«¿Sexo fuerte?, mmm… no sé”»

¿Sexo fuerte?, mmm… no sé.

¿Sexo fuerte?, mmm… no sé.

Realmente, más que del sexo, la inquietud titular es sobre género. Invirtamos unos minutos para meditar sobre lo siguiente: los hombres nos estamos atiborrando de actitudes, pensamientos y comportamientos que, deliberadamente o no, están ultrajando la vida de nuestra sociedad. Estos comportamientos y demás, mientras no reflexionemos seriamente sobre ellos, victimizarán a quienes se relacionan con nosotros y, por supuesto, a nosotros mismos. Sin enterarnos iremos trasmitiendo estas demandas nocivas a las generaciones venideras, impregnándolas en su Ser mediante costumbres aceptadas y validadas por nuestro “mandato” genérico. Posiblemente no sea un asunto solo de hombres, sin embargo, aunque son “habituales”, no significa que sean costumbres convenientes o favorables.

Este es un llamado para hacer conciencia sobre la urgencia que tenemos por reconstruir nuestras masculinidades y por redefinir el proceso de enculturación del rol social asignado a lo masculino. La masculinidad que se nos impone diverge en gran medida de la humanidad del Ser, en el sentido de que en nuestra sociedad el “ser hombre” acarrea estereotipos que nos hacen negar, distanciarnos o escindirnos de características que cargamos los humanos indistintamente de nuestro género. Entre ellas la más significativa es la emotividad, entendiéndola no como sentimentalismo, sino como un complejo procesamiento de las reacciones emocionales que nos provocan nuestras interacciones con el medio.

Nos pasamos la vida evitando, ocultando y relegando nuestras emociones bajo el estigma de “ser hombre”. Por eso, cuando nos toca enfrentarnos realmente ante las cargas emocionales de la vida cotidiana, no estamos en capacidad de hacerlo. También, la falta de control sobre nuestros impulsos se debe a que los recursos socioemocionales para manejarlos son limitados o bien nunca los desarrollamos. ¿No nos parece que algo funciona mal cuando los “hombres” debemos enjaular nuestras emocionalidades, pero permitimos darle rienda suelta a impulsos destructivos? Esta es la decadencia emocional colectiva a la que la masculinidad predominante nos ha condenado, y la desgracia es mayor en retrospectiva.

La racionalidad, como componente central de la masculinidad dominante, se nos agotó cuando empezamos a gobernarnos por la irracionalidad genital, gastando tiempo tratando de reafirmar nuestra hombría como si cargáramos un pavor terrible por perderla. Pensemos sobre lo siguiente: según la creencia (im)popular, los sentimientos a los hombres nos hacen débiles y, en nuestro afán por huir a la debilidad, en algún momento de nuestra patriarcal historia empezamos a confundir “ser fuerte” con ser inhumano. Esto explicaría un poco por qué el grueso de nuestras actitudes se compone de intolerancias, menosprecios y agresividad contra lo no-masculino. Y se supone que “debemos” actuar con razón, pero lo único que aprendemos es a monopolizarla utilizando medios irracionales y nefastos.

En medio de tanto lío nos toca ahora realinear la masculinidad con nuestra humanidad, lo que ineludiblemente demanda cultivarnos como seres emocionalmente francos, afrontando la verdad con ecuanimidad sin negar nuestras “debilidades”. Es urgente que nos rehagamos, más que como hombres, como seres humanos. Sin miedo a pedir consejo, sin temor a pedir apoyo, aceptando nuestros errores, dando el ejemplo, asumiendo responsabilidades, compartiendo la razón, la palabra, el lugar y nuestro tiempo. Debemos aportar en la edificación de otras masculinidades más tolerantes a lo diverso, que participen inclusivamente en el enriquecimiento del entramado social. Otras masculinidades más colaborativas y menos competitivas, que contribuyan a construir la sociedad que el futuro necesita, que no sean nocivas para los vínculos socioafectivos de nuestra niñez. Que les brinden a nuestras generaciones venideras los recursos para resolver desavenencias con temple y valentía pero sin violentar a nadie.

Este llamado es para hacer un alto, decirnos que nos toca dejar de derrochar tanto esfuerzo demostrando que somos “machos” y empezar a comportarnos como los seres íntegros y honorables que requerimos hoy más que nunca. Nos ha llegado el momento de renunciar a mandatos y roles que no reflejan verdaderamente lo que somos o lo que podemos llegar a ser. Sabemos que nuestro horizonte está mucho más allá, pero para llegar debemos empezar por reconocer que el penecentrismo ya se nos pudrió hace mucho.


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