Posverdad del TLC

Con un discurso apacible y de singular belleza, un distinguido caballero extrae de su bolsillo una lista de loas hacia el TLC

Con un discurso apacible y de singular belleza, un distinguido caballero extrae de su bolsillo una lista de loas hacia el TLC y proclama el éxito de las inversiones extranjeras afincadas en las zonas francas; las exportaciones con un crecimiento luminoso…  Otra dama, catedrática de una universidad pública, según reza el eslogan de su presentación, reflexiona sobre la importancia de revertir los modelos de producción; innovar el mercado de la exportación con nuevas tecnologías y finiquitar, de una vez por todas, los vestigios del Estado Benefactor, es decir, ofrecer en el altar del mercado: la salud y el agua.

Se debe destacar que ambos expertos coinciden en que urge mejorar la infraestructura, acortar los trámites registrales, incursionar en el mercado internacional… ¿Y el pago de impuestos sin evasivas fiscales? ¿Y el desarrollo del país en armonía con la naturaleza, sin piñeras que contaminen los ríos y mantos acuíferos? ¿No era que las bondades del TLC nos ponían a la cabeza de los países desarrollados y, con la bendición eclesiástica del TLC, surgían  nuevos modelos para el desarrollo y la marca país  iba a trascender al infinito?

¿Y qué sucedió con aquellos célebres autores del “Memorándum del Miedo”  que fueron exiliados, o premiados, y se refocilaron en las playas con libaciones de /güisqui/? ¿O de aquel envestido de “alguna fe adorable que el destino blasfema”? (Vallejo). Estos estrategas de la inteligencia de don Óscar Arias, semejantes al “discurso de baja intensidad”, -¿diseñaron o les fabricaron el discurso de la posverdad?- distribuyeron el “miedo”, según el sector, según la condición social, según los estereotipos nacionales o internacionales (¡ya está aquí Ortega y Fidel!, gesticulaban con espanto, y hacia adentro se desternillaban con aplausos y palmadas de aprobación). Luego, la chismografía, la chota, el cotilleo, las verdades a medias, las simulaciones de los medios de comunicación pro TLC y el reboso de emociones con el pago y “coimas” para transportistas y taxistas.

¿Y en qué quedó el paraíso de riquezas prometido por los expertos de las cámaras patronales; las ofrendas opulentas del gobierno de los hermanos Arias; el patrimonio cuantioso que iba a desbordarse en los sectores menos favorecidos? Y sin lugar a dudas, todo el patrimonio de la clase media se incrementaría a niveles jamás sospechados, ni se diga del sueño de la burguesía criolla: sobrepasarían los índices bursátiles en la bolsa de valores de Nueva York.

¿Para qué echar mano del expansionismo territorial, se preguntaban los peritos del Pentágono? Si con solo la aprobación de un acuerdo comercial, TLC (réplica de otros tratados que se ajustan en tiempo y espacio), se podría obtener dividendos sin ningún esfuerzo militar. Y como corolario, se expandía el comercio, la libertad, la democracia hacia ese traspatio natural que es Centroamérica. En consecuencia, el embajador de Estados Unidos agitaba su banderita y se contorsionaba con las cimarronas del Sí al TLC y hasta el día de las elecciones tuvo sus inefables intervenciones.

Como epílogo. Si el TLC fue un fraude urdido por la clase dominante local, cierto sector eclesiástico, los medios de comunicación masiva, la embajada de Estados Unidos… Entonces, se puede comprender que la posverdad, como exaltación discursiva, es un relato que dibuja en el imaginario de creencias un bienestar para todos, una riqueza inconmensurable; un recurso retórico de ficciones que encantan y pueblan la mente del destinario; un discurso de embustes que se afirman para lograr un objetivo y luego, se niegan sin ningún sonrojo.

 

 


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