Fuerzas políticas se preparan para elecciones en un año 

El calendario electoral ya corre rumbo al… ¿cambio?

Sin completar las tareas, partidos afilan armas hacia últimos comicios antes de que el país cumpla su bicentenario.

A un año de saber si el triunfo presidencial del Partido Acción Ciudadana (PAC) en 2014 fue solo una aventura ciudadana o un cambio de rumbo, las fuerzas políticas echaron a andar ya sus aparatos en procura del poder para el momento en que Costa Rica cumpla 200 años de vida independiente, en el 2021.

Con las mismas reglas del 2014, el proceso electoral puede darse por iniciado ya no solo por el repunte de proselitismo a la usanza o perfiles “fantasma” en las redes sociales, sino porque ya corre el calendario del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE).

Las autoridades electorales deben definir esta semana el monto de deuda política para la elección del trío presidencial y de 57 nuevos diputados, además de cerrar la recepción de nuevos partidos y la inscripción de nuevos costarricenses naturalizados.

Además, se vence el plazo para que jerarcas actuales renuncien si quieren postularse para la Presidencia o una de las dos vicepresidencias. Eso lo hizo ya el ahora exministro Carlos Alvarado, quien intentará en 2018… eso, evitar el fin de la aventura del PAC y convertir su paso en un punto de giro en la política, después de enterrar el bipartidismo histórico en Costa Rica. “Tenemos que proteger el cambio”, dijo esta semana a los medios.

Sin cambios políticos revolucionarios, ni la solución a temas que centraron la campaña del 2014 (crisis fiscal, disfuncionalidad del Estado, salud del Seguro Social, derechos humanos versus valores religiosos), Costa Rica desemboca de nuevo en un proceso electoral que se prevé tan incierto como el anterior y tan propenso a la dispersión en la Asamblea Legislativa. Tanto o más, si se ve la cantidad de partidos participantes.

Igual que nadie pudo pronosticar un año antes el triunfo de Solís incluso en primera vuelta, el paisaje se torna ahora turbio, a pesar de la aparatosa competencia interna dentro del Partido Liberación Nacional (PLN), el más antiguo y tradicional.

También es el más voluminoso, con la aparente simpatía de 15 de cada 100 ciudadanos, según la proyección basada en la encuesta más reciente del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP), de la Universidad de Costa Rica (UCR).

En la mira de las agrupaciones está el triunfo por la Presidencia, desde luego, pero cada vez más fuerzas ven posible alcanzar un puesto en el Legislativo y forzar una atomización política aún mayor que la actual, la mayor en la historia tica.

Los nueve partidos que alcanzaron espacios dentro de la Asamblea Legislativa en 2014 intentan armarse según sus circunstancias para intentar crecer en 2018, independientemente de lo que ocurra en Zapote.

Verdiblancos vintage

El mejor representado en la Asamblea Legislativa es el PLN, que después de su peor derrota electoral en la historia hizo un llamado a la renovación y lo interpretó a su propia manera. El expresidente José María Figueres compite con otros tres contendores por ser el candidato, igual como ocurrió en la precampaña de 1993, con la que llegó al poder en 1994.

Figueres no compite con desconocidos. El que aparenta más fuerza es el diputado Antonio Álvarez Desanti en su versión arista del momento, pues después de la sonora abstensión de su exrival Óscar Arias, se ha erigido como su seguidor y continuador de la obra del exmandatario, al menos en los mensajes públicos de cara a la convención del 2 de abril. Para los efectos, hay un pulso entre el arismo y el figuerismo.

Otros dos precandidatos, con aparente menor calado electoral, son el diputado Rolando González, que critica con fuerza a quien lo llevó como legislador oficialista en 1994 (Figueres) y a su compañero como líder de la campaña fallida de 2014 del candidato Johnny Araya (fue gerente de campaña mientras Desanti fue jefe de campaña).

El otro aspirante es el exdiputado guanacasteco Sigifredo Aiza, un rostro menos conocido hacia afuera pero no en los interiores de un partido que se expone a estrenar la posibilidad de una segunda ronda en su elección primaria, si ninguno de los aspirantes llega al 40%.

El costo del oficialismo

Muy distinto está el PAC, donde solo el exministro Alvarado ha confirmado su deseo de ser el candidato en el 2018. Sigue sin haber asomos serios de otras precandidaturas que le disputen el derecho en la convención del 9 de julio.

Los obstáculos de Alvarado serían, sin duda, los cuestionamientos de un sector popular que se desilusionó del gobierno de Luis Guillermo Solís y la necesidad de revitalizar un partido herido por peleas internas y por una reciente condena judicial por estafa con financiamiento de la campaña del 2010.

El PAC no es, sin embargo, ni siquiera la segunda en simpatía popular entre las fuerzas políticas presentes en el Congreso. Ese sitio lo ocupa el Partido Unidad Social Cristiana (PUSC), cuyos dirigentes celebran el repunte en curules en 2014 después de una década de debacle y, sobre todo, la recuperación en los comicios municipales de principios de 2016.

¿Se recupera el PUSC?

Su convención está programada para el 4 de junio entre el excandidato del 2014 Rodolfo Piza, el diputado Rafael Ortiz y el exjerarca de trenes Miguel Carabaguíaz, los tres representantes del ala conservadora característica del PUSC. También se ha anunciado un joven empresario llamado Gerald Murray, conocido por liderar un movimiento pro uso medicinal de la marihuana.

El desempeño del PUSC en el Congreso, sin embargo, se ha caracterizado por la división y por una falta de uniformidad en temas centrales como el modelo de Estado. También encara la ausencia de algún grupo de dirigentes que emigraron al partido Republicano Socialcristiano.

En esta agrupación se postula el médico Rodolfo Hernández, recordado en la precampaña de 2014 por su indecisión sobre participar o no, además por el apoyo que recibe del exmandatario y fundador del PUSC Rafael Ángel Calderón Fournier, uno de los rostros clásicos del antiguo bipartidismo y de los casos de ¿corrupción? conocidos en 2004.

Libertarios, ¿están ahí?

A este partido se ha sumado también un pequeño grupo de exdirigentes del Movimiento Libertario, la agrupación hecha a la medida del diputado y cuatro veces candidato presidencial Otto Guevara, quien no descarta un quinto intento inspirado por algunas formas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Esta vez, sin embargo, Guevara podría tener competencia interna, por cuenta de su compañera legisladora Natalia Díaz, quien ha sido una de sus fieles y ahora lo desafía. Esta agrupación también podría perder alguna cuota de electorado si tiene éxito el nuevo Partido Liberal Progresista, que intenta recoger los postulados liberales originales de Guevara antes de su desgaste como político “de siempre”.

Frente Amplio a prueba

En el otro extremo ideológico, Frente Amplio también deberá probar si la potencia electoral del 2014 es repetible, aunque en esta ocasión su candidato y máxima figura mediática, José María Villalta, descarta postularse por la presidencia y podría participar para retornar a una curul, resultado casi garantizado. Hasta el momento su carta para la presidencia es el actual legislador Edgardo Araya, jefe de fracción y conocido por liderar la batalla legal contra la minera Crucitas.

El FA, además de recibir críticas por su cercanía en momentos con el gobierno de Solís (tanto de adversarios como de algunas tendencias internas), ha alojado divergencias en su bancada legislativa después de pasar de un diputado a nueve en 2014, en su primera participación de alcance nacional.

En el nombre de Dios sí, pero ¿unidos?

El cuadro no se completa sin los llamados “cristianos”, el bloque de diputados que, viniendo de tres partidos diferentes, se han convertido en un fortín en temas sensibles para la religión. A pesar del aumento en su peso político en los últimos 10 años, sufren también serias divisiones que imposibilitarían el sueño de un sector de llevar unidos una candidatura presidencial con probabilidades de triunfo.

Está por verse el margen que se abra para las agrupaciones debutantes en su intento de acceso al Congreso o la posibilidad de que alguna figura conocida se enganche a algún partido ya formado y vuelva a demostrar cuán riesgoso es hacer pronósticos basados en las encuestas en estos tiempos.

 

 

 

 

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