Las pasiones clandestinas, las mentiras y el entretenimiento nocturno

Después de esa noche dejé de pensar que las mejores series o películas las tiene Netflix.

Después de esa noche dejé de pensar que las mejores series o películas las tiene Netflix.

Todo empezó cerca de las 6 p.m. Para un amante de los deportes y la política como yo, aquella velada se convirtió en una noche que parecía interminable pegado a la pantalla. Ese resplandeciente rectángulo encerró esa noche las historias de pasiones clandestinas, mentiras y no piadosas y sonrisas victoriosas como ojos que denotaban derrota y preocupación.

Primero me enganché con la Serie Mundial de beisbol. Los clásicos Dodgers de Los Angeles enfrentaban a los Astros de Houston. Emocionante pero pausado, este partido me movió a otro canal.

El exembajador costarricense en Panamá brindaba declaraciones ante la Comisión Investigadora del asunto del cementazo. Lo dejé varios minutos y me dije, sí, este caso es algo de importancia para nuestra vida sociopolítica. Lo dejé un rato, pero después de las 8 inició el partido de Liga Deportiva Alajuelense.

Y, bueno, por mi trabajo me vi obligado a ver a la Liga que recibía a Guadalupe. Lo observaría por ratos porque daba por descontada la victoria rojinegra. Pues, al mismo tiempo empezó el “zapping”. Ya hasta había olvidado aquello del cementazo. Interrogatorio interesante pero sin preguntas certeras, a veces más parecidos a comentarios. En fin. Cada cierto rato lo chequeaba a ver si me topaba algún espectáculo de esos que de cuando en vez nos ofrecen algunos diputados nuestros. Se me puso difícil la pasadera de canales. Estaba a punto de colapsar, el control ya olía a humo, entre la Liga, los Dodgers y el cementazo aquella noche se estaba volviendo cansada. Como si alguien me obligara, pensé, porque no ordenaron esto por días, así uno no tendría que estar en esto de estar pasando canales.

Ya estaba harto cuando llegó, por fin llegó alguien que mató mi “zapping” y me permitió descansar mis dedos. Me llenó de paz y con su relato me entretuvo a más no poder. Desde que el magistrado apareció, mandé a la Liga y a los Dodgers al carajo.

Con su relato enredado, nervioso y no mejor articulado que los que me cuenta mi hija de ocho  años el personaje en cuestión me capturó. Hasta perdí de vista entre las sábanas el control del TV. Su expresividad y sus palabras parecían las de un actor de reparto de novela barata pero interesante. El viaje a Panamá, sus pasiones clandestinas, las mesas de tragos, las reuniones, las compras tercerizadas de boletos de avión. Demasiados matices para ser disparados en un par de horas. Esa comparecencia merecía más capítulos y ojalá que se permitiera musicalizar ese testimonio, digo, para meterle más sentimiento. Me imaginé a más de uno llorando en su casa, porque aquel quería inspirar lástima a ratos, o a alguien muy bravo porque nos querían tomar el pelo o algunos hombres algo nerviosos porque aquel reveló planes de infidelidades que ya nadie más se atrevería a llevar a cabo.

La cosa estuvo tan buena que ya el reloj se acercaba a las 10:30 p.m. y yo que me levanto a las 4 de la madrugada estaba muy lejos de los sueños que usualmente a esa hora ya tengo.

Hasta que por fin, la comparecencia terminó. Y ahí volví a caer en la cuenta de que aquello era algo serio, muy serio. Aunque quien brindó testimonio aquella noche nos hizo, reír, llorar o enojar por el sinsentido de sus palabras, aquello era algo muy serio. El sueño llegó junto a la preocupación y decepción de ver cómo algunos personajes de la política nuestra no se toman en serio sus puestos y lo que ellos representan. Y por cierto, para mi sorpresa y por redes sociales antes de caer en los brazos de Morfeo me di cuenta que la Liga había perdido y los Dodgers celebraban el triunfo. Esa noche el técnico manudo Wilmer López fue más honesto en la conferencia de prensa que aquel personaje que había visto minutos antes. A veces, solo queda admitir las culpas y las derrotas porque la mentira no es sostenible.

 


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