresponde a empleos en los hogares en tareas de limpieza, cocina, jardinería, cuido o de chofer, pero la realidad indica que casi todos corresponden a las empleadas domésticas.

Es decir, casi 45% de las servidoras domésticas perdieron su trabajo entre junio 2019 y junio 2020, la mayor cifra relativa de todos los sectores de la población, según un análisis de la Encuesta Continua de Empleo (ECE) que publicó en agosto el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), con datos hasta la primera mitad del año.

Las condiciones de por sí precarias de los servicios domésticos, con los peores salarios (promedio salarial mensual de ¢275.000 en tiempo completo) y mayoritariamente sin seguro social, chocaron con las particularidades de una epidemia que llama a no romper las burbujas de cada hogar.

Ese factor sanitario se sumó a la dureza del golpe de la economía y la ubicación del servicio doméstico en el último eslabón de la cadena laboral, el trabajo que en la teoría puede asumir cualquier persona del hogar, más aún si también es parte de los 551.000 desempleados (24% de la población trabajadora) o de muchos otros que han salido de la fuerza laboral.

“El trabajo como empleada doméstica es muy sensible al mercado; es de los primeros gastos que recorta un hogar”, comenta Natalia Morales, investigadora del Programa Estado de la Nación, donde también han visto ese impacto especial en las servidoras domésticas. “Es que 63.500 en un solo sector son demasiadas”.

Al desglosar los datos de la ECE sobresale que esta era la principal fuente de empleo para las mujeres, pues en 2019 representaba un 16,5% de los trabajos de la población femenina.

Esto explica el fuerte impacto que tiene sobre las mujeres, pues casi un tercio de los empleos perdidos en mujeres en el último año procede de esa actividad, donde el 90% de las trabajadoras se encuentra en la informalidad y donde cuatro de cada diez son jefas de hogar, de acuerdo con los datos del INEC.

Eso explica por qué Auxiliadora Méndez vivió varios meses de ayudas de una iglesia para ella y sus dos hijos o por qué ‘Scarlett’ (como se hizo llamar una entrevistada) tuvo que dejar el pequeño apartamento en Tres Ríos e irse con su hijo a un cuarto en la casa de la mamá en Naranjo.

Eso explica también por qué Gloria Ramos piensa volver a Nicaragua para toparse con sus tres hijos y dejar el cuarto por el que paga ¢30.000 en San José, seis meses después de que la despidieron de una casa donde trabajaba 12 horas diarias.

Brenda al menos tiene a su pareja, un guarda de seguridad que hasta ahora no ha perdido ingresos, aunque los gastos son muy superiores y extrañan aquellas entradas del 2019. Por eso tiene en la cabeza la opción de devolverse a Nicaragua (el 30% de las domésticas es nicaragüense) pues entiende que allá tampoco hay trabajo, pero al menos no debería pagar los ¢120.000 por alquiler de la casa donde vive en La Trinidad de Moravia.

“Yo sé coser y me puse a hacer mascarillas; con esos me sostuve un tiempo, pero la gente ya ha dejado de comprar y no sale trabajo”, dice después de celebrar que al menos consiguió en agosto un empleo de dos días que le genera ¢28.000 por semana, un monto insuficiente pero significativo para el momento.

Otros antiguos patronos o clientes la llamaron para decirle que la necesitarán, pero cuando haya pasado un poco el riesgo de contagio. UNIVERSIDAD conoció el caso de una mujer que cumplió cinco meses recibiendo salario sin trabajar, pues sus patronos una pareja de jubilados quieren extremar los cuidados y tampoco desean dejarla en la calle.

Ahora Brenda trabaja menos de medio tiempo y no sería catalogada como “desempleada”, pero sí entraría en el grupo de “subempleo”, el de las personas que tienen un trabajo pero solo de tiempo parcial y buscan activamente trabajar más. En esta situación está el 25% de las mujeres que en la actualidad tienen un empleo, según las mediciones del INEC con corte al mes julio.

Sin embargo, son el 30% de las mujeres trabajadoras las que buscan un puesto y no lo encuentran, mientras en hombres el desempleo es del 20%. Ese desequilibrio se agrava en las mujeres jóvenes (menores de 24) pues en este segmento el desempleo llega a 57,4%, mostraba la ECE con datos hasta julio, sin determinar aún lo que ha ocurrido en los últimos tres meses en la economía nacional.

La investigadora Morales señala que la naturaleza del servicio doméstico hace que sea sensible al deterioro de la economía de los hogares, pero resistente a la recuperación de la capacidad económica de los posibles patronos.

“De esas 63.500 desempleadas, muchas tardarán en volver porque deberán esperar a que mejore la capacidad de consumo de las familias, con una alta demanda por esos empleos y previsiblemente en condiciones más precarias que las de antes de la pandemia”, agregó, con el agravante de que es ínfimo el alcance de las controles de leyes laborales dentro de los portones de las casas.

Los datos de la ECE demuestran que el 60% del total de nuevos desempleados en el último año carecen de estudios más allá de la secundaria, un dato coherente con el perfil del desempleado que ha predominado en los últimos años.

A diferencia de los hombres, que poseen más opciones de trabajos en los que no se requiere estudios (agro, construcción o labores más recientes como transportista ligado a plataformas digitales), las posibilidades que la sociedad da a las mujeres suelen limitarse al servicio doméstico o en mucha menor medida, las ventas comerciales.

La situación empeora para las mujeres migrantes, que en un 40% se dedican a servicios domésticos y representan a una de cada tres empleadas de hogares, según las datos de la ECE.

La construcción, el sector que se desplomó para los hombres

La construcción es la rama de actividad que más perdió empleos entre los hombres. En 2019 había en Costa Rica 154.633 constructores, pero un año después solo se registraban 100.133, un 35% menos. Esta es la cantidad más alta de caída de empleos entre hombres, seguida por comercio (33.767 empleos perdidos). Además, era la tercera rama de empleo más importante entre los hombres y en 2019 representaba el 12% de los empleos, mientras que un año después es solo 9%.

Unos patronos se quedaron sin dinero y otros temían un contagio

Brenda Espinoza, 25 años

“Desde el 8 de marzo me mandaron para la casa en algunas de las cinco casas a donde iba, porque como yo ando en bus podía ser peligroso para ellos. En otra casa me dejaron a la mitad pero cuando volvieron a subir los casos me dijeron que ya no más. Me quedé en cero durante dos meses, pero después me volvieron a llamar para ir dos días. Así estoy ahora y gano una tercera parte de lo que ganaba. Imagínese usted lo difícil, aunque mi novio es guarda y él sigue ganando igual. Tuve que dejar el curso de costura y hemos reducido todo lo que podamos en comida; el problema es que uno no sabe si se va a poner peor. Pasé unos días mal y con insomnio, pero luego me convencí de que debo estar bien para poder trabajar y cuidar a mi niña, porque también tengo que ayudarle en la escuela, así a distancia. Espero que la situación mejore, porque unos señores a donde yo iba a trabajar dependen de alquileres y están mal (de ingresos), eso lo entiendo. Sé coser y quisiera intentar más cosas aquí, pero si nada funciona me tengo que volver a Nicaragua, porque allá tengo casa y solo me preocupo por la comida. Son 11 años que llevo aquí y esa sería la última opción, pero si las cosas no mejoran tendremos que hacerlo.

Un viaje forzoso de Tres Ríos a Naranjo

‘Scarlett’ (nombre sustituido), 25 años

“Yo ya no trabajo. Así estoy desde que me echaron de la fundación donde trabajaba como miscelánea, con la jefa donde yo antes iba a limpiarle la casa. Es difícil buscar trabajo porque hay mucha gente liquidada. Pasé de tener como ¢250.000 mensuales a casi nada. Ahora el único ingreso que tenemos son los ¢50.000 colones que da el papá de mi hijo, pero usted sabe que eso no alcanza para nada. Nos ayudamos con el diario que nos dan en la escuela y tuvimos que dejar el apartamento en Tres Ríos y venirnos a la casa de mi mamá en Naranjo, donde ella vive con una pensión que recibe muy baja. Ella también era empleada doméstica, pero ahora está enferma.

Así vivimos; yo trabajo en esto desde que estaba en segundo año del colegio, que tuve que dejar de ir a clases. Ahora pienso en mi hijo, que le ha pegado muy duro y solo me ve con todo el estrés. Le han dado ataques de asma y el médico me dijo que son como nerviosos, sin apetito ni amigos por ningún lado, en un lugar diferente, pero yo no he logrado nada. Me duele ver así a mi hijo, porque además se preocupa de que yo salga a la calle por los contagios. Es lo único que he hecho y sigo buscando trabajo en esto, aunque uno sabe que en muchas casas nos ven como esclavas, aprovechándose de que nadie ve y de la necesidad”.

Vivir de la caridad sin renunciar a sacar el 6º grado

Auxiliadora Méndez, 40 años

“Siempre había trabajado en hoteles pero en enero me salió un trabajo en Santa Ana de doméstica. En abril me enfermé de gripe y con esto del coronavirus les pedí unos días para cuidarme, pero no estaban muy seguros y yo me tomé esos tres días. No tenía incapacidad porque yo tampoco estaba asegurada, pero a ellos no les gustó y me despidieron, aunque era por contrato. Me dijeron que yo debía trabajar aunque hubiera un terremoto y que yo abandoné. Era una pareja joven de profesionales, creo que no tuvieron pérdida de trabajo, pero siento que se aprovecharon y no me pagaron nada después.

Pasé varios meses sin trabajo porque ¿quién en estos tiempos le va a abrir a una desconocida la puerta de su casa? Me preocupaba porque tengo dos hijos, pero gracias a Dios la hermana Carmencita (María del Carmen Cruz, presidenta de la asociación de trabajadoras domésticas Astradomes) hasta que encontré un lugar para ir dos días por semana. Ya es alguito y trato de cuidarlo porque soy madre sola y no puedo dejarme caer. Tampoco quiero dejar mis estudios; estoy sacando el sexto grado de la escuela aquí en Río Azul, soñando con algo mejor algún día, en cocina o en zapatería, no sé, no sé”.

Sin seguro, sin reposo y sin liquidación

Gloria Ramos, 36 años

“Yo trabajaba en una casa con dormida, pero sin contrato ni seguro. Me pagaban ¢210.000 por mes, con horario desde las 6 de la mañana y casi siempre hasta las 8 de la noche. Estuve ahí un año y tres meses hasta que me enfermé y ellos mismos me llevaron a la clínica, pero el doctor me recomendó reposo y los patronos dijeron que no podían darme esa posibilidad y entonces me cortaron. Me dijeron que ya no me necesitaban, que sacara las cosas y me fuera.

Después fui al Ministerio de Trabajo a preguntar y me dijeron que me tocaban como ¢600.000, pero el patrón me llamó para decirme que si lo demandaba más bien se me podía dar vuelta a la tortilla. Mejor no me arriesgo. Ahora no puedo enviarle plata a mis hijos, que viven en Nicaragua con mi mamá. Solo reciben como 50 dólares que les envía el papá desde El Salvador. Vivo aquí desde hace casi diez años, con residencia. De momento estoy en un cuarto que nos cuesta ¢60.000 a una amiga y a mí, aunque este tiempo es ella la que lo ha pagado. Es muy duro sentirse uno a los 36 años estancada así, pero sé que hay muchas otra como yo”.

*Esta publicación es un trabajo colaborativo de los medios Semanario UNIVERSIDAD, Doble Check e Interferencia, de la Universidad de Costa Rica.

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