Tres reflexiones al margen

Entrador, encantador, embaucador… estafador!

I Parte

Entrador, encantador, embaucador… estafador!

La estafa es esencialmente el delito de la mentira. Según los manuales de Derecho Penal aplicables en nuestro medio, integra tres elementos indispensables: (a) el  montaje de una simulación, toda una trama o escenificación falsaria; para (b) inducir a la víctima, mediante engaño, a error;  y (c) lograr de esta una disposición patrimonial para sí o para un tercero. Esta es la figura “clásica” aplicable tradicionalmente a las formas más populares de estafa, desde el “timo de la guitarra” (con la supuesta lotería premiada), hasta el “timo de la máquina” (que fabrica dinero perfecto), o “el timo del amor” (que deja a la víctima desvestida y alborotada en el cuartucho de mala muerte). Pero por supuesto que existen formas de estafa más sofisticadas,  en nuestro medio -muy utilizadas y nunca agotadas-, la promesa de altísimos intereses por colocar dinero; la promesa de vivienda a precio cómodo;  los llamativos clubs de viajes en cuotas; o las sofisticadísimas estafas por medio de dispositivos tecnológicos avanzados. Todas estas modalidades de estafa explotan un defecto humano muy común: la ambición, la posibilidad de aprovechar un “gran negocio”, una “ganancia fácil”,  tanto es así que muchas veces la víctima prefiere no denunciar el hecho para no exponer su íntima debilidad.

Pero hay formas de estafa, en nuestro mundo competitivo, que incluso invade los círculos de la academia y de la ciencia. Son conocidos los casos de investigadores  de grandes universidades y laboratorios que llegan a falsear supuestos experimentos que muestran resultados que luego se descubren fraudulentos; también oímos con frecuencia el caso de figuras destacadas de diversos ámbitos que han obtenido sus títulos plagiando burdamente sus tesis de graduación; o que simplemente, en sus atestados aseguran dominar un idioma, -por ejemplo el inglés-, tan prestigioso en nuestros días;  o bien hacen citas en sus artículos en otros idiomas que ni por asomo dominan, -por ejemplo en alemán-, con tal de impresionar a los desprevenidos; o, finalmente,  en el mundillo del derecho, hay tesis doctorales que citan jurisprudencia inexistente o tergiversada de alguna Sala de Casación, con tal de respaldar posiciones doctrinales insostenibles.

La frontera de estas maniobras engañosas, constitutivas de estafa – cuestión que acepto polémico desde el  punto tradicional de la dogmática  penal-  se encuentra en temas sublimes, como la fe religiosa, la esperanza política o el miedo social de moda. El sacerdote o pastor que se aprovecha de su feligresía para sacar ventajas económicas o favores sexuales a cambio de “milagros” o “vida más allá de esta vida”. Es frecuente asimismo  el caso de  políticos con promesas que saben irrealizables y que demagógicamente le hacen creer a la gente que ellos las llevarán a buen término. Finalmente, tenemos noticias de todas partes del mundo donde zares antinarco, fiscales anticorrupción y ministros de seguridad, terminan cruzando la acera y haciendo negocios con sus antiguos contrincantes. Contra esta enfermedad no hay vacuna.

Pero con esto hemos ingresado a la última idea de esta reflexión. El estafador es esencialmente un mentiroso. Un buen estafador es un ser humano astuto (la inteligencia es otra cosa), tiene, eso sí, el don de encantador, embaucador, o, como está de moda decirlo ahora en tico, se trata de un “entrador”. Cuando hacía mis primeras armas como defensor público, descubrí que el estafador primero se engaña a sí mismo, se cree su propia mentira, termina creándose un mundo falso que vive como verdadero. Cuando se les pide que por favor no traten de convencer al juez con su pobre historia, montan en ira santa, se enojan con su abogado y no admiten la posibilidad de que se les contradiga. Por supuesto, antes prefieren morir que quedarse callados. Y en ese aspecto psicológico está su perdición. Tarde o temprano se enredan en sus propios mecates y se encuentran en un callejón sin salida. El mentiroso estafador puede engañar a muchos por algún tiempo; puede engañar a algunos todo el tiempo; pero nunca logra engañar a todos, todo el tiempo.


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