De la papa y la palma: poderes, disciplinas, controles y ganancias

Extrañas son las ocasiones en que se cuestiona la procedencia de algún alimento, acerca del método de producción, acerca de la política de fabricación

Extrañas son las ocasiones en que se cuestiona la procedencia de algún alimento, acerca del método de producción, acerca de la política de fabricación, acerca de las agencias implicadas previo a su venta o acerca de cualquier horizonte que trascienda el acto mismo de comer. Porque consumir comida es una práctica como de política y de inmediatez: irreflexiva más que en las apreciaciones de degustación y de saciedad inmediatas; política en la ignorancia o adrede indiferencia del factor humano y tecnológico partícipe durante la producción y el procesamiento. El objetivo de este escrito no es ser para nada exhaustivo, tampoco el de generar “trama”, sino un poco de perspectiva acerca de poderes, disciplinas, controles y ganancias presentes en la papa y la palma.

De papa excomulgada a papa sacramentada. La papa tuvo el lugar de la abyección cuando fue “descubierta” durante la invasión de nuestro llamado nuevo continente, fue condenada a la hoguera por hermafroditismo, por ser transmisora de sífilis y demás enfermedades contagiosas. Ahí donde había un tubérculo, surgió una significación insidiosamente hostil que autorizaba toda respuesta de erradicación. El primer discurso trazado con imposición por el amo conquistador fue el del castigo; la colonización del saber y destrucción cultural toma forma en esta simple resignificación: como el símbolo de fertilidad que representaba para la población originaria Quechua de Perú desaparece y se le castiga por dicha instauración; desautorizada la ley autóctona, el conquistador observa la deformidad de su estética, deslegitima su consumo y lo encausa a ser el alimento de la pobreza europea.

Atiéndase a los juegos de significados o, más bien, a la colonización del conocimiento. La papa fue desvirtuada. Ahí donde los conquistadores se proclamaron dueños de la tierra también se adjudicaron potestades de verdad. La papa consumida por los pueblos originarios fue rebajada al consumo de la decadencia europea y puesta ante el castigo inquisitorial. Lo que sucedió fue la imposición de una voluntad con poder; el poder del conquistador, un poder de coaccionar la voluntad ajena mediante unos bien eficientes mecanismos bélicos configuraron también la articulación de coacciones discursivas. Para este momento, el amo se proclamaba a sí mismo como tal, sin necesidad de justificar su poder ante sujetos que no eran vistos más que como lo salvaje, conocedores de abominaciones; el amo era totalitario, su poder punitivo le permitía posicionarse por encima; su coacción era sobre los cuerpos, su castigo físico. Autoproclamado soberano y con un poder instrumental efectivo en el ejercicio de la represión corporal, le fue innecesario cualquier diálogo de saberes y más acertadamente se podría definir lo que sucedió como transfiguración del significado e imposición del saber.

Enseguida se hace evidente que estos mecanismos de control discursivo persisten, que no fue esta la última transfiguración de significado y que el amo aún actúa pero de traje entero. Muchos años después, el sacramento de la papa fue dado por la ciencia, y trajo consigo toda una instrumentalización del cultivo y la producción; disciplina y control. Retomemos a un amo que ahora no posee un poder bélico (aparentemente), que no necesita ya del castigo punitivo sobre los cuerpos ni garantizar el ejercicio de su voluntad mediante el sometimiento físico. Ahora el amo se inviste del saber mismo, su poder viene del contenido de un discurso que obtiene legitimidad por su calificativo de científico, pero también por quien lo pronuncia. En el año 1947 se establece el Programa de la semilla certificada de papa, a cargo del Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas con la colaboración de la Universidad de Cornell y la Universidad Estatal de Pennsylvania, los especialistas en el saber trajeron consigo verdades sobre la instrumentalización, establecieron estándares muy específicos de la semilla de calidad y protocolos igual de específicos para obtenerla. La universidad se verticaliza como entidad de poder científico y nueva ama del saber, legitima su propio conocimiento acerca del cultivo efectivo de la papa y lo comparte al campesino como si de la virtud se tratase; pero más que un compartir, fue un juego con la erótica del poder.

No cabe a la duda los beneficios obtenidos por las nuevas semillas, pero más que por la semilla misma, es por la semilla en relación con los mecanismos implícitos de control, los soportes de la erótica: la institución. La semilla fue certificada por una institución de prestigio científico y poder político, lugar del saber, y con ello reafirmó beneficios operativos, económicos y políticos de la semilla en su contexto. Ahora la semilla certificada genera más ganancia económica que aquella no certificada; he aquí la erótica del poder: aquellos campesinos y campesinas capaces de acceder a la producción de la semilla no tendrían razón alguna para rechazar tal beneficio, la semilla y el mecanismo de control es ahora un mecanismo de seducción. Tener la semilla es obtener poder y mayor ganancia económica, pero: ¿qué ocurre con los sectores que no puedan acceder a los paquetes tecnológicos? Y es que el caso de la papa es muy particular, pues para que una semilla esté certificada debe ser sembrada a más de 2200 m.s.n.m. quedando los terrenos de alturas inferiores automáticamente descartadas para obtener certificación. Y para quienes sí pudieron acceder a la certificación, ¿a cambio de qué fue?

Con la certificación se estableció un esquema de acción, protocolos del ejercicio tecnológico y corporal a ser seguidos para garantizar la calidad. Quienes aceptaran producir la semilla debían contentar a la demanda de la institución: producir semillas de maneras muy específicas e insertar en cada etapa del proceso un paquete tecnológico necesario y que, por supuesto, debe de ser comprado. Esto es disciplina y control; pero también vigilancia y sanción, pues quienes no cumplieran con los estándares establecidos no tendrían certificación de su semilla.

De la palma y el súcubo. Las articulaciones del poder no son muy diferentes a las escritas hasta ahora; sin embargo, sí hará falta dar algunas especificaciones complementarias elucidadas en su proceso de producción y comercialización. Tres son las compañías que manejan el poder institucional; un poder con rostro, se podría decir, si se atiende al nombre de la marca. Grupo Numar, Chiquita y Del Monte se presentan explícitamente como portadores del poder; la falta de necesidad de ocultamiento solo señala una certeza: están por encima de los aparatos jurídicos, especialmente evidente con una empresa que ha financiado movimientos paramilitares en Colombia. Sin más, esto es el retorno a una forma de poder y control coercitivo donde la fuerza punitiva no tiene impedimentos en operar como castigo físico sobre los cuerpos y donde las instituciones sociales formales no se afianzan en una oposición efectiva ni aparentan querer hacerlo. La manifestación de su nombre es la reactivación de la figura del soberano; cuerpo del poder y figura presuntamente intocable, prepotente; monitorea, vigila y castiga.

El coyoleo da cuenta clara de un reglamento de disciplina del cuerpo, las tareas de la siembra, la producción y la recogida del fruto están determinadas por tiempos, movimientos y personas. Apear la fruta, “coyolear”, llenar un saco con un peso de 35 kilos, dejarlo en la palma, cargarlo y llevarlo, y repetir. Cada una de las etapas demanda personajes específicos en lo que es una obra reiterativa de escenificaciones aprendidas al dedillo; la repetición asegura la eficiencia mediante disciplina, ¿también disciplina del pensamiento? Lo cierto es que no, ante las manifestaciones de descontento de trabajadores y trabajadoras se da en consecuencia la necesidad de sanciones: menos eficiencia equivale a menos paga, menos eficiencia reiterada equivale al despido. Sin embargo, y como si las sanciones no fueran suficientes, se encuentra ahora un soberano que es un negociador oportunista, despliega sus mecanismos de conminación en unas condiciones contextuales, sociales y estructurales convenientes donde para las personas “no hay de otra” que aceptar sus imperativos; el soberano ahora es salvador, pero un salvador odiado; ya no es súcubo, porque no le hace falta seducir, ahora muestra su rostro, pero eso no tiene importancia, porque se cree no puede ser expulsado (prepotencia injustificada, como lo muestra la memoria histórica de la Ston Forestal en Osa).

Las manifestaciones de “violentica” coerción en Costa Rica no llegan a la beligerancia de Chiquita en Colombia, pero no por ello son menos efectivas o de mayor indulgencia. Los llamados servicios brindados a los campesinos para iniciar sus plantaciones de palma juguetean con una dinámica de expropiación disfrazada de apoyo; adquirir un préstamo y un paquete tecnológico a cambio de hipotecas totales o parciales valdría igual que entregar voluntariamente la tierra en muchos casos.

¿Dónde se encuentran los conocimientos tradicionales de la siembra de papa? ¿Por qué estos métodos de cultivo no son certificados? ¿Dónde está la intervención estatal para asegurar mejores condiciones laborales y posibilidades de producción autónoma de la tierra? ¿Cuál es el panorama económico, político y social coyuntural que impide la visualización de prosperidad humana sin la presencia de la actividad de grandes corporaciones? ¿Los saberes científicos atienden al diálogo con los conocimientos de producción tradicionales e identitarios o más bien reducen su significatividad? ¿Qué sucede con la tierra tras el paso de los paquetes tecnológicos? Miremos las preguntas y con ello el rostro de la maquinaria; quitemos un velo, descúbrase una-otra verdad en el intersticio del cuerpo tecnológico.


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