Opinión

Tal para cual

El pasado 19 de marzo, en vísperas de conmemorarse un aniversario más de la batalla de Santa Rosa, primera guerra que libró Costa Rica contra los filibusteros conducidos por el mercenario estadounidense William Walker (1856-1857), la Academia Morista Costarricense (AMC), organizó en el Club Unión una actividad en la cual el presidente Carlos Alvarado Quesada se felicitó a sí mismo por el desempeño de su gobierno.

No debería sorprender a nadie que la AMC se prestara para que Alvarado, cuyo gobierno ha impulsado las políticas social e institucionalmente más regresivas de la historia reciente de Costa Rica, aprovechara la ocasión para quemar incienso en torno a su persona.

Lejos de promover el estudio del expresidente Juan Rafael Mora Porras (1814-1860), la AMC se ha dedicado a institucionalizar un culto religioso a su figura, lo que ha provocado el ocultamiento o minimización de las prácticas autoritarias de Mora, el uso de los recursos públicos para su beneficio personal, la persecución de sus adversarios políticos y la implementación de medidas para impulsar la privatización de la tierra y el capitalismo agrario a costa de los sectores más pobres.

Como resultado de ese culto, la AMC no promueve una relación activamente crítica entre la sociedad civil y los gobernantes, en la cual la primera siempre está preparada para llamar a rendir cuentas a los segundos, sino un vínculo pasivo, en el que la función principal de la ciudadanía es aplaudir a quienes la gobiernan.

Merece mención aparte  la insistencia de la AMC en que Mora es el padre de Costa Rica y la obsesiva exaltación de su hombría, un énfasis que no solo infantiliza a la sociedad civil, sino que deviene en una reivindicación permanente de los autoritarismos masculinos, enseñados como modelos a seguir en la educación pública (un asunto sobre el cual las feministas costarricenses han guardado hasta ahora un pudoroso silencio).

Al servir de tribuna a Alvarado (de quien podría decirse que aventajó a León Cortés en aquello de ser “un león con los pobres y un cortés con los ricos”), la AMC reveló una vez más su verdadera naturaleza como organización creada en función de exaltar y promover la cultura oligárquica costarricense.

En un futuro no muy lejano, cuando en los elegantes salones del Club Unión la AMC condecore a Alvarado con la Medalla al Mérito Juan Rafael Mora Porras, una sociedad costarricense empobrecida y precarizada podrá contemplar, desde las ruinas del Estado social de derecho, cómo esa cultura oligárquica resplandece todavía con más brillo en el horizonte.

 

 

 

 

 

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