Sobre lenguaje inclusivo y el femicidio simbólico de la cultura

Violentamente, sobre lo simbólico recae una armadura ambigua, pesada, truculentamente histórica que selecciona aquellos valores en función de una aparente neutralidad que mantiene una simetría basada en la aniquilación de lo femenino. Diariamente mujeres son asesinadas por la encarnación de lo masculino y su conformación falocrática y, por otro lado, se desvinculan estas manifestaciones femicidas [...]

Violentamente, sobre lo simbólico recae una armadura ambigua, pesada, truculentamente histórica que selecciona aquellos valores en función de una aparente neutralidad que mantiene una simetría basada en la aniquilación de lo femenino. Diariamente mujeres son asesinadas por la encarnación de lo masculino y su conformación falocrática y, por otro lado, se desvinculan estas manifestaciones femicidas de su requisito para el andamiaje simbólico que es legitimado y (re)producido por las Academias, las Iglesias y las instituciones del Estado. Es decir, mientras el lenguaje inclusivo de género es percibido como una amenaza para la economía lingüística y la sintaxis masculina, en tanto lo femenino representa un resto, esto último se imprime en la realidad a partir de la muerte de las mujeres como víctimas de un engranaje que opera mediante la opacidad del ordenamiento simbólico, causante de la desechabilidad de las mujeres.

Así, una de las estrategias del ordenamiento misógino de lo simbólico es jerarquizar la relación entre lo consciente y lo inconsciente y, de tal forma, representar estas relaciones a partir de lo real y lo simbólico como términos de una prioridad e importancia desiguales. Ciertamente, hay para quienes lo simbólico es una cuestión ahistórica, dada, desvinculada, incuestionable e indiscutible que si se cuestiona es por falta de ubicación racional-falogocéntrica de quien (d)enuncia. Hay una tendencia a restarle importancia a lo simbólico, cuando esto es término condicionante para que los hombres sientan poderío sobre la vida de las mujeres, sus cuerpos y sus representaciones. A estas vociferaciones de la academia, de los credos dogmáticos, los medios y las instituciones los nombramos promotores y autores del FEMICIDIO SIMBÓLICO.

El femicidio simbólico es una estrategia de eliminación y erradicación de lo femenino y de las mujeres en el tejido enunciativo del discurso; si el lenguaje es una extensión del cuerpo, encarnado en el signo, no es casualidad que desmembrar(la) del discurso es un estadio de ese proceso legitimario, en cadena, que en consecuencia escala en la mentalidad misma del hombre que decide terminar con la vida de una mujer que cree suya y que, discretamente, es favorecido por el signo de su hombría, motivada por una voz que se impone sobre esa otra que amenaza su constitución Única. Una vociferación excitada además por un Juzgado donde académicos, sacerdotes, políticos, en fin, misóginos oficiales imponen su falo ideológico sobre aquello que consideran “innecesario”. No queda más que desbaratar el masculino gramatical y desplazarlo de su posición privilegiada y definitoria para darle lugar a otras formas de comunicación, de creación y organización de realidades.

De este modo, percibimos la visibilización de las mujeres y lo femenino como una estrategia fundamental para sincronizar el ordenamiento material de lo real con lo simbólico; si el lenguaje tiene como fin la transmisión de información y, por tanto, de la gramática cultural, urge una sintaxis que dé cuenta de la constitución femenina, y le dé existencia viva, como vital, a su presencia. Hasta que no haya una verdadera valoración de lo femenino como complejo simbólico absoluto, y sigamos concesionando su ausencia a discursos instrumentalmente institucionalizados por la misoginia no habrá una deixis lingüística que desbarate la violencia simbólica en todos los géneros del lenguaje.

Dicho esto, aquellas subjetividades también aniquiladas de lo real, por su constitución estructuralmente feminizada, deben marcar la importancia del lenguaje inclusivo como sobrevivencia misma y potencial en los discursos. Es necesario cortar la misoginia generalizada y viralmente instalada en la cultura de las instituciones. Todo femicidio es simbólico y tiene como fin primario la concreción simbólica que subyace su acción: exterminar a las mujeres de la realidad misma y de su gramática simbólica.

SUSCRÍBASE A LA EDICIÓN SEMANAL EN FORMATO DIGITAL.Precio: ₡12.000 / añoPRECIO ESPECIAL

0 comments