Opinión

¿Oídos sordos a palabras necias, o no callar para no otorgar?

El dilema entre “el que calla concede” y “a palabras necias, oídos sordos” siempre ha existido. Quedarse callado, o responder, no es un ejercicio fácil, sobre todo cuando el asunto en cuestión preocupa y es atinente a uno, pero ¿hay algo que no concierna a uno de una forma u otra? Al fin y al cabo, cada uno es parte de un todo: componentes esenciales del tejido social desde nuestro nicho.

En tiempos de populismos que se alimentan de ruido y noticias falsas que contaminan el discurso público, la forma en que decidamos responder a estas dinámicas definirá el impacto sobre el ejercicio cívico-democrático y sus posibles repercusiones, tanto instantáneas como a largo plazo. Es un desafío particular navegar por en esta realidad sin sucumbir al desgaste y sin ceder al engaño.

“El que calla concede” es una expresión que resuena con fuerza en momentos en los que el silencio puede interpretarse como consentimiento. En el contexto del populismo, este silencio no es neutral: permite instalar en el imaginario colectivo los discursos de odio, la desinformación y la simplificación de problemas complejos. Cada vez que una mentira queda sin refutar, se abre un espacio para que germine y se transforme en una “verdad” alternativa. La pasividad, en estos casos, no solo legitima el mensaje equivocado, sino que también refuerza la narrativa de quienes buscan la polarización.

Por lo tanto, el silencio respecto a las noticias falsas puede entenderse como una renuncia a disputar el derecho a una verdad verdadera, o al menos el derecho a una verdad más real. Cuando los debates se polarizan, el silencio es particularmente peligroso. Las noticias falsas fomentan la emoción y la polarización: en la inacción, tienen un caballo de batalla perfecto.

Frente a la campaña sistemática contra el Tribunal Supremo de Elecciones, la Contraloría General de la República, la Asamblea Legislativa, el Poder Judicial y las Universidades Públicas, por ejemplo, es un deber estar atentos y responder a la mentira. Si quienes tienen el deber de proteger estas instituciones del Estado social de derecho optan por el silencio, ¿qué mensaje se envía a los ciudadanos? El silencio, por lo tanto, en lugar de ser un signo de serenidad, puede interpretarse como debilidad o desinterés.

Sin embargo, la sabiduría también está en prestar oídos sordos a palabras necias (a palabras necias, oídos sordos). En un ecosistema informativo sobresaturado, donde cada segundo se produce un mar de información, refutar cada provocación es insostenible. Con sus algoritmos que priorizan la polarización, las redes sociales hacen de cada interacción un espectáculo.

Al intentar refutar lo absurdo uno puede correr el riesgo de hacer eco de las mentiras que pretende combatir. Además, el constante combate a la información falsa y contradictoria puede ser psicológicamente desgastante, patogénico. Ignorar, muchas veces, es adecuado para la tranquilidad; el problema es cuando ello muta a una forma de autocensura.

El populismo lo tiene muy claro. Su táctica no es ganar los debates, sino nublarlos, asfixiar la verdad en un mar de mentiras, dudas infundadas, gritos y acusaciones. Hacer caso omiso de ciertas narrativas puede considerarse, en sí mismo, un acto de resistencia, de rebeldía. Pero en este caso, surge el conflicto: ¿cuántas veces podemos permitirnos ignorar algo para no abdicar de nuestra responsabilidad de proteger el discurso público que defiende la institucionalidad en todos sus extremos?

Parece sencillo decirlo: la clave está en el equilibrio. No todo necesita una respuesta —especialmente inmediata—, pero tampoco se puede dejar que la mentira y la división se apoderen de la discusión. Así, cada ciudadano, como participante del debate público, tiene el deber de discernir cuándo hablar y cuándo guardar silencio. Las instituciones, por su parte, deben ser faros de claridad, actuando con firmeza cuando están en juego los valores democráticos.

La educación desempeña un papel fundamental: una ciudadanía educada y crítica estará mejor preparada para identificar mentiras y resistir a los cantos de sirena del populismo. Fortalecer la alfabetización mediática es vital para que la gente evalúe y determine la veracidad en la información a la que accede, y cómo participar en debates constructivos.

El dilema entre no callar o guardar silencio al ignorar las palabras necias, no se limita a un juego de palabras, sino a acciones.  Decidir entre hablar o callar tiene un fuerte impacto en la construcción del tejido social, y en la vida particular del individuo.

El reto está en actuar con intención y propósito. Hablar cuando sea necesario, pero con argumentos sólidos y sin caer en la emocionalidad que busca el populismo. Callar cuando el ruido sea excesivo, pero sin abdicar de nuestra responsabilidad como ciudadanos. Y, sobre todo, trabajar juntos para construir una sociedad que valore la verdad, la justicia y el respeto mutuo. El compromiso cívico es más necesario que nunca.

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