Opinión

Los Juan Santamaría modernos

A propósito de la conmemoración de la Batalla de Rivas de 1856, que se celebra cada 11 de abril (aunque pasen el feriado al lunes 10), y que de cuyo seno surgió aquel “héroe popular” y “representante del pueblo” Juan Santamaría, me viene a la memoria aquel cuadro que hoy ocupa un lugar preponderante en el Museo Histórico Cultural Juan Santamaria: “La quema del Mesón” (1896), del artista Enrique Echandi.

Hoy el cuadro citado es considerado una de las obras de arte más importantes que posee el Museo, pero en su época fue vilipendiado y descalificado.

“(…) merecedora de las llamas, reprochable desde el punto de vista artístico… Una caricatura que se burla sacrílegamente del héroe y pone en triste ridículo al país entero”, decía alguna nota por allí. Pero lo que más llama la atención es la razón de esos comentarios inquisitoriales: el cuadro exhibía a un héroe con una figura campesina, mulata y pobre, que contrastaba con la imagen que la clase política de entonces pretendía que existiese de un soldado blanco europeizado.

Cómo entristece que a Juan Santamaría lo hayan utilizado como una excusa para justificar el proyecto político-ideológico de entonces, cosa que es fácilmente identificable, pues no fue sino hasta la década de 1880 que se empezó a reconocer al soldado como héroe, y su estatua que hoy está en Alajuela no fue inaugurada sino hasta 1891, más de 30 años después.

No está mal ensalzar la figura del soldado Juan Santamaría, no está mal que se conmemore la gesta de la Batalla de Rivas que fue ciertamente un acto heroico de muchos. Tampoco está mal que exista una figura que se convierta en símbolo nacional que ayude en la formación de una identidad nacional. Lo que es incorrecto es que esa figura sea usada menospreciando su verdadera naturaleza, por una ficticia. Este país necesita menos idearios políticos y más héroes reales, que somos quienes todos los días salimos a construir una mejor Costa Rica.

Los Juan Santamaría modernos son aquellos que eligen un trabajo humilde, pero honesto, antes que el dinero fácil que nos ofrece el narcotráfico, aquellos que no se doblegan ante la corrupción: las cochinillas, los diamantes, los cementazos, las trochas, los “ICE-Alacateles” y demás “creatividades” criollas.

Los Juan Santamaría modernos son personas que botan la basura en su lugar y no en los ríos, aquellos que reciclan, que recogen los desechos de sus perros, que en las fiestas ponen la música a un volumen aceptable, que al volante practican la paciencia y la cortesía (en vez de la pitadera y las malas señas), que se organizan contra la delincuencia en sus barrios, que defienden causas justas sin esperar a cambio, que educan a sus hijos para que sean personas de bien en la sociedad.

Funcionarios públicos y privados probos, que honran sus deudas y compromisos y se conducen con integridad. Aquellos que pagan los impuestos que hay que pagar —para que a todos nos vaya bien—, aquellos que administran esos impuestos con lógica humana y responsabilidad —para que a todos nos vaya bien—, sabiendo que se deben a la ciudadanía y no son “favores” lo que hacen cuando un usuario requiere su concurso en algún trámite. Quienes hacen esto son verdaderos héroes.

Necesitamos más personas como Juan Santamaría, valientes soldados a luchar contra los flagelos del siglo XXI, aunque, de antemano, habrá que pedir disculpas por la descalificación que podrían hacerles alguna enceguecida clase política tradicional del país. Espero que la historia les reivindique y les coloque en un lugar de preeminencia en un día no tan lejano, como por bien le sucedió al cuadro de don Enrique.

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