Mientras tanto en las Filipinas…

Se hace necesario compartir las razones que me invitaron a visitar esta nación, un país con raíces e influencias muy similares a las costarricenses,

El archipiélago de las Filipinas se ha convertido en uno de los mayores centros en atención mediática, debido a las situaciones que han afectado a su población y que en efecto han repercutido en la comunidad internacional, y no es para menos, pues el terremoto ocurrido a finales de octubre del año en curso ha dejado una pérdida mayor a las 200 personas, el conflicto político/religioso entre las fuerzas oficialistas y el Frente Nacional para la Liberación Moro −conflicto escalado a sus puntos máximos en setiembre anterior−, ha degenerado a casi un centenar, y lo que ya es de difusión masiva: el supertifón Haiyán –que bajo los registros internacionales es considerados como el mayor en su especie− ha teñido de lágrimas a toda una región que constantemente trabaja por el desarrollo de sus propias condiciones. Y es que la presente nota no intenta enfatizar la cobertura mediática, sino compartir lo que realmente ha sido, un desastre, vivido eso sí desde las mismas Filipinas.

Se hace necesario compartir las razones que me invitaron a visitar esta nación, un país con raíces e influencias muy similares a las costarricenses, pues en condición de estudiante en gobernanza ambiental en la UPAZ, recibí con mucha alegría una notificación de beca para un curso en el Centro del Sureste Asiático para estudios de Posgrado en Agricultura, sobre seguridad alimentaria, desarrollo rural y agricultura sostenible, curso dirigido a estudiantes latinoamericanos, africanos y del sureste de Asia, donde de paso he tenido el privilegio de conocer a un colega de Agronomía de la UCR. Ubicados en la Universidad de Filipinas en la región de los Baños (en la misma región nórdica de Luzón, casa de la metrópoli Manila) nos hemos dado cuenta de las dimensiones casi “apocalípticas” de Yolanda –el nombre con que se le conoce en este país- justo el mismo día del siniestro.

La noche del 8 de noviembre será recordada de tan distintas maneras, con tan diversos sentimientos, que no vale la pena ni intentar mencionarlos, pero las dimensiones son tal que incluso una semana posterior a las primeras evaluaciones post-incidentes están llegando, y con resultados poco alentadores, en temas como pérdidas humanas, ecosistemas altamente afectados, estado de calamidad a nivel comunal, insuficiente acceso a electricidad y peor aun alimentación, desmantelamiento de lo público, entre los más descriptibles. El presidente Aquino se rehúsa a reconocer los números entregados por diferentes organismos internacionales o por las ONG en la región, y muchas familias no tienen un sólo medio de comunicación con aquellos parientes en las islas más afectadas. Encontrar culpables es como ladrar a la Luna, y aunque existan debates contemporáneos en Varsovia en tono científico y político, en cuanto al vínculo con cambio climático, no puede quedar duda de que al menos es un llamado del clima, máxime en un mundo intrínsecamente interconectado.

Cerca de medio millón han sido desplazados y despojados de todo aquello que poseían, mientras en algunos sectores crece el clamor por acciones tardías o ineficaces del gobierno; por otro lado,  la ayuda directa e indirecta internacional parece acaparar las principales acciones de socorro. Precisamente la ayuda humanitaria foránea en víveres, agua, refugio, medicinas, más la ayuda técnica en cuanto a evacuación, salvamento, control de muertes, y las estrategias en gobernanza a nivel regional y nacional, llegaron a un monto económico de US $ 126 millones sólo hasta el 12 de noviembre, según fuentes oficialistas, y los montos seguirán en aumento mientras agencias y organizaciones definen sus cuotas de contribución. Aun en consideración a las acciones abnegadas de cientos de militares, misioneros, voluntarios, técnicos, entre otros, parece existir un suerte de desconfianza entre la población filipina, pues el trasiego de tan mayúsculos recursos en situaciones de emergencia y bajo poco monitoreo genera cierto rejego, créanlo o no.

Aun más inexplicable es que en la región de Luzón las cosas parecen caminar como si nada sucediese (la menor de mis intenciones es hacer un comentario mezquino) y hago hincapié en que parece, pues el movimiento de personas es el mismo, tanto en la región de esta Universidad como en Metro Manila; sin embargo, se debe a que cada quien se ve forzado a continuar con sus trabajos –formales o informales−, actividades, estudio, cuido de familia, pues muchos viven literalmente el día a día, aunque ya en los tiempos libres de la población se notan sus esfuerzos desinteresados por ayudar a sus prójimos. A quienes llevamos este curso se nos ha dicho muy poco del acontecer, pero se nos ha invitado a pensar en estrategias diversas, y sin duda, hay mucho por hacer, pues a criterio personal, compartimos más de lo imaginable, y en tales situaciones, no debe quedar duda que cualquier ayuda se enmarcará en las estrategias ya en curso.

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