Las fronteras son imaginarias

Recién cumplo cuatro meses de vivir en San José, Costa Rica, llegué aquí con la finalidad de realizar una estancia académica, decidida a prácticamente encerrarme para leer y escribir además de asistir a un_seminario_en_la_Escuela de Filosofía de la UCR.

Recién cumplo cuatro meses de vivir en San José, Costa Rica, llegué aquí con la finalidad de realizar una estancia académica, decidida a prácticamente encerrarme para leer y escribir además de asistir a un seminario en la Escuela de Filosofía de la UCR. Aunque desde el principio, desde el primer día en esta ciudad, abandoné esa decisión; si bien todas las semanas he dedicado al menos cuarenta horas al estudio, me he organizado también para deambular en las calles, para caminar y observar, entrar a museos y cines, restaurantes y bares, saborear el alimento tangible e intangible de los ticos, su cotidianidad, conversar con ellos, escuchar para percibir este país misterioso y mágico para mí. Misterioso y mágico porque admito que como mexicana escucho y conozco más del país vecino al Norte, que de las naciones al Sur; así, en el tiempo que he vivido aquí ha sido inevitable comparar y más aún sustraerme a la reflexión sobre los resultados de tales comparaciones, que es precisamente lo que comparto aquí.

Como en toda comparación podría enlistar diferencias y coincidencias, entre las primeras la mayoría coincidirá conmigo en la gastronomía, porque aun cuando ambos pertenecemos, Costa Rica y México, al grupo de los pueblos del maíz, sin duda la comida mexicana es preferida por su variedad y llama la atención por la casi omnipresencia del chile; entre las diferencias podría mencionar que, no obstante los comentarios que me han hecho los costarricenses sobre el aumento de la violencia y el crimen durante los últimos años en San José, se siente, se vive aquí un ambiente más tranquilo y seguro que en las ciudades de México.

A su vez, en la columna de las coincidencias puedo agregar tanto hechos gratos, como la pasión compartida por el fútbol, el trabajo realizado por el cine universitario y salas independientes, como hechos ingratos, por ejemplo la crisis económica, la violencia de género, el fenómeno de la migración, la invasión de empresas transnacionales, etcétera. Igualmente me es posible sumar a esta comparación descubrimientos que para mí fueron gratos: la mexicana Frida Kahlo fue asistida y acompañada por una enfermera costarricense, Judith Ferrato; en la revolución mexicana participó destacadamente el ingeniero agrónomo y tico, Gonzalo Robles; el logo-símbolo que representa al IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social) no en vano es evidentemente hermano del logo oficial de la CCSS (Caja Costarricense del Seguro Social), ambos fueron diseñados por el mexicano Federico Cantú; José León Sánchez, ilustre literato tico, acaba de ser galardonado en México con el Premio Mandela 2018; el actual presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, cuya sede se encuentra en San José, es el mexicano Eduardo Ferrer; Chavela Vargas es tan tica como mexicana, y cuando mexicanos y ticos compartimos una “Imperial” o una “Corona”, un trago de tequila o de guaro, somos más que amigos, somos hermanos…

Sí, sin duda la lista sería extensa si el propósito fuera señalar diferencias y coincidencias, pero en este momento mi intención consiste en subrayar que las fronteras son ficción, un imaginario arbitrario que a fuerza de repetición nos creemos, asumimos y vivimos como naturales. En la aproximación Costa Rica-México hay más convergencia que diferencia, diversidad en matices; la idea de frontera como división y oposición es colonial, forma parte de la ideología del poder hegemónico al Norte de nuestro continente, de nuestro planeta. Ahora comprendo con exactitud la célebre frase autoría de Nemesio García Naranjo, sin embargo, atribuida a Porfirio Díaz: “Pobre México tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos.” Definitivamente fue un gran acierto realizar mi estancia académica en Centroamérica, en Costa Rica, en San José y no en Europa como acostumbran los estudiantes de filosofía en mi país. Probablemente el más valioso aprendizaje durante mi estancia es que necesitamos dirigir la mirada, la atención más al Sur y menos al Norte, conocernos y re-conocernos, identificarnos como pueblos hermanos latinoamericanos, porque en realidad las fronteras son imaginarias.

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