¿Por qué no creo en las ciclovías?

Las ciclovías son, conceptualmente, algo excelente.

Las ciclovías son, conceptualmente, algo excelente. No solamente contribuyen a disminuir la congestión vial y las emisiones de CO2, sino que promueven formas de transporte activas, las cuales favorecen la buena aptitud física y, por ende, la salud. Pero no puedo usar algo en lo que no creo.

Soy ciclista aficionado que todavía hace paseos regulares. En mis años de estudiante universitario y recién casado, me transportaba frecuentemente en bicicleta. Lo hice hasta que un mal día un automovilista, molesto porque yo le estorbaba, me adelantó e inmediatamente frenó en seco enfrente mío. Naturalmente, yo me estrellé contra la parte de atrás de su auto. El marco de mi bicicleta quedó inservible, y yo me abrí la ceja, a pesar del casco. Pero más que el golpe, me impactaron dos detalles: el conductor estaba furioso porque yo le había dañado la pintura del carro y exigía una indemnización, mientras el oficial de tránsito alegaba no poder intervenir pues, como ciclista, yo no tenía derecho a estar en la calle.

No creo en las ciclovías porque desde hace más de cuarenta años escucho la misma canción: no tenemos suficientes oficiales de tránsito. Cuando le estaba enseñando a manejar a mi hija hace más de diez años, un día de abril me preguntó con toda seriedad: ¿y qué hacen a todos los policías de tránsito después de Semana Santa? No pude contestarle entonces, ni puedo hacerlo ahora. Solo sé que no parecieran estar donde se les necesita, haciendo lo que les corresponde, respaldados por un sistema legal funcional.

No creo en las ciclovías porque percibo que las cosas no han cambiado desde mi accidente: las ciclovías no son más que pintura barata que adorna las calles, así como la mayoría de los policías de tránsito -están pintados en la pared-. Recientemente me enteré de que 80 mil conductores ticos acumulan más de 15 sanciones cada uno; el peor de ellos, tiene 76. Y parece que esas multas no se pueden cobrar. ¡Las autoridades no tienen autoridad! La radical e ineficiente respuesta de los sistemas legales promueve que cada quien haga lo que le da la gana.

No creo en las ciclovías, porque en nuestras calles se refleja nuestra cultura costarricense en la que cada quien hace lo que le da la gana. Nos hemos acostumbrado a exceder constantemente el límite de velocidad, pasar los semáforos en rojo, rayar por el espaldón e irrespetar un sinfín de señales verticales y horizontales, con una mínima probabilidad de sufrir consecuencias negativas. Así, la conducta de cada uno depende de su propia conciencia. Lamentablemente, las conciencias de la mayoría están demasiado distraídas con el Whatsapp e infinidad de otras aplicaciones que, de paso, utilizan mientras conducen.

No creo en las ciclovías porque tengo la certeza de que el conductor que atropelló a cuatro ciclistas frente a Walmart en febrero de 2017 no es una excepción, como tampoco lo son los escandalosos argumentos de sus abogados defensores.

No creo en las ciclovías porque nuestros límites de velocidad son meras sugerencias, porque los carriles -cuando existen- son una ficción, porque la única realidad relevante es que “yo” tengo prisa. En medio de nuestro caos, el ciclista lleva las de perder. Me preguntó mi amigo Coco, ¿mandaría usted a su hijo en bicicleta al colegio? Le respondí que ni siquiera me animo a usarlas yo mismo, a pesar de mi gran pericia y confianza masculina de que “a mí no me va a pasar nada”.

Junto a mi protesta, presento una propuesta: necesitamos ciclovías independientes, por ejemplo: en la parte inferior del tren elevado. Ese sí sería un cambio radical. Se aprovecharía el derecho de vía con doble propósito. Sería una opción segura y factible. ¿La principal limitante? La construcción de un sistema de tren elevado es un poquitico más compleja que pintar rayas verdes en las calles. La otra opción sería cambiar la cultura del “hago lo que me da la ganista” del conductor tico. Me pregunto cuál de las dos tareas es menos imposible. Y me pregunto a quién le importa.


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