Salario universitario

Aparecen los argonautas que no son universitarios, pero tampoco son autodidactas para lanzar todo tipo de narraciones (ahora, las propuestas discursivas son todo una novedad: drama o lírica) que trepidan en las más coloridas revelaciones de la cultura general

Aparecen los argonautas que no son universitarios, pero tampoco son autodidactas para lanzar todo tipo de narraciones (ahora, las propuestas discursivas son todo una novedad: drama o lírica) que trepidan en las más coloridas revelaciones de la cultura general. Por supuesto, también están los profesores universitarios arrepentidos, los que se golpean el pecho y se unen a las voces de aquellos sesudos y estudiosos diputados de ocasión que lamentan el papel de las universidades en la vida nacional. Pero hay que ser consecuentes con la lectura propuesta: ¿no es mejor cerrar las universidades públicas? ¿Para qué universidades que gastan a manos llenas el dinero del pueblo?, dice la oralidad populista. ¿Para qué universidades públicas si hay más de 50 universidades privadas? ¿Y ahí el mercado ofrece títulos de todos los colores y tamaños, basta el pago de contado; si no es posible, entonces están las inefables letras de cambio: un título ejecutivo que ejecuta sus bienes porque usted nunca leyó la letra minúscula y ambivalente, ni la elevada usura representada en todo tipo de intereses.

En un mundo donde el audaz parlamentario se glorifica, el intrépido de la adjetivación se aplaude de pie, se autoproclama, por gracia divina, redentor de la patria; donde a la impoluta o al impoluto de la palabra fácil se le rinde pleitesía, cuando se lamentan que la Juana de Arco, la Dama de Hierro, protectora de los evasores y de la elusión fiscal, repose felizmente cuidando su jardín de olvido. Sin embargo, para esas luminarias (con excepción de aquellos que les hacen el discurso y lo leen sin puntuación), el presupuesto universitario o sus salarios devienen en un sortilegio de abusos que deben ser eliminados. Y para eso están los comunicadores de paga y contado que, con olfato investigativo, van desgranando, según ellos, los privilegios de los universitarios. En el fondo, es una autoflagelación: ¿por qué esos licenciados, másteres, doctores ganan mejor que yo? ¿Han publicado investigaciones, han escrito artículos, textos, han desarrollado proyectos de investigación? ¿Han realizado extensión en comunidades? ¿Ejercen la docencia? ¿Qué hacen para merecer esos salarios?, se escandaliza más de un personaje de la farándula nacional.

En la campaña sistemática contra el salario universitario (el Poder Judicial no escapa a la diatriba del Poder Legislativo y Ejecutivo, y la mano invisible que los ningunea: hay que exhibirlos, hay que lapidarlos con falacias, hay que censurarlos hasta que se sientan culpables. ¿Y la independencia de poderes? Así, el discurso coactivo consiste en sustituir al Poder Judicial en uno más patriota… Este es un capítulo aparte, más bien, un libro o varios libros) nadie puede negar que el auditoraje ondea y se desborda. Pero ¿cuál es el verdadero objetivo? ¿Cumplir con el presupuesto constitucional? ¿Eliminar la autonomía universitaria? ¿Someterla al control estatal? ¿Someter su currículum y programas a las políticas del Gobierno de ocasión? ¿Cuáles son los intereses ocultos? “¡Jamás!” dirán los estrategas del mercado con profunda convicción, es una infamia universal porque la libertad y el pensamiento crítico no deben ser restringidos. Eso sí, con mesura democrática.

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