Uvas de ira, otra vez

Uno no puede sino celebrar muchos éxitos de un Estado, de una nación y su gente.

Uno no puede sino celebrar muchos éxitos de un Estado, de una nación y su gente. El caso de Israel es notorio, indiscutible y ello habla bien de una comunidad con raíces históricas, con herencia genética que se supo cultivar, con tenacidad de carácter y en la organización. Pocos son los casos así a nivel mundial: como Corea del Sur, con gran inyección de capital norteamericano; pienso también en el caso de Japón, con milenaria cultura, casi sin recursos naturales, pero con voluntad férrea.

Pero, en nombre de un humanismo sin fronteras, no confundamos tantas categorías, por favor. La creación del Estado de Israel, en el Medio Oriente, se logró también a costa de “sangre, sudor y lágrimas” de otros. Pesa una milenaria confusión terminológica, desde la Biblia, libro que ha de respetarse, pero contextualizado: ese pueblo, invocado entonces bajo el vocablo de “Israel”, como elegido por Dios, ¿es la misma entidad geopolítica que de repente se implantó en “Palestina” a fuerza de matanzas enormes? Siguen, por cierto, los desplazamientos inmisericordes, las zancadillas para que “los otros” pierdan su casita, su trabajo, un mínimo de educación y, lo elemental: su vida, con agua, por favor. Todo ese apartheid de nuevo cuño está más que documentado: lo que comenzó con exterminio, al mejor estilo de prácticas eugenéticas experimentadas por los nazis simplemente ha seguido y ahora los mapas muestran cómo a los palestinos los reducen a nada a punta de colonizaciones de judíos en una dolorosa confusión superada entre Estado y confesión religión.

No aprendemos (¿no queremos?) de la historia. De los hititos hasta Hitler, pasando por Julio César, Napoleón, etc., prevalecía el derecho del conquistador y vae victis: allá ustedes los perdedores. Nadie –salvo cuatro idiotas– discute que los nazis perpetraron una matanza colosal, sistemática, científica, pero aquello no da derecho a repetir la historia, exportando modelos de muros, por ejemplo como lo hacen de nuevo, para la frontera norteamericana-mexicana. ¿Cómo pueden justificarse todavía criterios de “limpieza de la sangre y hasta de exterminio? ¿Quo vadis, humanismo?

A fines del siglo XVI Felipe II de España ya intentaba una solución final contra los moros y la inglesa declaración Balfour, de 1917. Estar a favor de una nación para “Israel” resultó ser una solución cómoda, imperial, británica, sacada de la manga; pero eran otros tiempos. Nadie ahora puede moralmente reponer esas recetas racistas; sin embargo, observamos cómo progresos significativos que se habían logrado, con empeño norteamericano, de Carter a Obama sistemáticamente se ignoran. Ahora, con marcada invalidez humanista, en Israel como en Estados Unidos, dos jefes de estado pretenden borrar con el codo difíciles progresos logrados en décadas recién pasadas.

Los pueblos se ven constituidos por hombres, mujeres y niños que aspiran a un pedazo de pan, una esquina donde poner su rancho o su cultivo, como lo hicieron sus antepasados. ¿Hasta cuándo, señores neofascistas, caldearán la rabia de gente que históricamente también tiene derecho a vivir? Otra vez, muertos en cantidad industrial y uvas de ira.

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