Religión y política: la triple alianza

“A largo plazo, todos nos habremos muerto, pero debemos tener fe en que las ideas buenas seguirán vivas”, Paul Krugman.

El diagnóstico neoconservador de la era ReaganThatcher, en los años 1980, afirmaba que el capitalismo no estaba en crisis, sino que se había perdido credibilidad en el sistema; una crisis de “fe” –no económica– producida por la crítica de sus enemigos, principalmente el frente cultural progresista del Tercer Mundo.

Por lo tanto, para devolver la fe en el sistema, se requería una nueva estrategia de corte “religioso-moralista”; se apeló a la “mayoría moral” conservadora –con soporte de la derecha evangélica–, en Estados Unidos, como apoyo al ideario neoliberal, y al pentecostalismo fundamentalista, en América Latina, como contrapoder frente al progresismo de varios movimientos populares, incluidos los de las teologías de la liberación.

La nueva estrategia tenía como antecedente a la Comisión Trilateral, creada en 1973 por iniciativa de David Rockefeller e integrada por representantes de América del Norte (EE.UU. y Canadá), Europa y Japón.

Uno de sus ideólogos más destacados, Zbigniew Brzezinski, la definió como «el conjunto de potencias financieras e intelectuales mayor que el mundo haya conocido nunca», y destacaba como uno de sus objetivos «el establecimientos de un sistema internacional que no pueda verse afectado por los ‘chantajes’ del Tercer Mundo».

“Para este grupo de cleptócratas, señala Raúl Calvo, los países pobres, sangrados por una ominosa deuda externa, “no son las víctimas sino los verdugos”.

Hoy, después de la crisis inconclusa del 2008, nuevamente se apela a la “oxigenación” religiosa-moralista, atendiendo a la necesidad de “restaurar” a un paciente que se resiste al cambio radical en sus hábitos “dietéticos” hacia estilos de vida más “saludables”; más bien, continúa optando por las viejas recetas paliativas de los antibióticos “duros”, con efectos “secundarios” que los padecen y sufren los componentes más vulnerables del sistema, que son cada vez más (migración masiva de “sur” a “norte” y azote creciente por cambio climático), mostrando la ineficacia de ese tratamiento paliativo.

Efectivamente, se ha venido configurando, en varios países latinoamericanos, una triple alianza constituida por políticos, empresarios y pentecostales o, si se quiere, pentecostales-empresarios-políticos.

Todos están cobijados por la pseudoteología de la prosperidad (nueva forma religiosa neoliberal), que emula lo que Paul Krugman concibe como el ideario de la “economía de la oferta”, promovido por los economistas-publicistas que “venden prosperidad” (Vendiendo prosperidad.

Sensatez e insensatez económica en una era de expectativas limitadas, 2013), y por una propuesta moralizante anticorrupción y profamilia tradicional.

La versión brasileña de esta alianza, integra, alrededor de la candidatura de Jair Bolsonaro, al bloque denominado Bala, Buey Biblia (BBB), para designar a tres grupos protagonistas: los que buscan armar al pueblo e impulsar la política de mano dura –Bolsonaro está a favor de la tortura y la pena de muerte–, los latifundistas rurales y los “evangélicos” fundamentalistas, afines a la agenda moral de un candidato que ha dicho que no podría ser capaz de amar a un hijo suyo que fuera gay, sino que lo preferiría muerto.

En Costa Rica, la triple alianza políticareligiosa-empresarial, que ya hace rato se venía dando, tiende a consolidarse con la convergencia entre el PAC y la nueva fracción del PRN –las afinidades en política y economía desdibujan las diferencias en materia de derechos humanos–.

Apelar a la desesperanza – ideología del miedo– no es la vía correcta para llamar la atención sobre la realidad que estamos viviendo.

Quiero pensar, aunque “peque” de optimismo ingenuo, que hay reservas de dignidad y sentimientos humanistas para que, a pesar del fundamentalismo religioso o secular acicateado por “poderes fácticos”, tengamos la capacidad autocrítica de enarbolar un ideario que se rija por la defensa de los Derechos Humanos y la dignidad de todas las personas.

Es decir, mantener incólumes los pilares del Estado Social de Derecho, en esta Costa Rica de todas y todos.


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