Sobre el suicidio

Nada es eterno en el mundo. Los seres que parecen eternos, como las estrellas, también están sometidas al cambio continuo: el Universo

Nada es eterno en el mundo. Los seres que parecen eternos, como las estrellas, también están sometidas al cambio continuo: el Universo –y lo que en él existe- tiene fecha de caducidad. Entonces, ¿por qué tantos terrores inexplicables concernientes a la vida futura? Por la costumbre y la educación. Y en ninguno de los evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) se prohíbe explícitamente el suicidio. El quinto mandamiento solamente incluye no matar a otros, sobre cuyas vidas no se tiene autoridad.

Muchos insisten que el pensamiento tiene su razón de ser en una función superior del alma, inmaterial e inmortal. A pesar de la justicia divina, Dios no nos debe nada. Suponer que unas vidas son mejores que otras lleva a la explotación y destrucción de las mal llamadas “inferiores”. No hay ninguna razón para pensar que la vida humana (antropocentrismo) es de mayor importancia para el Universo que la de una hormiga. Evolutivamente, tan sublime resulta el plumaje de un pavo real como la velocidad de la gacela, como la razón humana: cumplen la misma función, es decir adaptarse al medio. Si se afirma la importancia de la vida humana, también habría que defender la vida de todos los seres vivos por igual y, probablemente, revisar nuestros hábitos alimenticios convirtiéndonos al vegetarianismo para ser consecuentes con la inviolabilidad de la vida.

Si las leyes de la naturaleza son válidas para la totalidad del Universo, la vida humana depende de esas leyes naturales de la materia y del movimiento, y esto no supone una transgresión del dominio de la providencia ni tampoco una alteración de esas leyes generales. La divinidad no se muestra en ninguna operación particular de lo que existe en el Universo, a lo sumo podría decirse que se “manifiesta” en esas leyes. Si la providencia es absoluta, tanto conservar la vida como destruirla atentaría contra ella.

Aunque algunos vendan la idea de que muchísimos son felices, la vida humana puede ser infeliz, y si se prolonga en ese estado, se vuelve indeseable (no amable). Uno podría agradecer a Dios por todo lo disfrutado y también por escapar de lo que amenaza (como una adicción irreversible, o la quiebra económica sin retorno, o un dolor fìsico lacerante, o la depresión postparto de una adolescente abandonada, etc., etc.). Cuando la maldad del mundo nos gana, ¿se debe aceptar alegremente la prolongación del dolor (tradición dolorista occidental) que lleva a la muerte en lugar de apresurarla? Si la pena nos gana en mucho respecto de la paciencia para soportarla, ¿habría que concluir que “he sido relevado de mi puesto en los más claros y expresos términos” (D. Hume)? En este sentido, un ser humano que se retira de la vida no daña la sociedad, sino que más bien cesa de hacer el bien, por lo que el daño es leve. No se habla de un “heroísmo (!) suicida”, sino de calidad de vida sin exhibicionismos, porque, salvo que el suicida se halle en un estado de narcosis, levantar la mano contra uno mismo será un acto difícil, y cuya principal motivación será abandonar la maldad que se padece o que el suicida cree que hace padecer a los que le rodean. ¿Se debe hacer un pequeño bien a la sociedad a expensas de causarse un gran daño a sí mismo al mantenerse vivo? ¿Bien común o masoquismo? ¿El instinto de autoconservación indica que conservarse en ciertas circunstancias es inviable? Muchos terminan con sus vidas, y esto es mucho más complejo que decir una oración tras el aturdimiento de la noticia llena de indiferencia y morbo. De repente las/os potenciales suicidas escuchen a quienes aman la vida si se comienza por escucharles en serio y sin prejuicios.

Nadie desprecia la vida mientras merecía la pena vivirla. (Y no se está hablando de tener el carro último modelo ni la modelo última en el carro…) Si los índices de suicidio están ahí, hemos de sentarnos a pensar soluciones desde la neurología, la educación (en secundaria, por ejemplo), la economía (¿ley de oferta y demanda?), la política (¿”progreso” igual a índices macroeconómicos altos?), el trabajo social, etc.

No espiritualicemos la cuestión del suicidio, pues pareciera que Dios tiene poco que decir porque no puede suicidarse.


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