Para no heredar el silencio, a propósito de los Óscar Arias de las Universidades

Muchas mujeres en este país hemos tenido uno o varios Óscar Arias en la vida. En nuestras universidades, y según mi propia experiencia, sobran Óscar Arias, y la mayoría sigue estando en la impunidad.

Muchas mujeres en este país hemos tenido uno o varios Óscar Arias en la vida. En nuestras universidades, y según mi propia experiencia, sobran Óscar Arias, y la mayoría sigue estando en la impunidad. Esta es solo una de esas historias.

Cuando estaba terminando de estudiar antropología en la UCR, tal vez en el año 2000, hice una consulta médica en la Oficina de Salud. Quien me atendió en ese momento, un hombre de contextura media, prieto, treintón tal vez, me diagnosticó un ataque de colitis, crónico. Me tocó la barriga y dio unas palmadas sobre el dorso de su mano para hacer notar el aire y la inflamación. Todo normal hasta ese momento. Cuando me incorporé para acomodarme la camiseta y tras su diagnóstico, a pasos de la puerta cerrada, el dr. JC, así con minúscula, porque es probable que no sea acreedor al grado con el que se le nombra, se me abalanzó. Me tocó el cuerpo, me forcejeó sobre la puerta e intentaba algo más con su boca. Recuerdo su cara cerca de la mía y sus manos asquerosas, una en la entrepierna y la otra en los pechos. Me decía: “Es que no me puedo contener”.

Yo, lo empujé gritándole que se quitara, abrí la puerta  y salí vociferando. Nadie entendía nada. En la entrada principal de los consultorios estaba un amigo. Al verme así se asustó y me pidió que me calmara; se quedó frío cuando le conté lo que había pasado y mientras le juraba que iba a denunciar a aquel agresor. Él insistió que pensara muy bien lo que iba a hacer, que no valía la pena, que alguna acción en contra del sujeto se quedaría en nada.

Yo estaba muy enojada, mucho, e impotente también. Fui a algún sitio, o llamé a alguna oficina que no sabía si era el Centro de Investigación y Estudios de la Mujer (CIEM). Estoy hablando de casi 20 años atrás, probablemente escribí algo. Mi amigo me monitoreaba por teléfono y yo buscaba fuerzas y valor para denunciar. Desistí, enferma de rabia y desmoralizada. Ahora no puedo repetir con cuál argumento me retiré, no lo recuerdo. Me sigo arrepintiendo.

Años después, trabajando en la Universidad Nacional, me voy topando con el dr. JC, que para mi desgracia, empezó a ser parte del personal de salud de la UNA. Tuve que cambiar o rechazar alguna cita cuando sabía que me lo habían asignado. Cuando pedía que me cambiaran de persona, la encargada detrás de la ventanilla decía, en su profunda ignorancia: “Doña Claudia, pero él es muy buen médico”. Siempre quise agregar: “Y acosador”. Siempre quise gritarlo.

Por esas vueltas que da la vida, supe que una estudiante, embarazada, lo había denunciado delante de la Fiscalía contra el Hostigamiento Sexual, instancia que empezó a cumplir un papel fundamental en la UNA para detener y concientizar sobre el hostigamiento.

Esta valiente había argumentado que en la consulta de control y al hacerle el tacto vaginal, ella sabía que aquello sobrepasaba una auscultación prenatal. Las manos del dr. JC seguían actuando descontroladamente. Estaba empezando a caer. Mi deseo lo había hecho realidad aquella valiente con todo y su barriga a cuestas. Incluso, parece que hubo otra estudiante que estuvo a punto de denunciar, pero que a pesar del compromiso de protección que le ofrecía la Universidad no lo concretó. Todas entendemos por qué no se atrevió.

Para desgracia de la justicia, la instancia encargada de indagar y dar un veredicto no pudo determinar que aquel tocamiento, morboso, vaginal, a la estudiante, estaba más allá del ejercicio cotidiano del médico. Fue el escudo que usó para protegerse, la historia y el poder estaban de su lado; él utilizó lo más básico: decir que estaba haciendo su trabajo más allá de lo que la estudiante sintiera. Lo absolvieron.

En la  Escuela de Sociología de la UNA, donde trabajé muchos años, presencié otras denuncias por parte de estudiantes que valientemente levantaron la voz. Con una de ellas, se logró que no se volviera a contratar a un profesor que acostumbraba a sobrepasarse. En alguna parte tengo la copia de las firmas de sus compañeras y compañeros de clase que la apoyaron, que actuando como testigos le dijeron de corazón: “Yo sí te creo”.

Hubo otro académico, llamémoslo el lic. rp, todo con minúscula, que se salvó de un pelo porque ninguna se atrevió a denunciar. A ese yo le advertía, con claridad y en la cara, que tuviera cuidado donde ponía sus manos a la hora de saludar; siempre se andaba restregando con el cuerpo de las otras. Ese mismo se dejó decir en una reunión académica donde hablamos el tema que “él no tenía la culpa de que las estudiantes se le sentaran en los regazos”. Yo, golpeando la mesa le dije que la UNA no le pagaba para perder la compostura, y que recordara el ejercicio del poder que lo amparaba para justificarse.

Puedo decir que he sido bastante odiada por estos actos, por mi compromiso con las estudiantes y por haber dejado de callar. Incluso, el lic. rp, decía en los pasillos que no se iba a quedar tranquilo hasta verme afuera de la Escuela. Así fue, esto lo pagué con una votación en mi contra para un nombramiento en propiedad en el año 2011, siendo la mejor calificada. Hubo muchas voces de solidaridad con el macho alfa agresor. Todos amigos, todos cobardes, todos cómplices. Cada uno y cada una sabe quién es. En estos días, un colega de años me recordó esa lucha. Se lo agradezco.

Los Oscar Arias siguen caminando con nosotras en las universidades. Algunos se habrán pensionado pero dejaron secuelas; otros se han largado tras grafitis gigantes en las paredes de la U. Algunos pueden ser mayores, otros sin duda, muy jóvenes. También estudiantes que han pasado por nuestras palabras a quienes, sin que no lo hubiéramos imaginado en ese momento, en el presente se les iría la mano, argumentando que estaban borrachos. Siempre hay una excusa para tocar a una mujer.

Hace un par de días, me volví a topar con el dr. JC. Él sigue impune. Creo que cuando me ve se asusta. Me di cuenta que no estaba en paz porque quise devolverme y decirle: “Qué no te pase lo de Oscar”. Lo pensé dos veces, me desesperé de nuevo. Luego racionalmente pensé que ese acto se iba a quedar en lo privado y que no pasaría de ahí. Entonces decidí escribirlo, y que una buena parte de la Comunidad Universitaria, de aquí y de allá, sepa que quienes nos han tocado y manoseado, no lo dejan de hacer; pero las que han callado, por miedo y ninguneo, por dudas y cansancio, con un poco de apoyo y sororidad, pueden llegar a hablar.

Yo no quiero heredarles a mis estudiantes el silencio que tuve; no quiero que ninguna, ni ninguno, pase por esas manos. Que todos los Oscar Arias de las Universidades sean denunciados, es el único emblema que éticamente nos puede unir en esta lucha, que ya tiene que ser de toda la comunidad.

San José, febrero 2019.


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