Recordando a Carlos Manuel

No pretendo en estas líneas trazar otro retrato de Carlos Manuel Quirce Balma. Tan sólo compartir muy brevemente, desde mi subjetividad, algunos recuerdos y

No pretendo en estas líneas trazar otro retrato de Carlos Manuel Quirce Balma. Tan sólo compartir muy brevemente, desde mi subjetividad, algunos recuerdos y pinceladas sobre su persona y nuestra amistad, cuarenta años después de conocerlo. Me mueve a hacerlo la lectura de sus “Reflexiones psicológicas y filosóficas sobre una nación en crisis” (Euned, 2014), recopilación de artículos prologada por su autor, presentada por Manuel Martínez Herrera y redondeada como “obra abierta” con unas breves “palabras finales” de José Miguel Rodríguez Zamora, ambos distinguidos profesores de nuestra Facultad de Ciencias Sociales.

Nuestro primer encuentro, en setiembre del 74,  fue en la oficina de William Reuben Soto, por entonces director de la ex Escuela de Ciencias del Hombre, con quien me entrevisté para postular como docente a la Sección de Psicología. A su lado se sentó un profesor vestido con severa elegancia, que me escrutó en silencio para hacerme una única pregunta: “¿Colega, usted podría impartir aquí un curso de psicobiología”. William me sacó del apuro, explicándole a Carlos Manuel que mis antecedentes correspondían a un psicólogo social.

Ya al año siguiente, incorporado como profesor invitado, Carlos Manuel y yo comenzamos a encontrarnos de manera semicasual, sin acuerdo previo, en diversos lugares de la U. Siempre al aire libre, tomó forma una especie de esgrima intelectual constante entre dos hombres que nos percibíamos como bien diferentes y que, para los estudiantes de la época,  éramos sencillamente integrantes antagónicos de la generación de docentes y estudiantes que construyó los cimientos de la Escuela de Psicología.

Él se definía a la sazón con una etiqueta que siempre mantuvo y que pronto sólo le alcanzaría para definir una parte de su ser, ignoro si la más importante: “psicobiólogo conductual”. Yo me movía impulsado por los vientos del exilio y con  inquietudes sociales y políticas que no parecían interesarle demasiado, aunque las escuchaba atentamente, con el talante de un búho joven algo molesto por el sol,  siempre parapetado en un terco cientificismo.

En uno de esos encuentros,  ocurrió algo que no me esperaba: me preguntó a qué obras podía recurrir para conocer mejor el pensamiento del Che Guevara. Sospeché que se estaba preparando para escribir una crítica adversa, pero le recomendé leer el “Diario del Che”. A los pocos días apareció con el libro de marras bajo el brazo, no supe si comprado o prestado,  y había extractado varias ideas que parecían sorprenderlo, aunque no sé si medio convencerlo.

Con el mayor respeto, creo que este sorprendente individuo que leemos en “Reflexiones…” se forjó en la navegación que emprendió, por tiempo indeterminado, entre el genio y la locura. Creo que guardar silencio al respecto nos impide entender muchos de sus actos extraños, por decir lo menos. Entre ellos,  su recordada protesta cuando se le envió a su oficina una resma de papel equivocada. O cuando logró silenciar a una soda de Ciencias Sociales repleta al gritarme, con voz de trueno y burlonamente asomado a su puerta: “¡Armando, que hacés en este antro de pl… y comunistas!”. O simplemente cuando, tiempo antes de proferir esa mofa eufórica,  brincaba evitando charcos o fosos imaginarios  en sus rápidas caminatas por el barrio La Granja.

Me parece que en la misma medida de que abandonó esa navegación, pero sin desprenderse del todo de la bitácora de ese viaje, fue elaborando su desesperada sensibilidad social, tal vez ciertos ingredientes de su descollante originalidad científica, su discurrir como creyente con chisporroteos agnósticos, y continuó su búsqueda apasionada, a primera vista un tanto dispersa, por los senderos de la meditación, la mitología y otros terrenos.

Creo que esa bitácora permaneció siempre entre sus libros y de vez en cuando le daba un vistazo a la hora de urdir su singular lenguaje escrito, en el cual combinó palabras que habitualmente se sitúan en contextos de sentido distintos y no intentó detener un torrente de imágenes metafóricas, latinazgos, anglicismos,  neologismos e incluso repliegues no mantenidos por mucho rato  (por ejemplo: “…los científicos no andamos estudiando el paradigma de Dios, no es nuestra especialidad”, para agregar líneas después: “Dios puede haber trabajado dentro de lo que la ciencia llama hoy su terreno propio”). Es decir,  un lenguaje genuino que a cada rato demanda relecturas, de pronto asombra, pero se entiende bien pese a ciertas frases  que nos quedan colgando.

A propósito de su expresión escrita, revelo un pequeño secreto: hace ya muchos años, una revista de la UCR me solicitó colaborar en la evaluación de un artículo enviado por Carlos Manuel. A primera vista, el texto carecía de significado de cabo a rabo. No logré encontrar una idea conductora en lo que se miraba como una palabrería ni siquiera enigmática, pero no me atreví a sugerir su rechazo. Me pareció más honesto no “calificarlo”, declararme incompetente, preguntándome si su autor realmente vertía muchas incoherencias en pocas páginas o si yo era incapaz de encontrar significados crípticamente envueltos en ellas. Leyendo décadas más tarde sus reflexiones, que a mi juicio reflejan un encuentro más armonioso y duradero consigo mismo, pienso que fue una decisión correcta: en estos artículos de publicación póstuma como libro siguen muy presentes  las rarezas y acrobacias semánticas, pero eso no impide que salga a flote una crítica social profunda, aunque rara vez directamente propositiva, que el autor dirige con  lucidez hacia su amada “nación en crisis”, que divisa trastocada por la invasión acelerada del capitalismo salvaje y su secuaz predilecto: la sociedad de consumidores, tutelada por un  “estado crediticio” y “amoral”.

Durante una buena parte de su vida más bien aislada de célibe contumaz, Carlos Manuel hizo de su casa un escenario frecuente para lucir sus virtudes gastronómicas. Por un largo tiempo, sus extraordinarias cenas se convirtieron para él en un rito destinado a informar acerca de quienes consideraba sus mejores amigos. Escuché contar,  a alguien que lo encontró en su casa ya sin vida, que un sartén a punto de fundirse sobre la cocina encendida daba testimonio de que su última tarea, inconclusa, consistió en preparar sólo para él un sencillo alimento. ¿Buscaba ensanchar el laboratorio de su soledad quien fuera un cocinero refinado y altamente sociable?

Si nos volviésemos a encontrar por los trillos de nuestro campus,  tendríamos sin duda una mayor sintonía, pero también ciertas sabrosas discrepancias de fondo. Me interesaría poner en esa agenda sus breves alusiones a los paradigmas, que según él “despiden un cierto perfume de eternidad”. Darle una revisada a eso de que “existe un capitalismo bueno y otro malo”. Y a otros puntos.

Sin embargo, como tal encuentro sólo puede ocurrir en las comarcas de la memoria, me limitaré a concordar con lo que José Miguel dice sobre “Reflexiones…”: “este texto no tiene un final y menos una conclusión”.  Tal vez este juicio sea aplicable a todo ese  individuo excéntrico y polifacético que fue Carlos Manuel.

El análisis social y las denuncias elaboradas por nuestro amigo, especialmente en sus años de mayor serenidad, nos muestran que su interés por el pensamiento del Che, nacido en él mucho antes de que hiciera su autorretrato como “científico viejo”,  no fue una mera curiosidad, sino parte de su brotar fecundo como un intelectual que, poco  a poco y cada vez más,  ensambló reflexiones científicas, existencialistas,  y otras próximas al misticismo, en el marco de una ética socialista muy sui géneris.

Gracias por todo, Carlos Manuel.

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