San José o las desventuras de una ciudad apartada de su historia

Durante el transcurso de la segunda mitad del siglo anterior, dentro de lo que fue un proceso perceptible y manifiesto desde el primer momento

Durante el transcurso de la segunda mitad del siglo anterior, dentro de lo que fue un proceso perceptible y manifiesto desde el primer momento, hemos asistido a un desmantelamiento del patrimonio arquitectónico y simbólico de la ciudad capital de Costa Rica. Después de haber llegado a ser hacia los años 1950, una pequeña y bella ciudad con elegantes edificaciones, además de numerosos espacios para la convivencia ciudadana, la cultura y hasta el ocio creador, nos encontramos con que con el paso de los años la urbe fue creciendo impetuosamente por razones demográficas y como resultado de las migraciones, y al mismo tiempo, tornándose cada vez más hostil a la ciudadanía capitalina, la que terminó por retraerse en gran medida del viejo casco urbano, dejando este espacio reducido a la condición de un ámbito puramente comercial, cada día más ruidoso y caracterizado sobe todo por la vertiginosidad en el fluir de la vida cotidiana de sus transeúntes, sobre todo de aquellos que por razones laborales lo habitan durante la mayor parte de la semana.

Cabe a esta altura de los tiempos históricos, cuando nos vamos adentrando en un nuevo siglo, preguntarnos además acerca de ¿cuáles fueron las motivaciones, no siempre manifiestas, de las elites del poder para encarnizarse contra el patrimonio arquitectónico de la ciudad, las que se tradujeron en un conjunto de decisiones mediante las cuales sucedió que una encantadora ciudad, de apenas cien mil habitantes, se fue convirtiendo un espacio urbano apenas habitable?

Sobre esto estamos en capacidad de afirmar que el crecimiento de la ciudad visto en términos, tanto demográficos como espaciales, ha sido -por así decirlo- un hecho histórico inevitable e inherente a todas las urbes planetarias, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, a partir de grandes procesos de conurbación; en cambio, la destrucción del patrimonio arquitectónico  de la ciudad de San José, ejecutada de una manera reiterada, si bien no sistemática, pareciera estar destinada a borrar la memoria histórica y convertir a sus habitantes en una multitud anónima o un  pueblo sin historia, sin vínculo real alguno con el pasado, ni con los hombres y mujeres de otras generaciones que con sus gestos, sus esfuerzos e iniciativas contribuyeron a forjar la nacionalidad costarricense.

Desde 1957, cuando se ordenó la destrucción del Palacio Legislativo o sede de la Asamblea Legislativa de Costa Rica, que había sido construido cien años antes, en un período comprendido entre 1855 y 1857, para dar lugar al horrible edificio que alberga al Banco Central, dio inicio, de una manera violenta y notoria, el corte con el pasado histórico, al eliminar la presencia de una obra arquitectónica tan importante, cuya edificación se produjo en momentos históricos decisivos de la historia republicana de este país, como fue la Campaña Nacional de 1856-1857 contra el filibusterismo estadounidense, representado por las huestes de William Walker. Lo más triste, según nuestra experiencia, ha sido el hecho de poder constatar cómo en otras capitales latinoamericanas y europeas se conservan intactas las edificaciones de sus sedes legislativas, las que resultan de gran interés para la gran multitud de turistas que las visitan.

Además de la destrucción de la casa donde nació  en 1814, el prócer y forjador de la independencia nacional, Juan Rafael Mora Porras, que se derribó para dar lugar a una serie de monótonas edificaciones: la casa presidencial o sede del gobierno de aquella época, ubicada sobre la Avenida Segunda; no lejos de la casa natal del  mencionado prócer, se produjo hacia finales de la década de los 1960, la destrucción del edificio de la Biblioteca Nacional de Costa Rica, cuya edificación se remontaba a 1907, para situar en su lugar un horrible parqueo, rodeado hoy aún por la parte inferior de los viejos muros del inmueble, los que habían sido construidos con piedras talladas, de acuerdo con las técnicas constructivas empleadas durante los primeros años del siglo XX; todo ello como una especie de burla para quienes tuvimos en gran aprecio aquel espacio cultural tan importante, un lugar donde pudimos estudiar y compartir muchas gentes de mi generación.


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