Tal vez todos quieran EL cambio, pero ¿quién está dispuesto a cambiar?

Simbólico pero responsable, sería colocar en cada oficina pública, en cada ventanilla de despacho, en cada institución del Estado, un letrero

Simbólico pero responsable, sería colocar en cada oficina pública, en cada ventanilla de despacho, en cada institución del Estado, un letrero que contuviera la siguiente inscripción: “El servidor público deberá desempeñar sus funciones de modo que satisfagan primordialmente el interés público, el cual será considerado como la expresión de los intereses individuales coincidentes de los administrados” (Artículo 113.1 de la Ley General de la Administración Pública).

Y es que al lado de una gran cantidad de personas buenas, trabajadoras, honradas y comprometidas con la función, existe también un sinnúmero de parásitos que pretenden únicamente beneficiarse a costa del Estado. Es una lástima. No son verdaderos servidores públicos. Dirá usted, ¡qué gran hallazgo! No obstante, si esa es su primera impresión, ¿por qué tanta pasividad? ¿Por qué tanta indiferencia? ¿Por qué tanta quejadera? ¡Levante la voz y actúe! Llorando no se solucionan las cosas. Menos, relevando la responsabilidad en otros.

El filósofo José Ortega y Gasset sostuvo: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Para saber a dónde llegar, a qué buen puerto arribar, necesito primero conocer mis debilidades para potencializar mis virtudes. Solo así, ordenando la casa, podré proyectar un impacto positivo en el resto de cosas. Entonces, el cambio empieza en uno. Luego, si ese cambio conlleva buenas bases, masivamente empezará a generar vibra positiva en el resto del colectivo.

Ese proceso requiere de disciplina. No florece de la noche a la mañana. Las virtudes no vienen por naturaleza, sino por insistencia, por un hacer-hacer. Pues bien, como funcionarios públicos, ¿qué podemos hacer? No tengo una receta mágica, pero cualquier observación es válida para echar a andar el cambio cultural. Sepa y métase en la cabeza que el Estado no existe para dar empleos. Desde el momento en que se decide formar parte de la función pública, se renuncia al provecho propio para responder, con esmero y trabajo, a las necesidades de los ciudadanos.

Pero, nuevamente, ¿por dónde empezar? Bueno, una vez apropiada la idea de un cambio de actitud, emplee acciones visibles, no utópicas, ni pasajeras, como quien nada más las hace para capitalizar una imagen falsa. Cinco cosas básicas por ahora. Comience por llegar temprano a su trabajo. Mi abuelo decía: “En la mañana se es más productivo”. Claro, él era un agricultor de Puriscal que necesitaba la luz del día para apechugar las faenas del campo.

No malgaste su tiempo en boberías. Está bien, se puede revisar el Facebook, el correo, el celular, tomarse un cafecito (si las tareas lo permiten), entablar una conversación constructiva –ojalá crítica y proactiva− con un compañero, leer el periódico por realidad nacional, etc. Pero no se quede vegetando en esos pichuleos. El tiempo apremia.

Deje de hacerse la víctima y, lo que es peor, el enfermo. Muchas decisiones y funciones dependen de su trabajo, por pequeño que sea, y, en ocasiones (o en muchas ocasiones) hay poco personal para tan altas demandas de trabajo. Aproveche la oportunidad de servir al país. ¡No sea pendejo! Es triste toparse con personas que siempre se hacen los enfermos para no llegar a trabajar. Esto es despreciable.

NO se una a la práctica insana del “serruchapisos”. Viva y deje vivir. Cumpla con sus obligaciones. Es cierto, en esta sociedad costarricense donde se acopia (por desgracia) la ineficiencia, la envidia y el conformismo, el que brilla es aplastado. No obstante, manténgase fuerte y si definitivamente el trastorno es insoportable, busque soluciones al problema. Pero no deje de crecer. ¡Por favor!

Finalmente, sea honrado, honesto, aplicado. No malgaste los recursos públicos en intereses personales. Trabaje con humildad, pero con ahínco. Cumpla la ley. Y, teniendo como referencia siempre a la persona que solicita y demanda sus servicios, sensibilice con responsabilidad eso que se llama función pública.


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