Opinión

La libertad de los simples

Aguardábamos el inicio de la boda en el atrio de la Iglesia de Puriscal, cuando vimos llegar a uno de los invitados, quien vestía pantalón de fatiga de tonos café, beige y naranja, y una camisa de cuadros rojas, verdes y amarillos. Remataba una ancha faja blanca con hebilla vaquera y  una relucientes botas de cuero negro.  Para colmo, el joven campesino tenía un cabello rebelde, donde se remarcaba la historia de tijeretazos que quizás él mismo se aplicó frente al espejo.

En el pequeño grupo de capitalinos comenzamos, en voz baja, a sacar chiste del espectáculo; ¡viene vestido de caja fuerte!,  ¡qué ridículo, qué vergüenza! decían algunos. Otros se cuestionaban si era daltónico, en son de burla.  El típico “maicero”, o “se ganó el primer lugar del polómetro”, acotaba otro.  Estas expresiones nos tenían contagiados de risa.  Aun iniciada la ceremonia, no cesamos el divertimento.

No obstante, recapacitando serenamente, pude observar que el muchacho se sentía a sus anchas, sonriendo y conversando, estrechando manos y abrazos, repartiendo saludos y besos a amigas o familiares. Se conducía con naturalidad y autenticidad. En una palabra: libremente.

Entonces me vi a mí mismo, repasando todas las reglas que tuve que aplicar aquella mañana al vestirme. El tipo de traje que dicta una ceremonia de boda, el color de corbata y de faja con el tipo de hebilla apropiada. La camisa blanca en un fondo neutro con la corbata y el traje. Las medias rimando con zapatos y sin competir con el tono del pantalón.  El tipo de reloj y el color del brazalete, la elección de anillos, el estilo de peinado, anteojos, colonia, sin olvidar el color de la billetera,  mancuernillas, pañuelo, etc.

Al entrar en razón que la lista era extensa, ahonde en todas las normas de vestir que uno debe seguir en cada momento, según la ocasión, hora, moda o lugar. Los colores que deben encajar, el manejo de las rayas, de cuadros, tipo de manga…   ¡Cuántas reglas y normas sociales!   Entonces comencé a visualizar que todos estábamos presos de un sinfín de leyes establecidas por ninguna autoridad competente, pero que seguíamos so pena de no ser aceptados o convertirnos en el “hazme reír” de otros que viven su propio confinamiento.

Esto me hizo meditar las palabras de Jesús: “¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido?”

Nuestros cuerpos, por sí solos, ya son una expresión de inigualable valor, de modo que debería ser irrelevante lo que queramos ponerle encima.  Mantas, sedas, tonos rojos o verdes, rayas, cuadros, ¿qué más da?  “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, declaró el Rey Salomón al final del discurso. “No os afanéis por lo que habéis de comer o de vestir…”, -volvía a sentenciarme el Cristo.     Entonces envidié a la gente más simple, la que vive sin los prejuicios y tabúes de las sociedades urbanas.  Comencé a descubrirlos libres y genuinos, como el joven campesino al inicio de esta anécdota.  Y a mí, preso y encadenado a los estereotipos que la etiqueta o la aceptación social exige. Al terminar la ceremonia dejé el templo hundido en meditaciones.  De lejos vi al campesino con su vorágine de estilos y colores, saludando a todos alegremente. Entonces, salí preguntándome, ¿quién se ríe de quién?  Y lo peor, sabiendo la respuesta.

 

 

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