Opinión

Retiremos el monumento a León Cortés

El expresidente León Cortés Castro no merece un monumento frente a la principal avenida del país, ni en ningún otro espacio público

El expresidente León Cortés Castro no merece un monumento frente a la principal avenida del país, ni en ningún otro espacio público. Su legado pertenece a los museos y libros de historia donde se recuerde que Costa Rica no está vacunada contra el fascismo.

En otras latitudes ha surgido un ávido debate respecto a la eliminación de estatuas de líderes autoritarios y esclavistas. Un monumento público no es un pedazo de historia per se, pero existe para honrar a alguien o algo. Lo que honremos, lo respaldamos. Así, el monumento a Cortés Castro es un endoso a sus ideas.

Esto preocupa profundamente pues no representa los intereses de una sociedad que aspira a ser democrática, libre, independiente, multiétnica y pluricultural. A medida que la estatua permanezca en su lugar, seguirá enviando el mensaje de que el Icoder, como ente administrador del espacio, es complaciente con la presencia de la iconografía odiosa en los terrenos del Parque Metropolitano La Sabana.

El monumento, inaugurado en 1952, intentó convencer a la ciudadanía de que Cortés Castro fue “un gestor de amor profundo a las instituciones de los pueblos libres.” Afortunadamente, la historia ha sido capaz de aclarar y corregir este registro.

En la memoria de Gobernación de 1936, su gobierno (1936-40) afirmó que los judíos eran propagadores del socialismo y propuso restringir su ingreso al país. En 1937 rechazó la oferta de compra de terrenos para ubicar en el país a 1.500 familias judías procedentes de Alemania y dos años después ordenó la salida de todos los judíos procedentes de Alemania y Austria porque no “eran de la raza aria”, posición reflejada en la Circular N° 667-F de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Esto debe ser suficiente para justificar la remoción del complejo escultórico, pero no son los únicos motivos.

Durante la dictadura de los Tinoco en 1917, Cortés fungió como gobernador y comandante de Alajuela cometiendo arrestos, palizas y registros de arbitrarios según consta en documentos oficiales. Para 1937, un buque de guerra alemán visitó Costa Rica. La bandera nazi con la esvástica ondeó junto al pabellón nacional y los marinos presentaron armas al presidente Cortés en un desfile militar que culminó en Casa Amarilla. Quienes protestaron contra esa ofensa fueron encarcelados.

Para las elecciones de medio periodo de 1938, Cortés destituyó a los miembros del Consejo Electoral, anuló la elección de Carlos Luis Sáenz como diputado por ser comunista y acosó a Joaquín García Monge por publicar artículos antifascistas en su Repertorio Americano. El año siguiente despidió al encargado de Relaciones Exteriores por firmar una declaración continental en pro de la democracia y en contra de las dictaduras, para luego rodearse de prominentes fascistas como Max Effinger, presidente del Partido Nazi de Costa Rica, que tuvo su apogeo durante la administración Cortés Castro, y en sus últimos años abogó por colocar a su hijo educado en la Alemania nazi como presidente del Poder Legislativo.

El mito de Cortés Castro como respetuoso de las instituciones democráticas y las libertades se empezó a fraguar con su fallecimiento como consecuencia de la polarización política que condujo a la guerra civil y a la instrumentación de su figura por parte del bando ganador como una especie de símbolo “democrático”, pero esta imagen que pretende imponer el monumento no guarda relación alguna con el León Cortés Castro de carne y hueso. Hoy debemos recuperar la perspectiva histórica y resituar el monumento en un museo, no en un espacio de glorificación pública.

Vale la pena recordar que en Europa ninguna ciudad mantiene monumentos a los líderes fascistas mientras que en Costa Rica no existe monumento alguno que honre a los judíos y comunistas perseguidos por León Cortés.

Los monumentos significan cosas porque las dotamos de una función y significado. Así que esta estatua de Cortés Castro, que la mayoría de costarricenses habrán pasado por alto e ignorado muchas veces, adquiere una valencia inaceptable en el marco de la Costa Rica de hoy.

Las actuaciones del presidente Cortés Castro dividieron nuestro país y pretendieron subyugar a miles de personas en razón de sus creencias y origen. Esta es una historia que, por encima del cemento y la varilla, nunca debemos olvidar y una que tampoco debemos volver a colocar sobre un pedestal para ser reverenciada. El monumento a León Cortés Castro debe ser removido. No apoyaremos la glorificación del fascismo.

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