Entre vocabulario y boca-vulgario

Las palabras no son entelequias fijas: se usan y se mueven en un armazón evolutivo que nos rige y nos define como civilización.

Incluyo, desde luego, hasta las palabras soeces o, por tono o contexto. Su uso revela más sobre el emisor que sobre el pretendido destinatario. De acuerdo, el mismo título de esta crónica-protesta conlleva algún juego léxico respecto de ordinariez. Pero como educador humanista que pretendo ser, señalo el pus, antes de que la gangrena de la incultura confunda todo registro de comportamiento.

¿Habrá que explicar el caso a algunos incautos como a cantidad de avestruces? Por varios testigos de alto nivel, pese a que el presidente actual de Estados Unidos se hace el ruso o el sueco, en una reunión de alto nivel se refirió a ciertos países, entre otros latinoamericanos, como “países de m”. Con su cobarde arma de Twitter lo ha negado, pero según testigos de peso, incluso lo ha reiterado. Por la boca muere el pez, dicen; con mayor razón, un pez gordo.

Por ser humanos, todos tenemos necesidades fecales, así como una dosis de vulgaridad saliendo a flote según grados de privacidad. Pero sin caer en análisis sicológico o siquiátrico de tipo freudiano, la misma idea de civilización implica algún grado de represión, de conveniencia social. Ese ególatra, grosero y racista, no parece entender que, más allá de ideología, es responsable no solo de su propia imagen sino de la de todo un país. Por sus palabrotas, ¿sabrá distinguir entre una república y una res pública? Hitler tenía bastante más formación política.

El caso es grave, gravísimo, porque a como denota una bárbara incultura verbal, se presta a que otros sigan en la senda del relajo: ¡qué tal un próximo dirigente político en calzoncillo, con tatuajes, sin afeitar, ostentosamente vulgar también en lo no verbal? ¡Ojo! Volvamos a leer “Casa tomada” de Cortázar: es nuestra culpa, votar por tal tipo de (falta de) personalidad o, casi peor: si no reaccionamos y, a la tica, dejamos que sea cierto: “todo nos resbala”.

No se trata de volver a formas victorianas de comportamiento: contra ello ya a fines del siglo XIX reaccionó, entre otros el dramaturgo Alfred Jarry, con su Ubu Rey: la obra en cuestión empieza con esa misma palabreja en “m”: reacción fuerte, desmedida, contra el la hipocresía circundante, en su época. Pero de parte nuestra, aquí y ahora, las excusas, al escusado: ¡estamos a tiempo! Porque solo un ciego no ve que también en Costa Rica, si no cerramos las esclusas, pronto igual nos veremos inundados de ese bodrio, en una barcaza global que ya no distingue el grano de la paja, todo en aras del éxito fácil y… falaz.

Quizá ya hemos capitulado. ¿Dónde está el Cicerón contemporáneo? Este, a su malévolo contrincante de hace más de mil años, en pleno senado romano le espetó: “¿hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?” Pero como usted, pobre presidente aludido, no sabe ni de historia ni de geografía, ni de matices idiomáticas, se lo voy a poner en inglés:  en nombre de la humanidad y por humanismo: shut up!

 


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