¡La nuestra es ya una sociedad enferma! (No permitamos que el COVID-19 la enferme aún más)

Siempre se ha dicho que es precisamente a partir de las grandes crisis sociales de donde a menudo renace,

Siempre se ha dicho que es precisamente a partir de las grandes crisis sociales de donde a menudo renace, altruista y renovado, ese sentimiento de apoyo mutuo y de solidaridad en lo más profundo de las convicciones de un pueblo o de un país, que es cuando la gente retoma su ancestral capacidad de natural desprendimiento valentía, coraje y humilde gratitud.

Hace apenas unas cuantas décadas atrás, la sociedad costarricense aún gozaba de una noble y dignificante herencia de cimentados valores de solidaridad, transparencia, generosidad y desinteresada entrega, los cuales nos legaron nuestros –casi siempre campesinos– abuelos y bisabuelos, quienes hicieron de este país un baluarte y ejemplo de una sociedad que, a pesar de pobre y agobiada por todo tipo de carencias, fue capaz de compartir “lo poco que tenía”, así como sus pequeñas y grandes conquistas.  Era el tiempo cuando el costarricense “pata pelada” era capaz de quitarse “el bocado de los labios” para compartirlo con su semejante, cuando “el pelo de un bigote” era suficiente para sellar “de palabra y con honor” un trato o un negocio, aunque estuvieran en juego muchos miles de millones de colones de por medio.

El tico “labriego sencillo”, el ciudadano humilde y “campechano” (y a menudo iletrado) de aquellas épocas siempre fue un dechado de generosa bondad para con sus hermanos del pueblo, nunca buscaba “joder” al otro ni actuar en su propio beneficio, ni sacar provecho de nada ni de nadie; tal vez no sabría leer ni escribir, pero el ser consecuente con sus principios siempre se reflejó en su “idiosincrático” ADN, que –más que en su sangre– llevaba estampado en su corazón, como consecuencia de los principios y valores que había recibido en el seno de su hogar desde la más tierna infancia. Ese ADN del que hoy no queda ni rastro en esta extraviada sociedad costarricense, cuando la corrupción se ha convertido en un cáncer que ya infectó todos los estratos sociales.

Esto lo vemos plasmado claramente en medio de esta emergencia en que nos tiene el “coronavirus”: comerciantes sin escrúpulos aumentando indiscriminadamente los precios de los medicamentos, gente dejando vacíos los supermercados sin importarles las necesidades de los demás y otros muy alegres y campantes jugando de “patacalientes” en las playas, en medio de una emergencia en que todos debemos colaborar, entre otros casos. etc.,etc.,etc. Y es que podríamos seguir señalando miles de ejemplos, de cómo, y hasta qué punto –sin darnos cuenta– nos hemos transformado en una “comarca” sociópata de la corrupción, adoradores del abuso a nuestros semejantes, hermanastros del soborno, cómplices del “chanchullo” y del “chorizo”; insensibles ignorantes de la necesidad ajena, envidiosos del bienestar de los otros, pasivos y pusilánimes observadores de toda injusticia, ajenos a la diáfana solidaridad que por muchas décadas nos hizo libres, conectados en un solidario apretón de manos y reivindicadores de todo lo justo y bueno. Esos preciados valores solo sería posible rescatarlos y recuperarlos de nuevo a partir de una total transformación del sistema educativo, comenzando desde la más tierna edad en la escuela maternal y el kínder, ¡pero enseñando ¡AUTÉNTICOS VALORES!, simples y llanos principios de convivencia en sociedad.

No serán la tecnología, ni la computadora, ni el iPod, ni la laptop, ni el celular, ni Facebook, ni Google los que contribuyan a lograr estos urgentes y profundos cambios no en la mente, sino en el corazón de los futuros costarricenses (y, en síntesis, de la humanidad entera). Tendremos que hacer una regresión a la simple transmisión oral (esa efectiva herramienta de antaño), al contacto “piel a piel”, “rostro a rostro”, “verbo a verbo”; que al final es lo único que nos hermana en una humilde gratitud y en un fraternal abrazo. Debemos apostar a la contundencia y el alcance del ¡PODER DE LA PALABRA!, recurrir al “contacto real”, que seguirá siendo lo único capaz de insuflarnos una cercana, genuina y cálida humanidad.

¡Dejémonos, pero ya, de “serrucharnos el piso” unos a otros (sobre todo en estas épocas de crisis, incertidumbre y zozobra) e intentemos –poco a poco– volver a ser aquel conglomerado de seres simples y sencillos –sin dejar de ser pensantes–, solidarios y despojados de toda perversidad, como lo fueron aquellos ejemplares, humildes y nobles costarricenses de antaño!

Solo así lograremos superar los virus del cuerpo, pero sobre todo los virus del alma.

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