Las minorías: las primeras víctimas de la discriminación

Ningún país que se llame democrático y que haya discriminado a sus ciudadanos ha terminado bien.

Ningún país que se llame democrático y que haya discriminado a sus ciudadanos ha terminado bien. La historia nos da innumerables ejemplos de cómo las democracias, antes de virar el timón y quitarse la máscara que ocultaba su finalidad autoritaria totalitaria, recrean un enemigo común; un mal que daña y agravia la sociedad, una entidad que corrompe los cimientos de la familia y desvirtúa la razón de ser de un Estado Nación. El ejemplo que mejor conozco es el de los nazis; son conocidas hasta la saciedad las historias de las atrocidades ocurridas en los campos de exterminio contra los judíos, seis millones fueron asesinados entre 1933 y 1945 de formas que no podríamos imaginar. Pero para los nazis no solo los judíos conformaban un grupo peligroso que había que aislar de todos los aspectos de la vida cotidiana.

Una vez en el poder, sus primeras víctimas fueron los enfermos mentales o, según la terminología nazi, “bocas superfluas” a quienes había que proporcionarles una muerte digna. Según las estimaciones del historiador alemán Götz Ali, más de 200 mil personas fueron asesinadas en el programa de higiene racial del Reich. En realidad la finalidad de los nazis era acabar con aquello racialmente inferior y con los gastos que su manutención implicaba. A este grupo les precedieron los comunistas, considerados enemigos acérrimos del Estado, encerrados en campos de concentración posterior a la quema de Reichstag en 1933, para “regenerar” su desviación y reinsertarlos una vez más en la sociedad.

En campos como el de Dachau confinaron a los vagabundos y desocupados. Estos corrieron la misma suerte que los comunistas. Mientras que en Sachsenhausen los Testigos de Jehová se encontraron en una situación especialmente vulnerable al ser considerados fanáticos religiosos; se negaban a realizar el saludo fascista y jurarle lealtad al Führer “porque agraviaba su lealtad a Jehová”; muchos murieron ejecutados y otros más sufrieron humillaciones sin parangón. Otro grupo confinado en los campos, y del que extrañamente se habla poco o nada, es el de los homosexuales; hoy, en la coyuntura en la que nos situamos nos vendría bien conocer hasta donde fueron capaces los nazis de llegar con la persecución de esta minoría.

Durante un discurso emitido en la cuidad bávara de Tölz, el 18 de febrero de 1937, Heinrich Himmler, líder de las SS y hombre de confianza de Hitler, afirmó que un homosexual es un “cobarde y mentiroso” y que asesinarlo constituía la “terminación de una vida anormal”, dijo, además, que “había que acabar con ella, igual que uno arranca las ortigas: las echa en una pila y les prende fuego”, porque desde su visión del mundo “esa persona sobraba”. Los homosexuales, al igual que las demás minorías que fueron perseguidas, sufrieron todo tipo de vejaciones: fueron confinados en campos, se les diferenció del resto de la población y, además, se les prohibió el ejercicio de cualquier tipo de profesión pública o privada.

El sistema nazi basaba su ideología en la superioridad de sus acólitos en detrimento de los demás grupos que convivían en la Alemania de principios de siglo. El combustible que alimentaba esta creencia descansaba en la necesidad de homogeneizar al volkisch (pueblo) bajo un mismo sistema de creencias, orientación y comportamiento. Lo que se saliera de la norma simplemente era exterminado. Fue ahí donde lo planteado en Mein Kampf se volvió factible: había que limpiar la sangre alemana, purificar la raza.

Lejos está nuestro país de este tipo de prácticas, aunque también de lejos les guiñamos el ojo, como seduciendo la posibilidad de invisibilizar y ningunear al colectivo LGTBI. Son en extremo preocupantes las declaraciones recientes de representantes del equipo de trabajo de Fabricio Alvarado, quienes hacen claras diferenciaciones entre los heterosexuales y homosexuales cuando de idoneidad en la función pública se trata. Con esto no estoy llamando “nazis” a los miembros del partido Restauración Nacional (nada más lejos de eso), porque equipararlos banalizaría lo hecho por estos asesinos, pero recuerdo con tristeza cuando los que disentimos con su proyecto político fuimos acusados de nazifascistas.

En tiempos tan convulsos como estos vale la pena recordar las palabras de Fanny Ainzenberg, miembro de la resistencia Belga y recluida en el campo de Auschwitz-Birkenau: “Cuando veas una injusticia, cuando veas que a gente infligiendo dolor a otras personas, tienes que decir algo, una persona puede hacer una gran diferencia”. En épocas de oscuridad e injusticia no debemos callar; por el contrario, la bandera de la igualdad y los Derechos Humanos debemos alzarla, agitarla con fuerza con nuestra voz, para que sea vista desde la oscuridad, porque tarde o temprano la indiferencia nos termina alcanzando.

 

 


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