Sinrazones de un empréstito

Los principales argumentos expuestos por distintos diputados,  para oponerse al empréstito del Banco Centroamericano de Integración Económica

Los principales argumentos expuestos por distintos diputados,  para oponerse al empréstito del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), que pretende realizar reparaciones y prevenciones urgentes en el Teatro Nacional, son de distinta índole y todos, en mi criterio, abiertamente falaces.

  1. Argumento fiscalista. En vista de que este es un país pobre, con graves limitaciones de recursos, resulta un lujo inadmisible destinar dinero a reparar el Teatro Nacional.

En este primer caso, estamos frente a una falacia economicista, que ve cualquier inversión como si fuera un simple gasto, y cualquier fortalecimiento de la cultura como un desperdicio superfluo. Solo lo que se destine a una supuesta reactivación económica queda justificado, y lo demás debe esperar, sacrificado en el altar de la eficiencia fiscal. Son las mismas excusas que por décadas se dieron para no dar mantenimiento al Museo de Río de Janeiro, con las consecuencias de todos conocidas. Además, la posición encierra dos cuestiones ocultas con mal disimulo y que resultan, en la práctica, una maniobra de distracción inaceptable. Se le habla demagógicamente a un público que en efecto está sufriendo las penurias de una situación económica delicada, y se quiere ver como irresponsables a quienes proponen o defienden el préstamo. Pero no se dice ni una palabra de los fundamentos técnicos del empréstito, tal cual fue elaborado, y se evade la cuestión de fondo, a saber, el efectivo grave riesgo de que un bien patrimonial de todos los costarricenses sufra daños irreparables.

  1. Argumento regionalista. Como no hay recursos para temas culturales en la provincia que se representa, no se justifican endeudamientos para seguir financiando necesidades del centro del país.

Existe, en este caso, un argumento falaz que descalifica el empréstito exacerbando sentimientos regionalistas. Se pretende decir que es injusto ayudar al Teatro Nacional cuando lo cierto es que el apoyo a la cultura regional ha sido siempre insuficiente. Pero en estricta razonabilidad, una verdad no excluye la otra. Con el hecho de que tradicionalmente los recursos en cultura han sido muy limitados, no se puede concluir que las necesidades del Teatro Nacional -por cierto obra única en todo el país-  no sean reales y urgentes. El trasfondo de este argumento inválido es que los diputados opositores al préstamo, con tal de hablarle a la clientela electoral que les permitió llegar a la Asamblea Legislativa, se olvidan de que ellos toman decisiones importantes que afectan los intereses nacionales y de todos los costarricenses, no sólo los de sus electores inmediatos. Por ver la parte no reparan el todo; dejan de actuar como diputados y actúan como síndicos municipales; prefieren jugarse el chance de una catástrofe, que prevenirla.

  1. Anti-argumento de abandono. Si ya estamos totalmente advertidos de que puede haber un incendio en el Teatro, lo que hay que hacer es tener a mano a los bomberos y evitar que tal hecho suceda. Si de todas maneras ocurre, lo que debe hacerse es investigar a posteriori para hallar responsables.

En este caso se abandona la razón para abrazarse, con ímpetu, a la mera resignación. No existe un mínimo reparo intelectual para dar alguna idea válida que sustente la tesis opositora. Hay un acercamiento a la realidad de un problema de manera peligrosamente irracional. Sería interesante que un bombero con experiencia nos diga qué puede pasar, digamos en 10 o 15 minutos, entre la declaración del fuego y la llegada de las primeras unidades de extinción, en una edificación de madera con más de 100 años. Y sería importante también aclarar, qué sentido tendría frente a una pérdida irreparable, encontrar responsables de la catástrofe, por supuesto entre los contrincantes políticos de turno, para responsabilizarlos de las pérdidas sufridas.

  1. Anti-argumento mágico-religioso. El incendio no se producirá porque “yo” -versículos bíblicos de por medio- “declaro” que así será.

En este caso nos enfrentamos a una cuestión imposible de superar racionalmente hablando. No hay razones que debatir, sólo un conjuro en el que debemos creer. Todas las fronteras de lo racional han sido rebasadas. Sobresale un halo de prepotencia de quien se cree dueño de la verdad, de toda la verdad. No se repara en que esas ideas valen sólo desde la Fe, nunca desde la razonabilidad de una decisión política, es decir, dirigida a la polis, plural y diversa. No se repara tampoco en el hecho palmario de que no estamos en una congregación religiosa, sino en un Parlamento republicano, cuya única posibilidad de arribar a acuerdos legítimos es debatiendo, dialogando y dando las mejores razones,  más o menos válidas,  con una buena dosis de auténtica humildad, sin pretender aplastar a nadie a punta de citas bíblicas.

El hecho concreto es que estamos ante un peligro real, advertido por autoridades responsables y expertos calificados. Si bien el mito señala que el Teatro Nacional fue una obra arquitectónica exclusiva de una élite económico-política, esta concepción varía cuando reparamos en la legión de obreros y artesanos anónimos que hicieron su aporte invaluable. Cuando, en los últimos años, por impulso de varios gobiernos, se han echado a andar  programas de apertura para el ingreso y disfrute del Teatro, sobre todo a las nuevas generaciones, tenemos razón suficiente para actuar con visión de futuro, construyendo democracia y asegurándose un patrimonio que es de todos.

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