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“Aurora”: seis años después de conocer y despedir a su bebé

“Aurora” es la mujer que en 2012 se vio obligada a llevar por meses en su vientre a un feto deforme al que los exámenes médicos daban cero posibilidades de vida al nacer.

“Aurora” es la mujer que en 2012 se vio obligada a llevar por meses en su vientre a un feto deforme al que los exámenes médicos daban cero posibilidades de vida al nacer. Todavía llora al recordar cómo se tuvo que despedir de él en el hospital Max Peralta, en el momento en que otras mamás se preparan para dar la bienvenida. Recuerda cómo intentó tranquilizarlo para el momento crítico del nacimiento, que en este caso era el mismo que el de la muerte. Aún peor, el de una muerte con sufrimiento, sostiene ella.


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Han pasado seis años y relata ese momento con tristeza y con coraje. Quisiera no haber pasado esa experiencia pero tampoco quiere olvidar la carita del recién nacido/fallecido porque, asegura, le da energía para continuar en el proceso internacional contra el Estado por no haberle permitido acceder a la ley que permite el aborto terapéutico.

Una ley que le hubiera evitado soportar un embarazo inviable y aquella jornada que acabó al día siguiente cuando se levantó para ir a enterrar al niño (o niña, pero decidieron pensar que era varón y lo llamaron Emmanuel).

“Aurora” me dio esta entrevista como una excepción. Dice que no se fía del abordaje general de su caso y no tolera ver que ilustren sus noticias con la foto de una mujer embarazada. Para ella la palabra “embarazo” equivale a “calvario” y así lo sintió en 2014, cuando volvió a quedar embarazada y revivió la película triste del 2011. Porque advierte que ella siempre quiso ser mamá y que siempre quiso tener a su bebé; por eso se enfada cuando oye decir que ella quería matar al feto cuando clamaba por el aborto terapéutico.

Ella dice que es una mujer fuerte y eso parece. Muchas experiencias las narra en primera persona plural porque su marido lo ha vivido todo con ella. En varias ocasiones menciona a Dios porque ella es cristiana evangélica, aunque está decepcionada de lo que ella considera es una manipulación de las iglesias contra temas de derechos humanos solo para mantener aglutinada a su feligresía.

En resumen: es casada, evangélica y siempre quiso ser mamá.

Nada más alejado del perfil de “una mujer abortista”, pero dice que ha visto y escuchado insultos dirigidos a ella. Por eso prefiere el seudónimo “Aurora”; por eso y porque –insiste– su causa en la CIDH no está motivada ya por un beneficio propio, sino por muchas mujeres que podrían estar viviendo algo parecido hoy mismo, en este instante, mientras el presidente Carlos Alvarado determina cuál es el momento político para reglamentar el aborto terapéutico y garantizar el acceso a él a todas quienes lo requieran.

Está en manos del Gobierno, como lo estuvo durante la administración anterior y la trasanterior, pero “Aurora” ya no confía en promesas políticas. Dice que se siente traicionada e, irónicamente, motivada a insistir hasta que la Corte Interamericana obligue a Costa Rica a reglamentar una ley que para el momento del “Bicentenario” cumplirá 40 años sin parámetros claros para que los médicos puedan aplicarla sin temores o caprichos.

“Es mucho tiempo el que ha pasado. En mi caso son más de cinco años y por momentos me siento igual que al principio. Es muy duro y me obliga a agarrar fuerzas como aquel día, pero ya algo cotidiano. Me han pasado muchas cosas buenas, sobre todo la bendición de ser mamá después de un embarazo muy difícil, porque pasé con el temor de que también viniera mal.

¿Cómo se atrevieron a intentar de nuevo con otro embarazo?

–No lo teníamos tan claro, porque me marcó mucho y a mí me destruyó el día después de la cesárea… tener que ir a enterrar a mi bebé. Después nos tomamos un tiempo para descansar e intentar recuperarme yo, cosa que es imposible en un 100%, pero tuve apoyo de mi esposo.

¿Cómo fue ese otro embarazo?

–Cuando supe que estaba embarazada lloré mucho. Tenía pavor de estar embarazada y mi esposo tenía tanto miedo. Tuve un control muy fuerte. Para mí fue un calvario. Yo le decía a Dios que ya me la había hecho una vez; dos no porque caía en el (hospital) psiquiátrico. Al mismo tiempo teníamos la ilusión de ser papás.

¿En qué hubiera cambiado este embarazo si no hubiera tenido la experiencia del 2011?

–En todo. El asunto es que yo investigué mucho y leí sobre lo que me pasaba en ese momento. A veces uno se pregunta si es mejor ignorarlo todo, pero yo supe cómo iba a morir él, a pesar de que me decían que era normal sentir esas llamas en mi vientre, que él no sufría y que yo solo debía tomarme el Clonazepam y la Fluxetina (medicamentos psiquiátricos). Todo eso no debimos pasarlo mi bebé y yo. Si hubieran interrumpido el embarazo mi bebé no hubiera muerto ahogado en meconio, como murió, con sufrimiento fetal. Esas son las cosas que me enojan, porque pasó malformándose presionado por mis órganos, porque yo no tenía líquido amniótico.

A usted los médicos le dijeron que el feto no sufría, ¿cierto?

–¡Cómo no iba a sufrir mi bebé si el sistema nervioso estaba intacto! En el expediente yo leí “sufrimiento fetal”; eso no fue una pérdida como les ocurre a muchas mujeres. Todo habría sido más normal si me hubieran interrumpido el embarazo.

Se podría decir más bien que fue un alivio el día del nacimiento, ¿no?

–Mire, cuando yo rompí fuente vi que me salía un líquido verdoso y mi amiga que es médico me dijo que me fuera para el hospital. Ahí llegué y tuve que quedarme en una sala con mamás pariendo y escuchando a los bebés llorar. Yo me puse las manos en la pancita y le hablé al mío. Le dije ‘tenga paz, tranquilo, ya vamos a terminar”. Yo me tuve que despedir de él ahí y le prometí que mamá iba a estar bien. Le dije que tenía que descansar, que ya había sido muy fuerte y le agradecía por acompañarme todo el tiempo que pudo. “Ahora vaya descanse”, le dije. Esa fue mi despedida. Solo le pedía a Dios que su carita no estuviera malformada porque quería conocerlo. Lo pude conocer, muerto, pero lo pude conocer.

¿Tiene clara esa imagen?

–Tengo algunas lagunas de esos días, pero la imagen de su carita me quedó como si fuera una foto. Yo le dije a mi bebé que no quería deshacerme de él. Yo ahora sería feliz si usted estuviera aquí… tendría seis añitos y con una hermanita que nació después. Lo que quería era evitar que muriera como murió, con esa agonía. La imagen de esa carita me da fuerza para seguir en esto. Tengo una foto de mi hija en que se parece mucho a él en ultrasonido. Le pusimos Emmanuel, pero no sabemos si realmente era una niña. Él tiene un espacio aquí en mi corazón y es mi primer bebé, mi primer hijo, mi fuerza y mi motor para luchar por que muchas mujeres no tengan que pasar lo que yo pasé.

¿Entiende que otras personas no crean necesario el aborto terapéutico porque no han pasado lo que usted pasó?

–No creo. Yo no soy homosexual y tengo mucha empatía con las personas homosexuales y trans.

¿Es consciente de que su caso es parte de la discusión política?

–Uno no se puede mantener al margen ni evitar el enojo. Escuché al presidente del Colegio de Médicos, a esa señora Alexandra Loría (exdiputada de Restauración Nacional)… Yo siento que a mí y a “A.N.” nos vieron como un juguete y no nos dejaron tomar las decisiones necesarias.

Y moneda religiosa también.

-Soy evangélica, creo mucho en Dios, pero no volví a  las iglesias. Yo creí en el milagro de que se le cerrara el vientre a mi bebé y tuve que aceptar que las cosas no siempre son como uno quiere. La gente sí entiende, pero no están de acuerdo con el aborto de un bebé sano. Siento que hay mucha confusión y manipulación de parte de gentes que no son verdaderos cristianos, son gente que quiere tener muchos seguidores para llenar sus arcas.

¿Cómo ha visto la respuesta del nuevo gobierno?

–Para mí ha sido un engaño terrible. Yo voté creyéndole que iba a velar por los derechos humanos. Le creí como en algún momento creí en Luis Guillermo Solís. No puedo aceptar que digan que están esperando cuestiones políticas, porque mi vida y la de otras mujeres no es un billete político. Don Luis Guillermo me prometió frente a mí que iba a firmar la norma técnica y me hizo perder el tiempo; jugó con las esperanzas de “A.N.” y las mías. Yo ya le dije a Larissa (su abogada) que no más acuerdos, que vamos con el proceso internacional, aunque dure 20 años en llegar a la Corte IDH. Lo lamentable es que en todo este tiempo habrá muchas mujeres que podrían pasar por lo mismo.

 

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