La solidaridad como trinchera

“Así huele Guatemala, a césped recién cortado”, son las palabras de una niña pequeña, mientras camina en las calles de Desamparados.

“Así huele Guatemala, a césped recién cortado”, son las palabras de una niña pequeña, mientras camina en las calles de Desamparados. Tal olor es el mismo aquí,  Guatemala, Nicaragua o El Salvador: pero hay motivos por los cuales las personas no pueden disfrutarlo en su tierra.

Hablar de personas migrantes no es hablar de personas que buscan vidas fáciles, aumento de la pobreza o delincuencia. Partir de ello para explicar la migración es desdibujar a través de la ignorancia la complejidad social. Las personas siempre han migrado, pero los motivos por los cuales hoy personas de 7 y 80 años deben dejarlo todo atrás son resultado de décadas de intervencionismo imperialista en la región Latinoamericana. La violencia estructural derivada coloca a la región en constante crisis.

Así se escribe la historia de tres adultos mayores entrevistados la noche del 22 de agosto del 2018, quienes compartieron sus vivencias con estudiantes universitarias.

Los conocimos en albergues, lugares ahogados por decenas de personas también migrantes; esos cuerpos cansados eran el reflejo de los procesos provocados por la necropolítica. Con cansancio en el aire, nos miraban pasar en medio de esa que era su trinchera; su barricada ante las calles de San José, donde recorre el murmullo de la xenofobia.

Sus palabras conforman este escrito: “yo no quiero estar aquí, yo quiero regresar a mi país”. Esto no significa desprecio a Costa Rica, sin embargo, cuando no se posee deseo alguno de abandonar todo, no hay  mano amiga que valga. Pantalones, nylon y una cuchara era todo lo que uno de ellos pudo traer consigo: ninguno de ellos hubiese estado sentado junto a nosotras de no ser por el conflicto en Nicaragua. Las personas no deciden arbitrariamente abandonar lo que han construido durante años de trabajo y esfuerzo.

Asimismo, externan que desean trabajar. Describen que no desean ser “parásitos”; sin embargo, tal deseo no tiene lugar. En un país donde no se ofrecen trabajos dignos a quienes son considerados ciudadanxs ¿qué haría creer que se ofrece trabajo digno para aquellas personas consideradas intrusas? Ahí se asienta la explotación y precarización, cuestión que ellos indican soportar con tal de tener dinero. Ahí se deshumaniza a las personas migrantes, asumiendo que deben ser sumisas a la pena y ejercer trabajos terribles con tal de sobrevivir.

La ausencia a nivel humanitario del Estado es palpable en todo sentido. La asistencia cotidiana que requiere esta población remite a una cuestión de derechos humanos fundamentales, de la cual el país no puede hacer caso omiso. Cuando estos se efectúan por medio de labores filantrópicas de iglesias u ONG, queda invisibilizado que son derechos: no ayudas, beneficios o bendiciones.

Respecto a los motivos concretos por los cuales ellos debieron huir, se destaca la persecución política.

Es mejor aguantar y estar vivo, indica uno de ellos. Mientras un hombre de 64 años decide resistir antes de morir, una parte del pueblo costarricense grita que no les quiere aquí; días después la policía insiste en requisar a estos adultos mayores, ya que aparentemente puede más la consigna de odio. Uno de ellos llora al describir lo humillado que se sintió después de la manifestación xenofóbica del 18 de agosto en el Parque la Merced.

¿Por qué satisfacerse de un mundo que prefiere los actos de odio, antes que hacer su mesa más grande y extender manos amigas?

Ante las lágrimas, las demás personas habitantes del albergue guardan silencio y asienten, consintiendo el dolor y tristeza de los protagonistas de este relato.

Resistir ante la necesidad del sistema de naturalizar la desigualdad y violencia es un primer acto vital para con aquellas personas que, en realidad, son nuestras hermanas. Los gritos cargados de desprecio siempre deben ser opacados por aquellas personas que creen en una tierra libre donde, efectivamente, la frontera es solo el aire”.


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