No quedarse en el antaño

Sobre nuestra Constitución Política se glosan algunos sofismas.

Sobre nuestra Constitución Política se glosan algunos sofismas. Pero, de entre todos, quizás los dos más imperiosos de desenmascarar sean: que el año siguiente cumple 70 años y que no es menester reformarla, sino solo “aplicarla bien”.

Lo primero cae por la propia fuerza de los hechos históricos que le dieron origen. Veamos: en 1949, la Junta Fundadora de la Segunda República designó una comisión ad hoc para redactar un proyecto constitucional (como parte de los compromisos del Pacto Ulate-Figueres) que solventara los anacronismos con los cuales contaba la Carta Magna vigente hasta antes de acaecida la Revolución.

Mas la Asamblea Constituyente poseía una abrumadora mayoría del Partido Unión Nacional –de tendencias conservadoras–, esta es la razón fundamental para que la “opción triunfante” fuera una basada en su predecesora de 1871. Así, un 8 de abril, la propuesta lozana en la cual Rodrigo Facio tuvo una participación preeminente, fue desechada.

Incluso no sería descabellado decir que, ante la renuencia de sus homólogos, el Partido Socialdemócrata de la mano de sus exiguos, pero –sin temor a caer en el ditirambo– egregios diputados, realizó una labor titánica; sin la cual el Tribunal Supremo de Elecciones, la Procuraduría General de la República, el sufragio universal y el régimen de instituciones autónomas jamás habrían nacido. En otras palabras, en 2019 no se cumplen 70 años de una misma cúspide de la pirámide kelseniana, sino 148.

¿Y qué hay de malo en esto? Que como resume Zagrebelsky: “la Constitución vale como orden de las funciones estatales y determinación de los valores sociales”. Debería ser el reflejo de la sociedad que rige, no de la que regía hace centuria y media. A pesar de que las buenas normas abundan en ella, la desactualización se hace presente en una buena porción de su articulado.

Aclarado esto, se puede pasar al segundo punto –lo realmente acuciante–. Hay temas sobre los cuales la crispación no es precisamente laxa (verbigracia: seguridad social y religión). Empero, en otros la necesidad de permuta e innovación es tan palmaria como el apoyo poblacional a estas. Prueba de ello es que –por lo general– quienes se oponen a una Asamblea Constituyente discrepan en cuanto a la forma, pero no al fondo.

Que la no implementación del sistema parlamentario hace que el país se anquilose y las buenas intenciones se enmohezcan, que la estabilidad presupuestaria se ve en peligro o que es más fácil alcanzar los votos para ser diputado que las firmas para convocar a referéndum o para proponer una ley de iniciativa popular son cuestiones, en su mayoría, consideradas torticeras en demasía. Modificar esto solo es posible mediante una reforma constitucional (así que no es solo una cuestión de “aplicar bien las normas”) de cerca de 50 artículos.

Es apodíctico –en un tono vernáculo–: una nueva Carta Fundamental no es “la pomada canaria”; pero sí es el método más óptimo – y, a estas alturas, como ya empíricamente se nos ha demostrado, tal vez el único– para alcanzar un renacer del entramado institucional como el que se necesita hoy.

Encomiablemente, en su momento, Soraya Sáenz de Santamaría dijo: “el verdadero termómetro de una democracia es el respeto que se le da al disidente”. Y se hace simple constatar que a fin de cuentas todos buscamos lo mismo: un mejor futuro.

Tengo mi bando muy bien definido (a favor de la Asamblea Constituyente), pero quiero que las mejoras lleguen, sea por la vía que apoyo o por las antípodas, en realidad no tan dicotómicas (aunque suene a oxímoron), como a primera vista lucen.

Para concluir, siento que lo más oportuno sería darme la venia de parafrasear a Schelling: “nunca pasará una época sin el surgimiento de un nuevo mundo que sumergirá en la nada a todos aquellos que no participan activamente en él”.


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