Las universidades públicas somos comunidad con el país

Una de las primeras cosas que nos preguntamos muchas personas en el país cuando logramos dimensionar las consecuencias del COVID-19 es “¿qué puedo hacer?

Una de las primeras cosas que nos preguntamos muchas personas en el país cuando logramos dimensionar las consecuencias del COVID-19 es “¿qué puedo hacer?”, “¿en qué puedo ayudar?”. En el caso de quienes trabajamos en las universidades públicas, “¿cómo puedo aportar frente a la crisis desde la formación técnica y humanística que recibí?”. A veces, dependiendo del área de conocimiento o la profesión, la respuesta puede parecer fácil, ya que si hablamos de una pandemia, sin lugar a dudas todas las personas profesionales en el área de salud resultan imprescindibles con su trabajo. Algo similar ocurre con las áreas tecnológicas o de las ciencias básicas.

Sin embargo, para otras áreas como las letras, las artes o las ciencias sociales, a veces parece más difícil realizar un aporte, cuando en realidad un problema de salud no se reduce únicamente a la parte microbiológica, sino que es resultado de varias dimensiones tanto biológicas como culturales, tal y como lo demostró la escritora y filósofa Susan Sontag con su estudio sobre el SIDA y sus metáforas.

Es así como encontramos aportes desde la Sociología Médica, la Psicología o la Antropología, para citar solo algunas, que ayudan a entender y crear estrategias sobre la organización institucional alrededor de la atención directa de la pandemia, pero también acerca de las diferentes maneras en que la gente reacciona a la crisis; por ejemplo, reflexionar sobre por qué  salen a congregarse en multitudes, pese a los llamados del Gobierno por mantener el distanciamiento físico, tal como pasó después de Semana Santa; también se debe pensar en maneras de comunicar la petición de quedarse en la casa tomando en consideración el mundo subjetivo de la personas, además del contexto social en el que están, pues el confinamiento puede producir situaciones de violencia –sobre todo en contra de mujeres– ansiedad, tristeza, entre otras.

También sabemos que la crisis no acabará al mismo tiempo que la pandemia o cuando se eliminen las restricciones de distanciamiento social. Por eso, nuestro trabajo como universidad  pública no se termina tampoco, pues deberemos aportar al enorme reto de reconstruirnos en lo social, cultural y en lo económico. Esto no puede hacerse sin consolidar la comunidad existente entre las universidades públicas y los otros sectores de la sociedad. Por ejemplo, junto al sector público, al privado y a la sociedad civil, podemos promover la reactivación económica, mediante la elaboración de propuestas que busquen reducir la injusticia social, con nuevas e innovadoras formas para los negocios, que promuevan el desarrollo de las PYMES y favorezcan a los sectores más vulnerabilizados y empobrecidos de la sociedad costarricense.

En momentos como estos, nuestro espíritu de cooperación ha de elevarse partiendo que tenemos un deber de hacer lo necesario y lo suficiente para vivir esta pandemia de la manera más humana posible, de forma que impidamos que pierdan más quienes ya de por sí no ganan mucho.

Prevaleceremos ante la pandemia mirándonos a la cara, haciendo a un lado nuestras diferencias y continuando con la pregunta “¿qué más podemos hacer?”, pero sobretodo teniendo claro que saldremos adelante como una comunidad que sabe cuidar y respetar a quienes la habitan.

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Unas de las primeras cosas que nos preguntamos muchas personas en el país cuando logramos dimensionar las consecuencias del COVID-19 es: ¿qué puedo hacer?, ¿en qué puedo ayudar?

Unas de las primeras cosas que nos preguntamos muchas personas en el país cuando logramos dimensionar las consecuencias del COVID-19 es: ¿qué puedo hacer?, ¿en qué puedo ayudar? En el caso de quienes trabajamos en las universidades públicas, ¿cómo puedo aportar frente a la crisis desde la formación técnica y humanística que recibí? A veces, dependiendo del área de conocimiento o la profesión, la respuesta puede parecer fácil, ya que si hablamos de una pandemia, sin lugar a dudas todas las personas profesionales en el área de salud resultan imprescindibles con su trabajo. Algo similar ocurre con las áreas tecnológicas o de las ciencias básicas.

Sin embargo, para otras áreas como las letras, las artes o las ciencias sociales, a veces parece más difícil realizar un aporte, cuando en realidad un problema de salud no se reduce únicamente a la parte microbiológica, sino que es resultado de varias dimensiones tanto biológicas como culturales, tal y como lo demostró la escritora y filósofa Susan Sontag con su estudio sobre el SIDA y sus metáforas.

Es así como encontramos aportes desde la sociología médica, la psicología o la antropología, para citar solo algunas, que ayudan a entender y crear estrategias sobre la organización institucional alrededor de la atención directa de la pandemia, pero también acerca de las diferentes maneras en que la gente reacciona a la crisis. Por ejemplo, reflexionar sobre por qué  salen a congregarse en multitudes, pese a los llamados del Gobierno por mantener el distanciamiento físico, tal como pasó después de Semana Santa. También se debe pensar en maneras de comunicar la petición de quedarse en la casa tomando en consideración el mundo subjetivo de la personas, además del contexto social en el que están, pues el confinamiento puede producir situaciones de violencia —sobre todo en contra de mujeres— ansiedad y tristeza, entre otras.

También sabemos que la crisis no acabará al mismo tiempo que la pandemia o cuando se eliminen las restricciones de distanciamiento social. Por eso, nuestro trabajo como universidad  pública no se termina tampoco, pues deberemos aportar al enorme reto de reconstruirnos en lo social, cultural y en lo económico. Esto no puede hacerse sin consolidar la comunidad existente entre las universidades públicas y los otros sectores de la sociedad. Por ejemplo, junto al sector público, al privado y a la sociedad civil, podemos promover la reactivación económica, mediante la elaboración de propuestas que busquen reducir la injusticia social, con nuevas e innovadoras formas para los negocios que promuevan el desarrollo de las Pymes y favorezcan a los sectores más vulnerabilizados y empobrecidos de la sociedad costarricense.

En momentos como estos, nuestro espíritu de cooperación debe elevarse partiendo de que tenemos un deber de hacer lo necesario y lo suficiente para vivir esta pandemia de la manera más humana posible, de forma que impidamos que pierdan más quienes ya de por sí no ganan mucho.

Prevaleceremos ante la pandemia mirándonos a la cara, haciendo a un lado nuestras diferencias y continuando con la pregunta: ¿qué más podemos hacer?, pero sobretodo teniendo claro que saldremos adelante como una comunidad que sabe cuidar y respetar a quienes la habitan.

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