Si hay patadas, ¿hay paʼ todos?

Como todo estado de emergencia, la pandemia de COVID-19 pone de relieve lo mejor y lo peor de colectividades e individuos.

Como todo estado de emergencia, la pandemia de COVID-19 pone de relieve lo mejor y lo peor de colectividades e individuos. Asistimos a la valiente y extenuante batalla del personal de los servicios públicos de salud, ubicados en primera línea de fuego y con altas tasas de contagio, pero también nos enteramos del innecesario y egoísta vaciamiento de productos de limpieza en los supermercados o, peor aún, de la masiva adquisición de armas, desatada en USA, “por si la cosa se pone fea”, tan en línea con la mentalidad de “viejo oeste” que ese país nunca dejó atrás.

Entre tantas cosas que la crisis actual ha producido, está el artículo “Si hay patadas, hay paʼ todos” (La Nación, p. 15, 20 de marzo). Su argumento básico es que, en nombre de la solidaridad y de que “lo que es bueno para el ganso es bueno para la gansa”, dadas las dificultades causadas por la pandemia en diversos sectores empresariales, deberían tomarse medidas como cerrar instituciones estatales, rebajar las jornadas y sueldos de su personal en un 50%, así como condonar el pago de impuestos y cuotas patronales por tres o cuatro meses. Como único argumento fáctico en favor de tales medidas se aduce el ejemplo de los cierres técnicos que el Gobierno de USA ha enfrentado periódicamente. Difícil encontrar un argumento peor, pues la opinión generalizada es que dichos cierres no fueron sino un síntoma de la creciente disfuncionalidad de la política estadounidense, que de prolongarse amenazaban con minar la credibilidad misma de la primera potencia. Usarlos como argumento equivale a defender la lapidación de las adúlteras porque ello ocurre en algunos países.

Los autores del artículo muestran una justa preocupación por las dificultades de muchas empresas, pero la propuesta de cerrar instituciones y rebajar jornadas y salarios en el sector público solo agravaría esta situación, y nada, salvo la patológica ojeriza de sus autores contra este sector, los puede hacer creer que la medida ayudaría a mejorar el clima económico en el país.

El artículo es un burdo intento de convertir la pandemia en oportunidad para lograr lo que algunos de sus autores vienen solicitando hace tiempo: reducir el aparato estatal. Una solicitud que de inmediato obtuvo el apoyo del político cuyo partido defraudó al estado y dejó una deuda de cientos de millones de colones para de inmediato, muy empresarialmente, anunciar la creación de otro partido.

Solicitar tal hachazo al sector público es particularmente absurdo en momentos tan críticos como los actuales, cuando dicho sector lidera el combate a la pandemia. ¿O es acaso el libre mercado el que va tomando, en todo el mundo, las medidas necesarias para salir adelante? Con impecable e implacable egoísmo, los proponentes declaran insuficientes todos los proyectos a favor de las empresas que están siendo aprobados o discutidos, y piden ni más ni menos que un abierto y directo traslado de miles de millones de fondos públicos al sector empresarial. Piden sacrificar instituciones y personas en nombre del salvamento a las empresas. Piden, en última instancia, que el conjunto de la sociedad se sacrifique en aras de dicho sector.

Viendo tanta “solidaridad” uno esperaría que, dada la situación actual, sus proponentes exigieran con igual o mayor firmeza ayudas similares para los principales afectados por la pandemia, y eslabón más débil de la empresa privada: quienes en el sector informal tratan todos los días de ganar su sustento. Como medida más estructural y de fondo, esa misma “solidaridad” exigiría un llamado vehemente a que disminuyan las abismales diferencias entre los ingresos de dueños, ejecutivos y gerentes de las empresas y los devengados por el resto del personal, en especial por quienes ganan el salario mínimo, y a menudo ni eso. Pero es evidente que no será así. Quienes por años se han opuesto, en nombre de la eficiencia, a las subvenciones, ahora las demandan para el sector empresarial; quienes jamás pidieron que empresas y empresarios boyantes se solidarizaran con sectores sociales marginales pagando sus impuestos en vez de evadirlos y eludirlos ahora exigen solidaridad con estos sectores. No hay que extrañarse: ¿qué honestidad ética e intelectual se puede esperar de quienes, de tener un mínimo de estas, hubieran titulado su artículo “Patadas para el sector público y caricias para el privado”?

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