Como si se tratase de una muy mal guionizada serie de suspense, las recientes negociaciones del Fondo Especial para la Educación Superior (FEES) se posicionan en el horizonte como una terrorífica precuela del fatal destino que pueden enfrentar las universidades públicas en los años venideros; un anuncio profético del caos interno y externo al que se encuentran expuestos los fortines del conocimiento costarricense.
Empezando por la rogada convocatoria de la Comisión de Enlace, donde hasta los legisladores tuvieron parte, cada una de las cinco sesiones celebradas se postuló como un episodio de mal gusto, en el que las explicaciones faltaron y los ademanes sobraron.
Primero fijaron unas dizque “reglas de oro”, que más tardaron en escribirse que en romperse; cada bando azotando al otro la autoría del pecado. Al ocaso, los vicios de la política nacional se materializan en la universitaria, como cuando en la primerísima casa de enseñanza algunas ramas maltratadas intentaron sacar provecho de la inconveniente llegada tardía de su cabeza.
De la mano de la tormenta llegó el segundo encuentro: un multimillonario recorte a la educación superior fue el preámbulo a una exhibición de fuerzas, donde no hubo un vencedor real, pero sí una suntuosa obra teatral… otra vez, sin permitir cuestionamientos. Quizá porque la indecorosa propuesta inicial del recorte era solo un tanteo de poder o porque miles de personas concentradas verdaderamente ejercieron algo de presión, la tercera sesión hizo dar marcha atrás al tijereo y abrió las puertas al trámite del reconocimiento de la inflación.
Es posible que el Ejecutivo se echara atrás con la propuesta de retrasar el FEES porque simplemente quería medir el panorama y esa primera derrota ya estaba presupuestada como un pequeño costo para ganar la guerra. Al mismo tiempo, el movimiento inédito de las universidades se retiraba aparentemente victorioso, después de una excursión que los medios oficialistas contaban en decenas, como si uno en vez de mares hablara de gotas. Lo cierto es que fueron varios miles y así se refleja en los cuadros que quedaron para el recuerdo.
Pues bien, así la cuarta y quinta cumbres llegaron prácticamente como una sola, aunque después de otro periodo suspensivo, marcado por el canto de un frío viento que había sido entintado por un verbo pedante, el cual a su paso arrullaba a unos y helaba a otros.
El humo blanco —que pronto se volvió gris, aunque ya sin remedio— se hizo presente con un paupérrimo aumento del FEES en un 1% por inflación, como si no bastara con ver las facturas de ayer para darse cuenta de que hoy aumentaron más que eso, tanto en oro como en sangre. Seguro que el Constituyente no se imaginaba las artimañas que traía el futuro cuando establecieron que “la partida correspondiente, señalada en el plan, ajustada de acuerdo con la variación del poder adquisitivo de la moneda”. Y lo digo porque esa “variación” es la que es; no se puede uno poner a aventar porcentajes como si estuviera jugando a quien da menos.
Peor todavía es oír sobre la escasa resistencia que hubo en las universidades al escuchar la nueva oferta con ese 1%, tan famélico como las circunstancias. Quiso enmendarlo el girasol, pero el resto del jardín no regaló su apoyo.
Ahora, entre esas otras flores, unas guardan silencios impotentes, al creer que es mejor perder bien que perder todo, como si no fuera perder al fin. Otras, de forma más lamentable, hasta agradecen el gesto del Ejecutivo, cayendo en el juego de la diplomacia derrotista. Pero hay unos retoños que han llegado a la indecencia, convirtiéndose en los títeres replicantes del adversario, vanagloriándose del resultado e inclusive calificando la poca resistencia hacia la propuesta entre barbaries y extremismos; es el colmo de la desfachatez, la idiotez personificada.
Definitivamente hubo un vencido y un vencedor, aunque la travesía deja dos elementos positivos: el revivir del movimiento universitario, por un lado; y la consolidación del financiamiento en el paquete de 5, que antes era 4+1. Eso sí, el costo de la derrota puede ser fatal si las casas del saber no actúan conforme a lo que demanda la situación, de cara al siguiente año. Hay que unirse y prepararse hoy para salvar el mañana.
