La misma noche que hace blanquear el alma sindical

Con una retórica que causa verdadera hilaridad en el alma de la reacción nacional y con el apoteósico discurso poético…

Con una retórica que causa verdadera hilaridad en el alma de la reacción nacional y con el apoteósico discurso poético: “La noche oscura del alma sindical” (La Nación p.21 A), la distinguida catedrática de la UNED, madame Velia Vicarioli, hace un acuse muy sui géneris de la nobleza de su alma y de un lenguaje impoluto: “La lucha social que otrora dibujó momentos brillantes de nuestra historia quedó con su bandera mancillada, pervertida, ultrajada, desdibujada bajo falsas premisas” (sic.) ¿A cuál historia hace referencia nuestra distinguida heredera del Siglo de las Luces? ¿A las primeras huelgas de finales del siglo XIX (italianos, chinos, jamaiquinos…), a las de principio del siglo XX de las organizaciones obreras y campesinas? ¿A cuál lucha social… brillante? ¿A la huelga bananera de 1934 que fue brutalmente reprimida por el gobierno de Ricardo Jiménez y la United Fruit Company? ¿Qué tiene de “brillante” masacrar, expulsar del país y encarcelar? (Revista de Ciencias Sociales (1978. No.15-16)

Y doña Velia Vicarioli sigue con todos los epítetos que la lengua de Cervantes le permite y se los endosa a los huelguistas: “falta de principios éticos, arrogantes, inmoralidad social, chantaje…” Y, por supuesto, no puede faltar el poema XX de Pablo Neruda para darle ese toque cursi y refinado de la militante de la Bastilla que transpira en su nave virtual del comercio exterior: “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. En todo caso, ¿quién o quiénes se han negado a dialogar? ¿No será que su admirado Presidente defiende a pobres empresarios de Uccaep que serán exonerados de sus deudas, o más eufemísticamente: ¿“amnistía tributaria”? ¿Quién o quiénes son los arrogantes de un Gobierno de turno más falaz que el del profeta Alvarado, al menos se sabía que con este nos esperaba el infierno (construcción ideológica y social) o el cielo de los conspicuos, no la falacia impositiva de la clase dominante local que lo transformó en el arlequín de sus intereses?

Y por si fuera poco, el discurso de doña Velia es comparable al inquilino del Paseo Colón que ha estado coaccionando a los docentes con su oratoria de terciopelo. Y Los agiotistas de comunicación, llámese “patria”, Uruca o Sabana, prestos, acuden a sus palabras elocuentes para que sus ondas sonoras se multipliquen en amenazas, y se pone a disposición de cualesquiera para que saquen fotografías a los docentes que lo adversan si andan de compra hasta en la pulpería del barrio; mantiene una sistemática campaña publicitaria para embarcar a los educadores y hacerlos firmar un documento que los va a expoliar; desconoce con desdén los fallos judiciales aplicados en los artículos 379 y 385 del Código de Trabajo y amonesta a los jueces. Eso sí, según su sabio saber, el Ministro de Educación dicta jurisprudencia de cómo deben resolver los jueces.

Y nuestro actor principal, hombre de pelo en pecho, no solo golpea la mesa para que vean sus noblezas de toro, zapatea, se mece sus cabellos, sino que es capaz de increpar a la Corte Plena ¿Y qué dice la Constitución Política en el artículo 4? ¿Es otro discurso retórico o sedición? ¿Dónde está el respeto, la vocación por escuchar las diferencias? ¿Y los pesos y contrapesos de los poderes? Se le debe recordar al señor Presidente que una fortaleza de Costa Rica es, fundamentalmente, un Estado de Derecho –con sus imperfecciones–, pero que le ha permitido consolidar su vida republicana y vivir alejado de aquellas realidades donde la imposición y la fuerza ha arrastrado a muchos pueblos hacia destinos funestos. Y es el Derecho, su conocimiento, su aplicación de principios y paradigmas jurídicos lo que le dan sustento a este país.

Pero que torpeza, le pido disculpas a mi estimada poetisa, por restarle atención a su discurso neoclásico, solo que es justo citar los dísticos del poeta Neruda:

“La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”

(Veinte poemas de amor y una canción desesperada)  


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