Los apresuramientos por incertidumbre

La incertidumbre se ha apoderado de la percepción de nuestros tiempos, producto de una sensación de menoscabo fomentada no solo por la información, sino también por nuestras vivencias.

La incertidumbre se ha apoderado de la percepción de nuestros tiempos, producto de una sensación de menoscabo fomentada no solo por la información, sino también por nuestras vivencias.

Eso da como efecto actos de insensatez e intolerancia que rodean nuestra cotidianidad con hechos bochornosos e injustificables.

Desventurada entonces, nuestra conciencia ve a su mundo con una realidad agotada. Deambula por una realidad que desprecia.

Sus sueños se fragmentan en ilusiones dispersas.

Finalmente, se desvincula de la responsabilidad con su mundo, y este por su abandono es condenado al deterioro.

Hemos renunciado a la conducta sensata envilecidos por la perversión de una realidad que nos parece agotada e incierta, creyendo, pobres tontos, que esta es la única posible.

Como cualquier otro costarricense veo apesadumbrado lo que acontece en nuestra sociedad y nuestra patria. Vociferaciones de dementes llaman a la violencia absurda, al castigo, e inclusive al desprecio de aquello que nos ha hecho estar orgullosos de nosotros mismos.

Lejos de comprometernos con la vida, la pasión en nuestros actos no lleva una suerte de muerte cultural.

Con ello el costarricense sobrevive hoy, en la incertidumbre de su inmediato presente, negándose a sí mismo la riqueza de sus eventualidades, el bien común ha perdido jerarquía.

Un mundo mejor, una sociedad deseable, que aún está entre nuestras oportunidades, aparece a nuestro espíritu como una quimera.

Envenenados por lo que percibimos como vil decadencia, el espíritu educado de algunos cuantos renuncia al alcance de su voluntad, agotando toda esperanza entre tanatologías que invierten la correcta relación entre en buen convivir y la violencia.

Esto provoca que nuestra existencia nos desgaste entre objetividades agobiantes, actos de intolerancia e impertinencia que nos hunden en la angustia de acontecimientos que desilusionan.

Nada tan lejano a la vida como lo es ese momento cuando las únicas experiencias posibles son expresiones de frustración e insensatez.

Por ello no se puede aceptar que desprecios, anarquías, convocatorias al caos y a la agresión absurda, contra el orden constituido y las buenas costumbres del costarricense, nos golpeen el rostro cada vez que leemos el periódico.

La muerte es la única expectativa a la que se puede aferrar aquel cuya existencia se ha vaciado de vida. La soledad le asalta el alma, la anarquía se transforma en la única actitud urgida de ser abrasada.

Para muchos el respirar el aliento de los demonios del irrespeto y la vulgaridad les despierta en el alma un extraño placer. Como narrativa inhibidora de la vida, se extiende entonces una sensibilidad que niega la normatividad vigente. Esto es justamente lo que está sucediendo en el momento actual.

En Costa Rica no hay ya doble moral, sino anomia. La solidez de nuestro mundo descansa en la normatividad que la rige.

Es ella la condición objetiva de su solidez y seguridad, certezas que requerimos para vivir, su eticidad misma.

El menoscabo de ello es lo que se visualiza en quien no comprende el heroísmo cívico, pero más aún en quien tampoco le importa, ya que ha cambiado el protagonismo social por la figuración en el Facebook, pues en la mirada que despierte en los demás tasa el valor que posee para sí mismo.

Por ello no podemos solo observar lo que acontece como un espectáculo mediático de acontecimientos, desviando la mirada, y escondiéndonos tras el decir que “mientras no me afecte, no me importa”.

Por ello nos es inapropiado actuar sin pensar en las consecuencias, y sin entender prioridades, como si los actos irreflexivos e impertinentes aportan sentido.

Los apresuramientos por incertidumbre nos obligan a preservar la cordura antes de hundirnos en el sinsentido de sacrificar lo valioso que aún conservamos por el efecto de las lesiones que nos provocamos.

Lo que no es oportuno es resignificar nuestra sociedad y nuestra democracia.

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