Populismo barato contra la academia

El país está siendo conducido peligrosamente hacia la mediocridad, inducida por algunos políticos  que han hecho del populismo barato su caballo de batalla.

El país está siendo conducido peligrosamente hacia la mediocridad, inducida por algunos políticos  que han hecho del populismo barato su caballo de batalla. Su discurso busca enlodar la imagen de los educadores y de la academia, y los acompañan, como caja de resonancia, algunos medios de comunicación que han impulsado una campaña de desprestigio y difamación de los funcionarios públicos.

Efectivamente, el populismo barato le ha declarado la guerra a los educadores y a la academia. Se trata de una estrategia de manipulación que vienen impulsando quienes han perdido credibilidad y confianza por parte del pueblo, y ahora quieren ganarla enlodando a la institucionalidad académica y a los educadores, que se han ganado el respeto y el reconocimiento por su aporte al desarrollo del país. La labor docente ha sido un apostolado; como tal, ha implicado mucho sacrificio por parte de quienes la ejercen con pasión, cumpliendo la triple función de educadores, “psicólogos” y hasta de madres y padres sustitutos, algunas veces. Por su parte, a quienes ejercen la cátedra universitaria se les exigen los más  altos niveles de formación y producción académica, así como la actualización de sus conocimientos; es decir,  un currículum que da cuenta de una amplia y probada calidad y experiencia académica.

La apuesta por la educación ha sido la más importante en la historia económica y social de nuestro país. La educación ha sido el soporte de instituciones iconos del desarrollo nacional, como el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) y la Caja Costarricense del seguro Social (CCSS). Sin duda, el factor fundamental en la construcción de una cultura de paz y democracia, así como de importantes avances en sostenibilidad eco-ambiental. De esta manera, Costa Rica lidera hoy los países de Índice de Desarrollo Humano Alto en América Latina.

Las universidades públicas han sido el principal motor de desarrollo educativo del país, sin demérito de algunas universidades privadas que también han apostado por la excelencia y la calidad. Sostener y fortalecer esta institucionalidad sigue siendo la mejor inversión en un país que aspira a elevar sus niveles de competitividad, equidad y democracia. Por eso, está plenamente justificada la defensa del Fondo Especial para la Educación Superior (FEES), así como de una política salarial justa que no precarice el trabajo académico, en detrimento de su calidad.

Por lo tanto, no debemos permitir ese juego sucio de quienes quieren encubrir las principales causas de la debacle económica del país convirtiendo a los educadores y a la academia en los chivos expiatorios, sobre los cuales se han lanzado de manera inquisitorial.  Amnistía para los grandes evasores y más cargas impositivas y desprestigio para los que trabajan y pagan los impuestos. Ruptura del modelo de sociedad de clase media para conducir al país a un modelo medievalista de ricos y pordioseros.

Llama la atención, por otra parte, cómo se viene dando el abaratamiento en otros ámbitos. Como ya se ha denunciado, se continúa festinando con los nombramientos, al estilo “compadre hablado”, dejando de lado los criterios de idoneidad y excelencia. Tal es el comportamiento reciente de la Comisión de Nombramiento de la Asamblea Legislativa, que ha subestimado las calificaciones profesionales otorgando un desproporcionado porcentaje a la entrevista (40%), a la hora de calificar y recomendar a los candidatos a puestos en el Poder Judicial; ejemplo de ello es el caso  de la terna recomendada para el nombramiento de Magistrados de la Sala Tercera.  De nuevo se coloca en primer plano un criterio propio del populismo barato; es decir, una buena hablada es suficiente para hacer méritos para un puesto de alto nivel. Por ese camino, no hacemos otra cosa que devaluar la institucionalidad democrática.

¿Hasta dónde llega la miopía en este país? Es crónica y está a  punto de  convertirse en ceguera. Sin embargo, pienso con optimismo que estamos a tiempo de corregir el rumbo. Sé que hay diputados y diputadas que pueden hacer la diferencia. No hay que permitir que se imponga la mediocridad cuando necesitamos elevar los niveles de calidad en todos los campos.

El prestigio del país está en juego. No imitemos a los políticos del populismo barato que le han declarado la guerra a los educadores, la academia y la cátedra. La crítica sana construye y contribuye a corregir y mejorar, la crítica –más bien alharaca– del populismo barato destruye y obstaculiza el progreso del país.

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