La magia de la poesía

Este artículo es un modesto intento de celebrar la poesía, y a todos los poetas y poetisas que han sido llamados y elegidos por esa inexplicable pulsión que solamente podría brotar del alma

(Dedicado a Sonia Mayela Rodríguez )

Este artículo es un modesto intento de celebrar la poesía, y a todos los poetas y poetisas que han sido llamados y elegidos por esa inexplicable pulsión que solamente podría brotar del alma (si es que existe el alma). Lo dedico a Sonia Mayela Rodríguez (por años, maravillosa guionista y documentalista en Audiovisuales de la UNED), madre de mi hija Morgana. Sonia siempre insistía en que en el mundo la gente debería “hablar en poesía”, comprendo que esta es una utopía tan pasmosamente bella, que precisamente por esto se torna irrealizable.

A la largo de la historia, muchos han visto al poeta quizás como el creador “más flojo” e indisciplinado de la literatura, es por este motivo, salvo en contadas ocasiones, que pocas veces ha recibido el respeto -por ejemplo- que sí se le otorga a un novelista. Se tiende a tener la falsa percepción que la poesía podría escribirla cualquiera, que tan solo depende de un “golpe”, de un “chispazo” de inspiración, tal vez esto se aplique en algunos casos, pero, por otro lado, también se requiere de mucha entrega, disciplina y aplicación constantes.

Decenas de escritores y poetas han dilucidado su propia definición de la poesía, pero en este caso citaré únicamente a un escritor Mexicano, el gran Octavio Paz, quién en un impulso casi “suicida”, intentó plasmar esta desgarradoramente desesperada descripción, del indescriptible oficio poético, en su libro El Arco y La Lira y expresa: “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono; rebela este mundo, crea otros; pan de los elegidos; alimento maldito; plegaria al vacío; diálogo con la ausencia; oración, confesión, conjuro, revelación; permanencia inmanente de todo lo sabido y de todo lo olvidado; letanía, epifanía, presencia; exorcismo, conjuro, sublimación, agonía; hija del azar; fruto del cálculo; arte de hablar en una forma superior; locura, éxtasis, logos; regreso a la infancia; nostalgia del limbo, del paraíso, del infierno; visión mística; símbolo del averno, lengua de los escogidos; palabras del solitario; pura e impura; sagrada y maldita; popular y minoritaria; colectiva y personal; desnuda y vestida; hablada, pintada, escrita; ostenta todos los rostros pero no posee ninguno; el poema es una careta que oculta el vacío… ¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!”.

Durante toda mi vida he escrito poesía y durante todo ese lapso he estado persiguiendo mi propia explicación a esa pulsión inexplicable de la poesía, y es que la poesía es de alguna forma “el alma intangible de las cosas”. La poesía se lanza en caída libre en cada trazo que el pintor plasma en su lienzo, la poesía resurge liberada y rotunda, desde la antigua memoria del mármol, la oscura oquedad de la piedra y  desde el noble corazón de la madera, la poesía traza geografías cósmicas y boreales, en cada giro, en cada movimiento con que los bailarines desafían la gravedad, la poesía trasciende el lenguaje y las palabras, y hace del poeta un ”gurú”, un “brujo”, un “chamán”, un auténtico “sacerdote” de los símbolos; y es que el poeta, ¡magnífico!, absorto y profundo, ensimismado en su propia existencia, sufre de una maldita capacidad de asombro, “palpa” lo que los demás “no sienten”, el poeta observa y vibra con la disonante de todas las contradicciones, habita el erotismo, con el alma desnuda al filo de divinas desgracias, abarca tempestades, ¡exige! la más profunda pasión; alimenta con su sangre a sus benditos demonios, esos que yacen en los más oscuros escondrijos del alma humana; alimenta con su pluma las ubres de la vida, camina intransigente, intransmutable, intransferible, inclaudicable, ¡trashumante! Con un fardo de tolerancia a cuestas, donde guarda el infinito dolor y la invaluable alegría de ser  -sencillamente- ¡él mismo! El poeta vibra con la magia oculta en todos los misterios, esquiva los veranos y se adentra en los inviernos, crece con la yerbabuena y se nutre con la “boñiga” del tiempo; y cuando le da la gana, se convierte en raíces podridas del silencio, se transforma en jaguar en celo, almizcle de colibrí, amamanta estrellas, enamora galaxias.

El poeta no solo solloza desconsuelo, ¡solloza ternura!,  aspira el olor lejano de flores aún por venir y cuando quiere estar solo, se adentra en la selva de su propio corazón, donde aúlla un diluvio de noches rodeado de lobos esteparios y tristes…

El Poeta se habita a sí mismo, sin intermediarios, sin fiesta ni fanfarria, el poeta avanza mirándose hacia adentro, esperando que, en cualquier momento, en cualquier segundo, en algún instante, le brote en sí mismo ¡La primavera del mundo!

¡Ah, el Poeta!, ¡la portentosa clarividencia de la poesía!

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