La universidad internacionalizada

Hubo un tiempo en que los vocablos “internacional” o “cosmopolitismo” se asociaban con un futuro de ciudadanía mundial

Hubo un tiempo en que los vocablos “internacional” o “cosmopolitismo” se asociaban con un futuro de ciudadanía mundial; paz global y proyectos de igualdad social por el solo hecho de ser humanos. Muchos académicos siguen entendiendo así la internacionalización: como una oportunidad para intercambiar sin asimetrías, conocimientos y tecnologías con colegas de otras latitudes y aprovechar ese intercambio para trasladarlo a la realidad del país.

Pero hay otro uso de la “internacionalización” en manos de los intereses corporativos. Fracasados el cosmopolitismo liberal; la globalización neoliberal y la posmodernidad como “lógica cultural del capitalismo tardío”; la nueva “internacionalización” es la expresión de un poder posnacional, poscultural y posverdadero. Estos intereses pretenden instalarse como un nuevo “sentido común” aunque muy alejado del “sentido de lo común” que es el que debería prevalecer en una universidad pública y humanista.

La internacionalización corporativa es una política impulsada por un grupo de países ricos (los de la OCDE) devenidos en especialistas en pedagogía conocedores de lo que América Latina necesita mejor que los latinoamericanos mismos. Se trata de malos aristotélicos que suponen que el orden social reproduce las jerarquías del orden natural (neoliberal).

En los espacios académicos, la internacionalización se presenta como un conjunto de requisitos que, de no cumplirse, hacen descender a las universidades y sus publicaciones de un supuesto ranking de calidad. Contrariando a Spinoza, ellos sí saben lo que puede un cuerpo y lo que necesita cada conciencia.  Para ello elaboran epistemologías y reglamentos que ahogan toda creatividad y toda audacia hermenéutica.

Con tres efectos devastadores:

  1. Crea una aristocracia académica que se autopostula como “mejor” en virtud de su participación en redes deslocalizadas y en publicaciones que cumplen con el protocolo anglosajón. Se han desentendido de las necesidades de la sociedad de la que reciben su sustento.
  2. Este programa es adultocéntrico toda vez que asfixia a los jóvenes con obligaciones y requisitos que funcionan como votos de obediencia.
  3. Esta “internacionalización”, internacionaliza los particulares requisitos y modos de hacer universidad anglosajones y los llama “calidad” o “excelencia” académica. Esta novedad anacrónica es lo que antes llamábamos colonialismo.

El neoliberalismo en educación se expresa en la pretendida construcción de un orden meritocrático basado en el uso y abuso del vocablo “excelencia”. La “excelencia” corporativa hace del promedio ponderado del estudiante la medida de todas las cosas. El promedio ponderado como medida del mérito, naturaliza la desigualdad y es usado como revancha clasista porque el neoliberalismo académico cree en la desigualdad. Y así como en las empresas y en el sector público quieren reducir los salarios, en la universidad hacen todo lo posible para reducir el número de estudiantes porque muchos estudiantes hacen “bajar el nivel”.

Y así se construye al “vagabundo” o al “desertor” que pasa a ser culpable de su fracaso. Los neoliberales hablan de “diferencia” pero la reprueban y excluyen. Los no-excelentes no son consultados en las autoevaluaciones ni en los procesos de acreditación. No concluyeron sus estudios y por eso, no aprendieron nada. Esto es falso pero su verdad es la discriminación.

Y lo que los neoliberales le hacen a los estudiantes no es una promesa sino la típica extorsión individualista: debes esforzarte solo, comer mal, dormir poco, automedicarte para no explotar, renunciar a tu dignidad para defender tu capital interior y para lograr algo que, si bien te hará neurótico, no te hará un perdedor.

Su modelo es la investigación lineal y cientificista tal como se expresa en el Reglamento vigente de la UCR. En este reglamento el “internacionalismo” y la “excelencia” producen una migración automática al mercado sin mediación política como si no existieran las mediaciones socio-culturales. Así, los nuevos “excelentes” atacan como partido político y se defienden con la administración académica porque se trata de una élite que no quiere inscribir su trabajo en una política nacional. Y por eso, estos “investigadores” ven a la univeridad como el agente que paga sus salarios y no como la institución que debería liderar el desarrollo tecno-científico y cultural del país.

Además, nos explican como otras universidades ya han entrado en este proceso. Por el modo de decirlo parecería que la “internacionalización” es un inevitable fenómeno meteorológico.

Esta “ideología de universidad” produce unos gendarmes de la excelencia y la calidad educativa con herramientas construidas en otra parte. Son sumisos a priori. Pretenden comparar objetos incomparables pues la buena universidad es resultado de la idiosincrasia; las circunstancias políticas, sociales y culturales; la lingüisticidad; los ritmos de desarrollo; en síntesis, de la historia.

En fin, estas cosas ya han pasado en América Latina. Si las recuerdo es porque las novedades anacrónicas son demasiado viejas para tener buena memoria.


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