Opinión

Omnia Vincit Amor

Lo que estoy a punto de exponer, estimado lector, corresponde a la experiencia de un joven. A lo abstracto, a lo invisible pero profundo. No pretendo tener la razón absoluta ni busco la racionalidad en el mismo como en mis ensayos anteriores, sino un espacio de sensibilización y apertura, no conmigo sino con usted mismo. Dicho esto, espero entonces poder llegar a lo profundo de su ser o al menos poder llevarlo a un estado de reflexión.

El amor es un tema que nos acompañará en todo nuestro proceso evolutivo, algo similar que el miedo. Si bien es cierto siempre le hemos querido dar su razón, su sentido y su significado, este se ha vuelto tan personal y tan diferente que sería casi imposible encasillar. Sin embargo, me he dado la tarea de explicar de manera muy general el mismo.

Apelando a Erich Fromm en el libro El Arte de Amar, concuerdo que es y siempre será una decisión de la persona el elegir el amor por encima de todo. No se habla específicamente sobre una relación de pareja ni familiar. Se habla de un amor general, desde el individuo mismo hasta la sociedad en donde se desenvuelve.

¿No es acaso la mayor decisión del hombre no cometer el suicidio en un mundo donde las malas noticias prevalecen, donde los asesinatos, violaciones y  guerras acompañan desde la mañana hasta la noche? ¿Cuál es la fuerza que nos hace levantarnos, que nos hace tener esperanza de creer que el mañana (que siempre desconocemos) será mejor? ¿Y porqué no hacerle caso a nuestro pensamiento que suele aparecer de vez en cuando para eliminar el sufrimiento, e irnos a la tierra prometida que nos ha vendido la religión? ¿Es entonces la voluntad humana de vivir una de las mayores virtudes a la cual podemos aspirar?

Considero que sí. Sin embargo, el contexto de nuestra sociedad nos hace la tarea difícil. Las presiones sociales, la presión de terminar la Carrera universitaria, el distrés cotidiano del trabajo, la responsabilidad de nuestro bienestar, las relaciones personales, los gastos diarios, deudas… basadas en el tiempo futuro, como si de una maratón se tratase. No pretendo evadir estas responsabilidades, sino encontrarles un sentido a las mismas. Un sentido basado en la decisión de Fromm, y que he aplicado a mi vida cotidiana.

Esta decisión comienza con uno mismo, desde la aceptación total de las sombras y luces de uno mismo. De las maravillas y errores del pasado. De las personas que han transitado por nuestra vida y que han dejado huellas imborrables. Esto va más allá de la aceptación física, pues se trata de una aceptación íntegra, mental, principalmente, en la cual el perdón, el reconocimiento y el amor al cambio con uno mismo son fundamentales. Creo fielmente en la grandeza del ser humano para sobreponerse ante la adversidad, no evadiéndola sino amándola. Amando el dolor, la alegría, el llanto y la risa. Entendí a una temprana edad que el amar no es lo que me gusta, sino todos sus matices. Entender que se necesita oscuridad para prender la linterna y generar luz, he ahí donde la grandeza humana sobresale. He visto con mis propios ojos la compasión humana, la anteposición del ego por una persona. Puedo afirmar cómo el amor transforma, en niveles nunca antes vistos, a una sola persona. Asimismo, he entendido que el amor trasciende universos y barreras, porque el amor es irracional, aunque esta decisión sea lo contrario.

Para amar no se necesita a la otra persona de manera física, no se necesita tener un pasado lleno de alegrías, no ocupa un presente sin responsabilidades ni problemas. Amar necesita una convicción diaria de mejora, necesita compasión con uno mismo principalmente, humildad para reconocer lo que puedo cambiar y lo que no, y lo más importante, implica perdón. A esto le añado gratitud por el regalo y el milagro de la vida, por el dolor y la alegría, por los que están y por los que estuvieron, por la comida, la familia, estudios…

Por ende, infiero lo siguiente: el amor no evade, el amor enfrenta. El amor no discrimina, el amor une. El amor es benévolo, no egoísta.

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