Opinión

Nuestra crisis

Roma, año 43 a.C., César el dictador ha sido asesinado; a sus verdugos, a sus enemigos, no les interesa la libertad de Roma, sino repartirse y apropiarse de un imperio que abarcaba tres continentes.

Roma, año 43 a.C., César el dictador ha sido asesinado; a sus verdugos, a sus enemigos, no les interesa la libertad de Roma, sino repartirse y apropiarse de un imperio que abarcaba tres continentes. Es decir, tres fulanos, a puerta cerrada, negociaban cómo repartirse el mundo, mientras el pueblo, borracho, bajo la ficción de estar celebrando la libertad y embelesados por sacar provecho individual, en complicidad con los políticos, hundía a la república en la perdición.

Costa Rica, año 2019. Descalabro público y privado: corrupción, vandalismo, ilegalidad, impunidad, delirio de poder: abominaciones todas. Si coincidimos por un momento, en que la historia no se repite, sino más bien que es cíclica, ¿cuál es la desmentida detrás del orden político que impera? ¿Las revueltas sociales realmente intentan ordenar los asuntos del pueblo? ¿O ambas esferas, la política y la social, bailan al ritmo del mismo compás arbitrario cuando no egoísta?

Parece inevitable plantear que cada momento histórico tiene su propia peste, su propia brutalidad y, quizá, la bestialidad social de la primera mitad del siglo XXI. Sea que cada quién se sienta con el derecho de autoproclamarse vengador, articulando una modalidad particular de discurso y con ello fundar su propia religión, y dadas las contingencias y particularidades de la época narcisista en la que estamos inmersos, habría que recordar a Michel de Montaigne cuando planteó que “el provecho de uno es el perjuicio de algún otro” y preguntarnos: ¿cuáles fulanos, a puerta cerrada, se reparten Costa Rica mientras el pueblo se embriaga, se droga y compra en los centros comerciales?

Entonces, y a propósito de las revueltas sociales, debemos de repensar lo que Jacques Lacan, en relación con las agitaciones del Mayo Francés, les contestó a los estudiantes de Vincennes: “A lo que ustedes aspiran como revolucionarios es a un amo. Lo tendrán”. El peligro que corre cada pueblo es nombrar un amo más tiránico que aquel cuyas revueltas destituyeron, perdiendo de vista qué es lo que pierde, porque el nuevo amo viene tan lleno de lentejuelas y brillos, que motu proprio cedemos de nuevo al poder reinante.

Violencia

La cara más evidente de la crisis que hoy nos aqueja como país es la violencia, y cuando está justificada bajo la lógica de “es por su propio bien” nos condena a todos a padecer la irrupción de la perversidad, y lo más inquietante, a sentirnos atraídos por ella. Esto último a propósito de la fascinación por el reciente éxito taquillero Joker. Cuando tomamos en consideración lo que se juega a través de la violencia, podemos encontrar una de las paradojas que acompañan la modernidad: el resurgimiento del culto al heroísmo aparejado con una expansión de la cobardía.

Tierra de todos

Las historias se repiten como ecos, el canto de las sirenas nos invita al caos social y debemos evitar este equívoco, rescatando el vínculo social y honrando la única batalla digna, aquella de convertirnos, cada uno de nosotros, a través de la prudencia, en defensores de la humanidad, como lo fue en su época el gran Marco Tulio Cicerón.

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