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Chica Ramírez: El ave valiente de La Fonseca

Dedicó más de un lustro a combatir el régimen de Daniel Ortega. Hoy, desde un valle al este de San José, continúa su lucha desde el exilio.

Es un domingo ocupado para Francisca Ramírez. Está despierta desde la madrugada para poner al fuego un perol con sopa de res para más de 20 personas. Deja la cocina para sentarse y conversar. Es día de entrevistas. Mañana viajará a Europa en una gira destinada a denunciar las atrocidades cometidas por el gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua.

Hoy cocina para su familia y para los invitados que la han llegado a despedir. “Doña Chica”, como es más conocida, no mide más de un metro cincuenta. Sus pómulos rellenos, la nariz recta y los ojos pequeños revelan su origen indígena. Nació en una comunidad rural de Nicaragua llamada La Fonseca, en el departamento de Nueva Guinea. Es robusta y en su piel morena, quemada, atestigua los efectos de una vida de trabajo bajo el bravo sol pinolero.

En Nicaragua la describirían como una mujer “arrecha”, por su carácter firme, que no duda en hacer lo necesario para que escuchen su voz. Una mujer que en los últimos seis años se convirtió en uno de los principales rostros de la lucha campesina.

En 2015 se dio a conocer sin buscarlo, por oponerse a la Ley 840, la legislación del fantasioso e inexistente Canal Interoceánico por Nicaragua que, según el oficialismo, será inaugurado en 2020. La ley fue votada por una asamblea nacional dominada por el sandinismo, en junio de 2013 y desde entonces puso en riesgo las propiedades de miles de familias campesinas agricultoras, entre ellas la de Ramírez.

Desplazamiento

La Fonseca -el lugar que la vio nacer y crecer- es una comunidad productora de hortalizas y legumbres ubicada a más de 80 kilómetros de Managua. Para doña Chica es el paraíso en la tierra. Cuando cuenta las historias sobre su finca sus ojos adquieren un brillo especial, que solo aparece de nuevo cuando habla sobre su familia.

Por ese amor incontrolable es que comenzó a luchar para la derogación de la Ley del Canal. Una legislación que le daba al empresario chino Wang Jing y a su grupo HKND la soberanía del país en la zona canalera, las reservas del tesoro y la inmunidad ante leyes nacionales por 116 años. Aunque al principio, dice Francisca apenada, apoyaba la idea el proyecto del Canal.

“Yo dejé correr eso un tiempo (después del decreto de la ley), porque solo veía canales oficiales y ahí salía que el Canal era la solución a la pobreza de Nicaragua. Eso a mí me ponía muy feliz, porque me gusta ver avance. Es que yo no conocía el marco del contrato (de Ortega con Wang Jing). Como unos tres o cuatro meses después que sale la ley, comienzo a leer todos sus artículos y ya me doy cuenta cómo entregaban todo, todo… todas nuestras tierras, a un chino. Nos iban a desplazar”, relata.

Francisca Ramírez salió de Nicaragua hacia Costa Rica en septiembre del año pasado. Desde el exilio ha seguido organizándose junto a grupos campesinos. Mieriet Ábrego | Semanario Universidad

Mientras habla, Doña Chica constantemente usa la palabra “desplazamiento”. Es un término que le da escalofríos y hasta hace un año era su peor pesadilla. Hoy, desde un valle al este de la capital de Costa Rica, esa pesadilla se ha vuelto su realidad.

Es que en 2019, “doña Chica” todavía abandera la lucha anticanal pero también es representante de la lucha por la justicia y la democracia tras la masacre de 2018 perpetrada por policías y parapolicías de Ortega, según lo constatado por la CIDH y por el Informe GIEI de la OEA.

Tuvo que partir por el peligro inminente de ser asesinada o secuestrada por el régimen. O peor, para ella, por el riesgo de que alguno de sus familiares fuera atacado.

Su hogar en el paraíso de La Fonseca ahora es un recuerdo en el cual piensa diariamente. “Yo extraño mi comunidad, mi casa, mis tierras, todos los animalitos que tenía. Extraño a mi país y cuánto quisiera yo estar allá”, lamenta.

Aquí en el exilio, viviendo en una casa mucho más pequeña que la de La Fonseca y con ni la mitad de los recursos de los usuales, dice que no se arrepiente de protestar contra el régimen. Quería evitar a toda costa una masacre más, ya ha pasado por muchas.

En su infancia vivió la guerra de los ochenta entre sandinistas y contrarrevolucionarios, que la hizo testigo de asesinatos brutales que siguen grabados en su memoria. Cuando habla sobre el tema comienza a llorar.

En esa época su madre fue encarcelada por cuatro meses, ocho días después de dar a luz. Dejando a cargo de una pequeña Francisca de once años la crianza de todos sus hermanos. Esa ausencia maternal la obligó a crecer.

La guerra la dejó sin hogar, sin comida y casi sin futuro. Las 220 manzanas de tierra que actualmente posee, son el resultado de jornadas de más de 12 horas por 20 años viajando hacia Managua en camiones de carga para comercializar los productos en mercados nacionales. Trabajó así, explica, para que sus hijos tuvieran un lugar al que llamar casa.

No podía permitir que el mismo hombre que arruinó su niñez, treinta años después arruinara la de sus hijos y nietos.

“A las mujeres nos tienen que tomar en cuenta”

De su cuerpo pequeño sale una voz firme, atronadora.

Una voz que le debería dar temor a hombres como Daniel Ortega y que constantemente han intentado callar. En 2014, por ejemplo, dice que llegaron a requisar su casa e intentaron meterla a la cárcel. También fue vetada del Diálogo Nacional el año pasado. En su lugar asistió el líder campesino Medardo Mairena, quien trágicamente terminó secuestrado y hoy está condenado a más de 216 años en prisión, por un sistema de justicia controlado por la familia del dictador.

“A mí no me iba a tener piedad”, enfatiza doña Chica. Expresa que tampoco la quiere. Decidió partir en septiembre junto a toda su familia; su madre, nueve hijos, sus familias, ocho hermanos, sus familias, hacia tierra costarricense. Desde aquí ha intentado organizarse con otros campesinos que también tuvieron que escapar del régimen. Enérgicamente afirma que ellos también forman parte de su larga familia.

Es un domingo ocupado para doña Chica. Horas después de la entrevista viajó hacia Europa a una gira denunciando el gobierno de Ortega y recibir un premio internacional por su labor defendiendo los derechos humanos. Miriet Ábrego | Semanario Universidad

Cuando le preguntamos cómo es ser mujer dentro del activismo. “Ay, es difícil ser defensora”, dice. Se acomoda en su silla y comienza a contar con los dedos: “Usted vea. Primero no hay mujeres en esa mesa de negociación que hay en Nicaragua. ¡Ni una mujer! Las mujeres somos las que estamos adelante, siempre somos las que tratamos de hablar y protestar primero. Por nuestros hijos, por nuestros derechos. Aún así no se respeta. No se nos toma en cuenta como si no fuéramos partes de la sociedad”.

Hay un silencio, luego continúa: “Aún así no nos vamos a rendir, en las decisiones que se tomen en Nicaragua las mujeres también tenemos que estar presentes, nos tienen que tomar en cuenta”, dice, con una firmeza en la voz que convence al más incrédulo.

La interrumpe el sonido de unos pasitos ligeros cerca de su oído. Es su nieta menor que pasa corriendo por el lugar de la entrevista. Su rostro cambia y llama a uno de sus hijos para que saquen al pequeño visitante del sector. “Les dije que se queden callados, hombre”, les reprende.

Francisca Ramírez ha sido uno de los nombres más visibles dentro de la lucha campesina. Cuenta que en el Movimiento Campesino se le han cuestionado que por qué la mencionan tanto y no a otros de sus compañeros. “Hay gente con mucho amor, gente que te apoya sin distinción. Yo en 2013 dejé a mi hijo menor, de unos nueve u ocho años, a cargo de mi mamá y me fui a ser defensora y me ayudaron. En la comunidad así somos”.

Continúa:

– ¿Y cómo es ser líder mujer allá en La Fonseca?

-¡Ay, es bien lindo! Hay muchas mujeres que son dueñas de propiedades. Hay un respeto para las mujeres… Uh sí… Ahí hay igualdad hacia las mujeres. Ahí si los esposos compra una finca, ponen en el título a las esposas. Esto que te digo es muy importante, porque eso ayudó a que hombres y mujeres nos logramos juntar para luchar sin diferencias.

Regresar a la patria

Hay muchas cosas que doña Chica hace para recordar a Nicaragua, como cocinar. De la casa su mamá trajo consigo dos peroles de sopa y algunos cucharones, en donde hoy hacen la sopa dominguera.

Cocinar le recuerda a su hogar. Lo disfruta y dice que es uno de sus hobbies favoritos. Miriet Ábrego | Semanario Universidad.

“Nos veníamos sin nada, porque teníamos que pasar ligero. Ahí mi mamá me dice: Yo sin esto no me voy, vamos sin nada, llevémonos esto y se lo trajo”. Ella afirma no verlo como una obligación, sino como su hobby favorito. Le gusta hacer feliz a las personas y cree que con la comida las familias se unen más.

Lo primero que haría si Daniel Ortega se va del poder, afirma, es darle gracias a Dios. Luego regresaría a sus tierras, ya libres y fuera de peligro. Finalmente comenzaría a realizar algún plan escolar para que a las personas se les enseñe sobre derechos y deberes ciudadanos. “Para que no nos agarren como antes”, comenta sonriendo.

La caravana de regreso a Nicaragua, que doña Chica imagina con los miles de exiliados que hoy viven en Costa Rica, es enorme. Afirma que se ha organizado con grupos de campesinos y constantemente hablan del regreso a su patria. “Nicaragua va a ser libre, vas a ver”, dice. Así termina la entrevista.

Se levanta de la silla y va hacia el fogón improvisado, hecho de bloques viejos y madera. Mientras mueve la sopa, uno de sus invitados le pregunta a dónde viajará al día siguiente. Ella responde, mirando hacia otro lado, como lo hace generalmente: “A Praga… Es bien largo. Me van a dar un premio por ser defensora, ahí vamos a ver”.

Sigue cocinando.


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