Memoria histórica: Entre el conmemorar, idolatrar e ignorar la trascendencia histórica: ¿cuál y por qué?

Hay una encrucijada entre la historiografía y el deber de reivindicar a las víctimas de acontecimientos históricos violentos

En la historia de la humanidad, las luchas de diversas agrupaciones políticas, por el dominio de la sociedad, han generado consecuencias deplorables sobre diversos sectores de la población (en razón de su etnia, raza, género o posiciones políticas) al ser víctimas de discriminación, violencia y muerte. Ejemplos de lo anterior son el régimen nacionalsocialista alemán, el comunismo soviético, la dictadura franquista en España y el régimen de segregación racial en Estados Unidos.

Cada uno de estos grupos han empleado diferentes aparatos ideológicos o mecanismos de reproducción social, los cuales posicionan, a través de símbolos, diversos esquemas ideológicos como los dominantes en una sociedad. Lo anterior se observa en los aparatos culturales y artísticos, como las esculturas o monumentos, que han sido utilizados con la finalidad de fortalecer un régimen político concreto.

En lo anterior, hay una encrucijada entre la historiografía y el deber de reivindicar a las víctimas de acontecimientos históricos violentos; las obligaciones estatales actuales respecto a esos eventos; el uso de acontecimientos históricos con fines políticos; así como las bases políticas e ideológicas de los procesos de constitución de los Estados-Nación. 

En esta discusión, se observa lo que se conoce como antinomia, entendida como la contradicción radical entre valores, que únicamente se zanja a partir de sacrificio de uno de los valores en juego. En ese orden, diversos Estados, en los que sucedieron acontecimientos históricos violentos, se enfrentan a la dicotomía entre: preservar las expresiones artísticas que dan cuenta de esos eventos, o eliminarlas por considerarlas ofensivas e irrespetuosas para la sociedad o para las víctimas del régimen político, social o económico que les discriminó o violentó.

En lo anterior, se confrontan dos posturas: quienes estiman que esas expresiones representan ideologías que no son acordes a los valores actuales de esa sociedad; o quienes consideran que cada obra artística supone una representación de un lapso histórico particular y, por eso, deben ser examinadas desde su significado en el período histórico concreto. 

No obstante, las expresiones artísticas también cuentan con efectos ideologizantes, como manifestación cultural de una sociedad. Al respecto, Pierre Bourdieu sostiene que los sistemas simbólicos configuran un sistema social al dotarlo de significado, y esto tiene funciones políticas, al ser mecanismos de dominación que permiten establecer órdenes sociales concretos. 

Asimismo, Louis Althusser afirma que las expresiones artísticas son parte de los “Aparatos Ideológicos del Estado”, mediante los cuales se impone de forma subliminal, esquemas ideológicos dominantes en una sociedad. Por ello, no es inocente ninguna escultura o monumento, puesto que, mediante la censura al arte o la promoción a expresiones artísticas, se impone una visión ideológica como dominante en la sociedad. 

Respecto a lo discutido, Elizabeth Jelin señala que “Esas memorias y esas interpretaciones son también elementos claves en los procesos de (re)construcción de identidades individuales y colectivas en sociedades que emergen de periodos de violencia y trauma”. Por lo que la permanencia o no de monumentos, en espacios públicos que refieren a eventos históricos violentos, enfrenta a la memoria histórica de estos regímenes, ante los derechos de los sectores afectados: el derecho a la verdad, el derecho a la memoria, el derecho a la justicia y derecho a la reparación a las víctimas de esos gobiernos y actores políticos violentos. 

Al respecto, Pablo Zamora destaca que cada expresión artística no puede ser desligada de su contexto histórico; y al mismo tiempo, no se perjudica ese contexto al señalar los actos ofensivos y discriminatorios que esas expresiones exaltan y representan. Lo anterior implica necesariamente, de acuerdo con Zamora, reconocer el contexto social y político en el que se crearon esas formas artísticas. 

Lo anterior forma parte de las críticas a la modernidad de Alain Touraine, respecto a la historicidad, la cual contempla el peligro de considerar los acontecimientos históricos desde una perspectiva relativista, que permite justificar cualquier acontecimiento, por el hecho de formar parte de los procesos históricos. Esto genera que las miradas a los eventos históricos sobreestimen lo “valioso” de ciertos actores políticos, y se simplifique la discusión únicamente a estos aspectos, eliminando de la memoria colectiva todos los eventos controversiales que fueron causados o legitimados por estos. 

Es necesario destacar que expresiones artísticas, como monumentos o esculturas, procuran dar cuenta de actores políticos, hechos históricos y valores sociales que se pretendían conmemorar respecto a ese periodo particular. Y partiendo de esa perspectiva, las decisiones respecto a las mismas deben tomarse a partir del respeto a los derechos de quienes sufrieron las consecuencias de esos eventos traumáticos, de esta manera, se debe: conservar críticamente como testimonios estéticos de los eventos; remover del espacio público al estimarlo como insultante; trasladar a espacios de memoria como museos; o eliminar, totalmente, a fin de cumplir deudas históricas con las poblaciones afectadas. 

De manera que el arte o patrimonio en espacios públicos puede trascender de glorificar a actores políticos cuestionables, a ser resignificado por quienes fueron afectados por los mismos; y con ello, transformar los espacios públicos desde una perspectiva crítica y de conciencia histórica, respetuosa de las vivencias y subjetividades de los diferentes grupos sociales afectados por tales acontecimientos. 

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