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¿Un salto hacia adelante?

Iniciándose los movimientos electorales, el expresidente José María Figueres y el excandidato presidencial Antonio Álvarez nos anuncian que unen fuerzas y nos proponen un “salto hacia adelante”.

Comienzan afirmando que “vivimos uno de los tiempos más difíciles de nuestra historia”. La frase solo acierta en la medida en que el período más difícil de nuestra historia es siempre el que nos toca vivir. Lo demás es bastante relativo. Estoy seguro de que ha sido repetida en todas las épocas de la historia. Pero da el tono al documento, como veremos.

Nos proponen “un gran salto adelante” para salir de la crisis, por el que debemos trabajar. Es una manera de decir. Podríamos advertir que no sabemos el tamaño del hueco que tenemos por delante. El salto podrá resultar peligroso. La frase solo sirve –de forma algo imprudente– para salir del paso.

Se afirma que “lo vivido con esta pandemia nos deja varias lecciones”. Es cierto. La más importante es el papel del Estado, indispensable para enfrentar las grandes crisis, si queremos buscar “lo que nos une como país”, al que hace referencia el documento.

Pero, pese a las lecciones que nos ha dejado la pandemia, el documento no señala ninguna. Y me temo que no comparta la que, con más evidencia, nos ha dejado.

No se trata de una mera especulación, porque la única propuesta relacionada con las opciones políticas en discusión en el país es la de “consolidar un acuerdo con el FMI”. No puedo hacer aquí un debate sobre ese acuerdo, pero hay suficiente información para saber que nos conduciría, de nuevo, por el mismo camino que nos ha traído a estos niveles de pobreza y desempleo. Pero, sobre todo, de desigualdades, que tensionan la vida del país, que lo impiden desarrollarse.

Podemos aprovechar estas circunstancias para reinventarnos”, nos sugieren. Hablan de modernizar la Seguridad Social. ¿De qué hablan? ¿De seguir privatizando los servicios de salud? ¿O de recuperar la centralidad de la CCSS en la atención de las demandas de la población?

Hablan de un “Estado destrabado”. Sí, pero al servicio de las personas, no de los grandes negocios, que terminan ofreciendo empleos insuficientes y condiciones deplorables, si comparadas con las del servicio público.

Sobre esto quisiera hacer algún comentario. Figueres ya ejerció la presidencia. No voy a analizar su gobierno. Me voy a referir a tres actos.

El primero es el cierre del ferrocarril. Mi buen amigo Farid Ayales salió a debate. Puso números sobre la mesa. ¡Bien! No los voy a discutir, porque no los conozco. Tampoco los compro por lo que él los quiere vender. Pero eso no es lo relevante. En mi opinión lo relevante es la visión política, la decisión del camino por el que queremos ir en esta materia. ¿Hay dificultades (siempre las hay), pocos recursos, pero lo que conviene es el desarrollo del ferrocarril? Si se tiene visión de futuro, se enfrentan y se resuelven los problemas. Eso es lo que hace el dirigente político, cuando tiene visión de futuro. Hoy todos vuelven los ojos a los ferrocarriles (pero no a este, con el formato “público-privado” que nos ofrece el gobierno).

Precisamente ahí está uno de los cuellos de botella: Lo “público-privado”, nuevo formato de la concesión de obras públicas: la más desastrosa, la concesión de la carretera 27, cuyos términos avergonzarían a cualquiera preocupado por “el bienestar para el mayor número”. Y que podrían significar cárcel para los responsables en un sistema de justicia más razonable.

Pasa lo mismo con la concesión del aeropuerto, de las terminales marítimas. Solo a la empresa que administra el aeropuerto la indemnizamos con 30 millones de dólares, porque la pandemia redujo sus ganancias. Es un modelo perverso, que entrega los negocios (los buenos, los que dejan plata), a los privados. Como ha sido desde los ajustes estructurales, con la privatización del sector bancario, de las telecomunicaciones, de todo lo que han podido.

El resultado es que el Estado no tiene plata, porque los buenos negocios están en manos privadas, en gran parte extranjera. Se transforman en un embudo por el que se escurren los recursos de los costarricenses.

El otro desastre durante el gobierno de Figueres fue el cierre del Banco Anglo. Nunca se dijo claramente cuanto nos costó eso. Ese caso lo conocí mejor. En la época tenía buenos contactos con la gente del banco y recuerdo bien que no calzaban los argumentos de que no había alternativa.

Como contrapartida, en el gobierno de Figueres se celebró la venida de Intel (estuve en Casa Presidencial el día del anuncio) de manera que me pareció del todo equivocada, penosa. Nos querían convencer que aquél era el camino al desarrollo.

No estoy en contra de la venida de Intel. ¡Faltaba más! Pero ese no es el camino de nuestro desarrollo. Es el camino del desarrollo de Intel. El nuestro es el de llevar nuestras inversiones –del ICE, del Banco Nacional, de la CCSS, etc– al exterior, a hacer los negocios para el país. Hacer lo que Intel hace, viniendo aquí.

Pero no ha sido esa la política seguida por nuestros gobernantes en los últimos años. Como en este gobierno, ha sido la de entregar los recursos al sector privado, mientras se ahogan los servicios públicos.

Los que tenemos otro punto de vista hemos dado grandes peleas: contra el combo del ICE, contra el TLC. Ganamos unas, perdimos otras. Pero no perderemos nunca mientras sigamos peleando.

No hay como levantar hoy una candidatura presidencial partidaria de esa visión con posibilidades de triunfo en estos comicios. Pero sí creo posible llevar un grupo de diputados que puedan pelear por esas ideas. Ese grupo se ha conformado en la discusión de las propuestas de este gobierno, contra la ley del empleo público, o del acuerdo con el FMI.

Sería estupendo que se juntaran para ofrecer una alternativa al país.

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