Se veía venir

En los años ochenta del siglo pasado tuve la oportunidad de ver muy de cerca el transcurso_de_la_revolución_sandinista, por_mi_entrañable_amistad con la entonces embajadora Leonor Arguello.

En los años ochenta del siglo pasado tuve la oportunidad de ver muy de cerca el transcurso de la revolución sandinista, por mi entrañable amistad con la entonces embajadora Leonor Arguello. Pasé un mes en Nicaragua para asesorar a los artesanos alfareros y esto me permitió recorrer otros ambientes, todo a título personal.

Era la guerra de la Contra y había una sensación opresiva. Pero mi experiencia reveladora la tuve en una modesta casa de adobe de Monimbó, cuando los artesanos recibieron la visita de Rosario Murillo. Llegó con un vestido amarillo y lunares blancos, sin duda de boutique extranjera. Los artesanos le ofrecieron  -lujo para un país en guerra- carne al vaho servida no en hoja de plátano, sino en plato de loza, probablemente el único de la casa. Ella tomó el plato cuidando de no ensuciarse los dedos  y lo depositó  sobre  el piso de tierra, debajo de su silla. Y no lo probó. En ese momento me dije, “esto va mal”. No recuerdo de qué habló, no le puse atención, su expresión corporal había sido lo suficientemente explícita. En ese tiempo los comandantes vivían, por razones de seguridad, en casas expropiadas a la burguesía. Fueron los primeros signos que la izquierda acrítica no quiso ver.

¿Ha sido traicionado el sandinismo? No lo sabemos porque el proyecto original de Augusto César Sandino murió con él. Lo que sí estamos viendo es el fracaso de la construcción del poder que entiende al pueblo como un niño a quien se pretende representar. No se puede, -como sigue haciendo la vieja izquierda latinoamericana- echarle siempre los muertos al  imperialismo, a la vez que se justifica la corrupción y se sacrifica a la gente, en nombre de la autoridad de una élite gobernante que tiene atribuciones para violar, impunemente, los derechos humanos.

“Lo que no funciona es pretender cambiar el mundo desde arriba, desde el aparato estatal, e imponerle los cambios a las masas como si fueran objetos sin voluntad propia. Pretender cambiar el mundo sustituyendo un todo por otro todo, es un camino que conduce al desastre. (Raúl Zibechi, La Jornada,  22-06-2018)

 

 


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