La pandemia invisible: las mujeres en la crisis del COVID-19

La pandemia mundial por COVID-19 deja al descubierto de nuevo las disparidades que enfrentan las mujeres con respecto a los hombres, desde la primera hasta la última línea de atención de la emergencia sanitaria

En los servicios de salud, por ejemplo, son ellas quienes por inmensa mayoría se encargan de la cocina, de la limpieza de los hospitales y de la asistencia de pacientes. Trabajan como técnicas, como auxiliares, como enfermeras o como médicas. Otro importante grupo de mujeres administra la emergencia no desde un centro hospitalario, sino desde su propio hogar. Todas tienen roles fundamentales y se encuentran en los espacios más necesarios, pero con un limitado reconocimiento.

La desigualdad social que ya caracterizaba a nuestra región antes de 2020 se ha visto atildada por la pandemia y tiene como una de sus afectadas más directas a mujeres muy diversas, a quienes esta situación las ha llevado a caminar sobre una cuerda floja de nuevas vulnerabilidades.

El impacto no es simétrico. Es particularmente agresivo con aquellas que desarrollan labores de servicio doméstico, de cuidado, de atención a niñas, niños y adolescentes, a personas adultas mayores; a las micro y pequeñas empresarias, a quienes trabajan en el sector turístico, a quienes se dedican al arte y la cultura, a quienes son parte de la fuerza económica. Hay un altísimo porcentaje de mujeres que han perdido sus trabajos o se encuentra potencialmente expuestas al contagio al seguir laborando.

En el caso de aquellas que están en aislamiento, enfrentan otra amenaza dentro de sus propios hogares: el deleznable flagelo de la violencia de género, cuyo riesgo se ha incrementado y cuyas posibilidades de pedir auxilio se ha disminuido en este contexto, según dio cuenta la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

A la lista se suman también quienes sufren una marcada discriminación porque están a cargo del cuido de las personas contagiadas, dentro y fuera del hogar. El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) estima que el 70% del personal social y sanitario de todo el mundo está compuesto por mujeres, quienes –a pesar de su importante labor para contener la pandemia– son víctimas de rechazo y estigmatización en sus comunidades precisamente por su cercanía con el riesgo de contagio.

Por otra parte, debemos dar cuenta de que los hogares se han convertido en espacios donde pasa de todo. Muchas mujeres que se han quedado en casa han tenido serias dificultades para cumplir con las labores profesionales y de estudio, porque son las llamadas a asumir las interminables “tareas domésticas”, que se han multiplicado por mil dadas las estrictas medidas sanitarias y protocolos de desinfección.

En el contexto del teletrabajo, las mujeres deben cumplir con sus obligaciones de manera remota, al tiempo que atienden niños, niñas, adolescentes y otras personas del hogar. Están desarrollando tareas profesionales y domésticas al mismo tiempo, lo que pone a un sector de la población en una clara desventaja frente al mantra de la productividad laboral durante la cuarentena. Para ellas, la productividad en el periodo de aislamiento es un mito que se aleja del extenuante ejercicio de la doble y simultánea carga de trabajo… una carga que es definitivamente mayor en todos los sentidos. En todos.

Quienes han perdido sus trabajos, quienes han visto drásticamente reducidos sus ingresos y quienes son jefas de hogar tienen el doble peso de caer a los márgenes de pobreza y malnutrición, de ingresar en lista de quienes no reciben adecuadamente los servicios de salud sexual y reproductiva, así como de otras condiciones limitantes fruto de los nuevos escenarios de exclusión social.

Nada de esto se resuelve con abandonar el confinamiento antes de tiempo, pues aumentaría exponencialmente los contagios. Por el contrario, las experiencias sufridas por las mujeres en este contexto nos estrellan contra las abismales y estructurales desigualdades que enfrentamos en nuestro continente. Estos crudos escenarios nos convocan a pensar cómo reorganizar equitativamente la división del trabajo, la corresponsabilidad social del cuidado y cómo garantizar la protección de las mujeres, sus hijas e hijos de la violencia machista.

Construir entornos seguros solo es posible si se otorgan oportunidades de inclusión social igualitarias, con el desarrollo de nuevas políticas públicas que cuenten con la visión femenina durante su diseño y promulgación, con el fin de asegurar mejores condiciones de vida y convivencia social.

El Gobierno de la República de Costa Rica debe garantizar que en cada intervención producto de esta crisis sea considerada la cruda realidad que enfrentan las mujeres, para que las medidas que se impulsen no profundicen las ya inaceptables brechas de género.

Por ello es que desde la Vicepresidencia de Costa Rica y el Instituto Nacional de las Mujeres (INAMU) conformamos un extraordinario Consejo de Mujeres, integrado por: Astrid Fischel, María Eugenia Venegas, Karla Prendas, Montserrat Ruiz, Vanessa Castro, Silvia Castro, Ineke Geensink, Sofía Guillén, Abril Gordienko, Ilka Treminio, Faustina Torres, Margareth Simpson y Marysela Zamora, con el fin de identificar medidas concretas que impacten la realidad de esta población.

Las propuestas de este Consejo de Mujeres, sumadas a las recientes recomendaciones de la ONU y la Comisión Interamericana de Mujeres para incorporar la igualdad de género en la gestión de la respuesta a la crisis, permiten que Costa Rica renueve su compromiso con sus ciudadanas y el fortalecimiento de su acción política.

Costa Rica enfrenta desafiantes coyunturas que solo podrán ser superadas si hacemos un esfuerzo colectivo y si cada quien pone lo mejor de sí, desde todos los lugares.  Tenemos el profundo convencimiento de que hoy, más que nunca, las soluciones pasan por generar espacios de diálogo para que las mujeres desde los diferentes sectores, territorios e identidades, aporten, propongan y sean realmente protagonistas del cambio

Aunque diferentes, todas las mujeres aspiramos a alcanzar un objetivo transformador: una sociedad que nos permita vivir con igualdad y con dignidad. La crisis por la que atravesamos supone un desafío mayúsculo para no retroceder, pero también un revulsivo que vitamina nuestras convicciones para enfrentar los enormes retos que nos obligan a estar más unidas que nunca. Proteger a las mujeres es un imperativo moral inexcusable.

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