Opinión

Sistema educativo y pobreza en Costa Rica

En la propuesta de las políticas públicas de educación en Costa Rica, en vocería con lo planteado de manera reiterada por el Banco Mundial, la educación debe servir como un mecanismo para sacar a los sectores sociales en pobreza de la situación de desigualdad social y de carencia de oportunidades en la que se encuentran. La educación debe hacerse cargo de proveer los conocimientos y las habilidades que las personas en condición de pobreza necesitan para constituirse en sujetos de empleo y de acceso al consumo. El proyecto civilizatorio de la modernidad neoliberal así lo demanda.

Los sectores sociales y las personas en condición de pobreza y de pobreza extrema, por la marginalidad en la que se encuentran con respecto al proyecto de la modernidad neoliberal, son percibidas y proyectadas como “débiles“, “ignorantes”, “impotentes”, retrasadas, carenciales, agobiadas por déficits económicos y simbólicos de diversa índole. En este aspecto, con todas sus diferencias, en una dimensión tácita del discurso oficial neoliberal, la gente en pobreza está a un mismo nivel que las comunidades indígenas: carentes de las destrezas cognitivas y del acoplamiento cultural que se requieren para incorporar las codificaciones de la vida en sociedad propias de la modernidad neoliberal y globalitaria.

En esto, además de que el discurso neoliberal no se hace cargo de la responsabilidad que su proyecto económico y de sociedad tiene con respecto a las realidades de la pobreza, la pobreza extrema, la miseria, la desigualdad, la exclusión, la inequidad y la injusticia social, en el mismo acto que adopta un lenguaje conmiserativo y de hipócrita caridad asistencialista, también envía a la gente en condición de pobreza al destierro de la ignorancia. No reconoce que las realidades de la pobreza no tienen por qué implicar necesariamente carencia de saberes ni de un saber hacer legítimo y válido.

Aquí es donde emerge la argucia ideológica que consagra la totalización del discurso neoliberal: la gente pobre está en desigualdad y carece de oportunidades porque, a escala individual, tienen dificultades para acceder a la formación educativa. Es decir, la argucia sirve para ocultar que las desigualdades y la carencia de oportunidades no se resolverán tan solo con proveer oportunidades educativas, en la medida que prevalezcan los factores de carácter estructural de un modelo de “desarrollo económico” que opera con inexorables déficits de fuentes de empleo y de condiciones de equidad para que los sectores sociales y las comunidades en condición de exclusión y marginalidad puedan acceder a oportunidades de bienestar social.

Se descalifica y atribuye condición de inmadurez y de premodernidad precisamente a aquello que es una producción misma del modelo económico y de sociedad de la modernidad neoliberal, una forma descarnada y cínica de lavarse las manos por la miseria que producen las dinámicas estructurales que la economía de mercado y la sociedad de consumo generan. Por el contrario, se atribuye a la existencia de la miseria ser una opción tomada por quienes se encuentran en la pobreza y la pobreza extrema.

En tal sentido, no es infrecuente escuchar aseveraciones tales como que: a) las personas y los sectores sociales en condición de desigualdad social, exclusión e injusticia social están en esa situación a causa de que muy a la larga sean genéticamente infradotados; b) son gente indolente, desordenada y despreocupada por su propio bienestar (“son pobres porque así lo quieren”); c) o, incluso, hasta se pueden escuchar justificaciones de rúbrica religiosa: “por algo será que Dios los tiene así”.

En la visión neoliberal de la sociedad, aparece con renovado énfasis el principio del liberalismo clásico, según el cual, la propiedad privada es requisito imprescindible para acreditarse la condición de civilidad que demanda una ciudadanía legítima. Fundamentada en la libertad de mercado, la propiedad privada “sigue siendo el parámetro que sirve para medir, en términos cuantitativos, es decir, en sentido de acumulación, el grado de civilidad alcanzado por una persona o un pueblo.” (García, 2021, p. 92)[1]

En la sensibilidad del imaginario neoliberal, por tanto, las personas y los sectores sociales en pobreza, en la medida que no son sujetos de propiedad que les sirva como fuente de ingresos y como mecanismo de acumulación, requieren, en consecuencia, la dotación de las capacidades que les permitan al menos de manera marginal alcanzar a tener una mínima condición de civilidad y de libertad de mercado. Para ello, entonces, es que está la educación, que se hace cargo de proveerles de las habilidades técnicas y cognitivas que les permita incorporarse al mercado laboral y participar de una vida económica activa.

Emerge como alternativa privilegiada la propuesta de la educación para la empleabilidad y para el emprendedurismo. Esta tiene por finalidad proveer a la gente en pobreza de al menos la mínima opción de tener propiedad sobre alguna habilidad técnica e instrumental, la cual les permita incorporarse a la fila de la gente que toca a las puertas del empleo y, en caso de fructificar esa gestión, acceder a una periférica condición de ciudadanía y de libertad para insertarse en la sociedad de consumo.

Se trata de una visión en la que el trabajo es concebido como un agenciamiento para el ejercicio de la libertad de consumo y no como una potencia para la activación y la recreación de la productividad. Esto último es lo que podría favorecer la superación de la pobreza. Lo primero solo sirve para esconder los factores de la desigualdad y de la injusticia social, al tiempo que se hace cargo de continuar reproduciendo las condiciones estructurales causantes de la pobreza, de la inequidad, la desigualdad y la injusticia social.

1García Corona, Omar. (2021). Una crítica descolonial de la Escuela de Frankfurt. Buenos Aires: Poliedro Editorial de la Universidad de San Isidro. Recuperado de https://drive.google.com/file/d/1IZ0d_RMp1VnRp23d33iRXaD-1XlZsQWh/view

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