Opinión

Más allá de la COP25

La Cumbre del Clima organizada por Naciones Unidas, celebrada este año en Madrid y presidida por Chile, concluyó con dos días de retraso, tras arduas y ásperas negociaciones,

La Cumbre del Clima organizada por Naciones Unidas, celebrada este año en Madrid y presidida por Chile, concluyó con dos días de retraso, tras arduas y ásperas negociaciones, con un resultado, sin lugar a dudas, decepcionante. Quizás no se podía esperar más de esta COP25 si nos basamos en las expectativas formuladas previamente por muchos expertos y, sin duda alguna, si observamos con detalle el complicado contexto internacional actual. En cambio, sí resulta especialmente frustrante para una sociedad civil cada vez más concientizada y movilizada, que expresó enérgicamente sus demandas en la multitudinaria movilización popular que se congregó en las calles de Madrid.

De los dos ejes temáticos principales que han acaparado las discusiones políticas entre las delegaciones naciones, solo se ha logrado una tenue y agónica declaración final para que los países firmantes del Acuerdo de París se comprometan a presentar planes más duros de recorte de las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, en términos reales, en esta Cumbre solamente se consiguió el compromiso explícito de 84 países, entre los que no se encuentran EE.UU., China, India y Rusia (que juntos suman alrededor del 55% de las emisiones).

Donde no se ha logrado acuerdo alguno es en el otro gran objetivo que se planteó para esta Cumbre: el desarrollo del artículo 6 del Acuerdo de París, que se refiere a la regulación de los mercados sobre derechos de emisiones de dióxido de carbono (CO2). Un grupo de países, entre los que se encuentran China, Brasil, Australia e India, exigió en todo momento poder seguir comerciando con derechos adquiridos por medio del Mecanismo de Desarrollo Limpio establecido en el marco del Protocolo de Kioto (que finaliza el próximo año para dar paso al Acuerdo de París). Los mercados de emisiones, aunque tienen sus detractores, pueden ser una medida eficaz para que los estados y empresas internalicen los costos de emitir gases de efecto de invernadero, siempre que se incorporen los principios de San José, que fueron formulados precisamente en la capital costarricense en las sesiones previas a la COP25.

La pregunta clave de por qué no se han concretado en esta COP25 resultados más ambiciosos a tenor de la abrumadora evidencia empírica de los efectos del cambio climático no es tan fácil de responder. Muchos culpan del fracaso al efecto arrastre inducido tras la decisión de Donald Trump de abandonar el Acuerdo de París. Mónica Araya, fundadora de Costa Rica Limpia y asesora del Climate Vulnerability Forum, opina acertadamente que estas cumbres climáticas adolecen todavía de un protocolo diplomático propio del siglo XX, excesivamente rígido que impide incorporar nuevas realidades y nuevos actores surgidos en el siglo XXI. No hay que olvidar que las decisiones en las COP se toman por unanimidad bajo el marco de la multilateralidad y, hasta ahora, una obstinada procrastinación ha caracterizado el devenir histórico de estas citas desde el comienzo.

Es indudable que el proceso de toma de decisiones requiere de reformas urgentes dentro del marco multilateral para afrontar el reto climático. Sin embargo, cualquier reforma en este sentido será infructuosa si persisten mentalidades negacionistas, proteccionistas y cortoplacistas. La implementación del Acuerdo de París, que se hará realidad el próximo año, va a requerir del diseño de una nueva arquitectura institucional ad hoc a nivel global con un alcance incluso mayor al que surgió, en otro orden de cosas, después de la Segunda Guerra Mundial.

De momento, con el mandato científico en la mano y una declaración de emergencia climática, existen un conjunto de acciones que no deberían postergarse por más tiempo: el final de los subsidios a las empresas de combustibles fósiles por parte de los Gobiernos, una moratoria a la búsqueda de nuevas reservas, y un plan internacional integral y gradual de reducción de la extracción de las reservas ya conocidas y probadas.

De una forma o de otra, más pronto que tarde, la crisis climática forzará una necesaria transformación radical del modo de producción basado en la explotación y el consumo excesivo, que creará profundos cambios sociales, políticos y culturales. Como afirma el historiador Philipp Blom, la crisis climática actual demuestra de forma inequívoca que los seres humanos y sus sociedades no están al margen ni por encima de la naturaleza, sino que están dentro y dependen de ella.

 

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