¿Pasa algo?

Si se cometiera la injusticia de comparar, el politólogo Constantino Urcuyo se parecería más a Eduardo Ulibarri, hoy embajador ante Naciones Unidas, que al

Si se cometiera la injusticia de comparar, el politólogo Constantino Urcuyo se parecería más a Eduardo Ulibarri, hoy embajador ante Naciones Unidas, que al fallecido Rodolfo Cerdas o al también columnista de La Nación S.A., Jorge Vargas Cullel. Cerdas tenía fobias y adhesiones, y las expresaba. Vargas puede ser literario y crítico. Urcuyo es educado, sin arribar a lo melosamente fácil, y prefiere trazar a analizar. Es, de alguna manera, “buenito” y eso le facilita cierta comodidad en este pequeño mundo.

Urcuyo publicó en La Nación del 19 de abril de este año un artículo largo titulado “¿Qué pasa?” Este párrafo lo introduce: “¿Qué sucede cuando la gente piensa que los diputados son vagos y ladrones, que legislan en beneficio propio? ¿Qué ocurre cuando la ciudadanía siente que los miembros del Poder Ejecutivo no son honestos y están dedicados al saqueo de los bienes públicos? ¿Qué pasa cuando grandes sectores de la población están convencidos de que los jueces no cumplen con sus deberes y favorecen a los delincuentes?”.

Si les parece feroz, aunque remita en verdad a “sentires”, los párrafos siguientes son más duros y complejos. Por ejemplo: “¿Qué ocurre cuando las visiones de fracaso y apocalipsis se transforman en pasiones generales y dominantes?”… “¿Qué sucede cuando nos vemos sumergidos en un mar de hipocresía y falsedad, construyendo los más atroces disparates y carentes de buen juicio?”. O: “¿Antesala de una crisis de legitimidad generalizada? ¿Pérdida de credibilidad en los gobernantes? ¿Colapso del sistema político? ¿Anticipo de revoluciones?”.

Urcuyo no entra en ninguna de las cuestiones que plantea. Primero dice que el desenlace de estos procesos no es factible de visualizar. Y en el párrafo final confiesa no tener respuesta para sus preguntas. Está “atónito y asombrado”. Sin embargo,  también afirma mantener “la fe en que la reflexión serena y cuerda frente a estos desafíos, es el mejor camino para encontrar vías alternas frente a la posibilidad de rupturas dolorosas. Todavía tenemos tiempo.” No dice en qué lugar se encuentran/habitan esos actores o sectores que protagonizarán la ‘serenidad y cordura’ que sostiene su esperanza.

Puesto que él prefiere no testimoniar claramente sus afectos y desafectos, hagamos un esfuerzo por determinar alguno. Por ejemplo, no le simpatiza el PAC ni Ottón Solís: “¿Qué nos garantiza que nuevos grupos no caerían en los mismos vicios? ¿Creeríamos ingenuamente que los relevos gozarían de inmunidad ante las tentaciones del poder? ¿Basta con el discurso moralizador desde los púlpitos mediáticos para operar el milagro de la conversión de los pecadores políticos? ¿Es con inyecciones de ética que saldremos de la situación actual?”. Tampoco simpatiza con la revolución de ‘masas’, para usar un lenguaje obsoleto: “¿Qué nos vacuna contra los excesos de la democracia de la calle, contra los votos unánimes en las plazas de la revolución?”.

Quizás está más cómodo con la continuidad de las ‘dirigencias’ actuales. Califica sus acciones como meros “errores y malos ejemplos”, aunque enfatiza que no se puede continuar con ellos. Pero errores y malos ejemplos podrían ser señales sistémicas, no solo acciones singularizadas. Si así fuera, no los suprimiría la reflexión “serena y cuerda”. El punto se relaciona con una de sus semi-indicaciones más certeras: “¿Cuál es el espacio para la conversación y el diálogo político, para los cambios institucionales (…), discutidos y consensuados?”. La cuestión se puede parafrasear: ¿Quiénes son los principales responsables de que el país/población no haya producido/decantado en más de medio siglo una cultura ciudadana y republicana? ¿De qué actores podría esperarse ese necesario proceso/producto hoy? Tal vez no se los pueda precisar con detalle, pero al menos se puede excluir de ellos, por el momento, a quienes se jactan de la cultura del “pa’ eso tengo mandato”. Los hay jactanciosos  y también vergonzantes. En economía, política y cultura. Urcuyo debe conocer a alguno.

Lo dramático para Costa Rica es que un politólogo buenito, e invitado a todas las fiestas de la ‘gente bien’, aunque no asista a ellas, plantee cuestiones como el derrumbe del país, pese a hacerlo desde el marco estrecho y politicista de la ingobernabilidad. Para Urcuyo, pasan cosas que lo tienen estupefacto. Pero para los costarricenses, que se preparan para votar a favor o en contra de Rodrigo Arias en el 2014 (¡O de Johnny!), pareciera no pasar nada.

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