La erupción de Jiménez Deredia en San José

Me fascinan las esculturas de Jiménez Deredia. El otro día salimos de excursión en familia, pero no fuimos al Poás o al Irazú.

Me fascinan las esculturas de Jiménez Deredia. El otro día salimos de excursión en familia, pero no fuimos al Poás o al Irazú. Esta vez nos dirigimos a San José para descubrir las erupciones de lava que el volcán de la creación ha desperdigado con milagrosa generosidad entre los pies de las casas y las miradas de las plazas. El artista ha regresado a su Costa Rica natal con una exposición histórica. Sus tótems de magma nos lanzan un guante a la vieja usanza: contemplar, es decir, hacer un alto en el camino, observar con atención y reflexionar íntimamente sobre nuestro lugar en el mundo. Así que, paso a paso, interpelados por los nuevos huéspedes del panteón josefino, hacemos camino al andar. Vaya por delante mi admiración por el artista y por la espectacular iniciativa de transformar a los transeúntes de San José en los protagonistas de un encuentro inesperado: museo al aire libre para unos, mimos gigantescos para otros, figuras de cuento, dice mi hija, parque temático responde mi hijo, o por qué no, digo yo, hitos de una peregrinación urbana.

Esferas y Mundo. Las esferas deredianas son mucho más que un pretexto precolombino costarricense. Callejeando por San José, descubrimos poco a poco que esas esferas son las ruedas del molino del tiempo, y nos invitan a reconocernos, con una mezcla de asombro y humildad, como frutos perecederos de la evolución. En la plaza de la democracia, ¡qué gran lugar para iniciar cualquier camino!, evocamos el primer embrión, el próximo planeta, la órbita del mañana… y Deredia nos invita delicadamente, sin decir nada, a fundir la experiencia irrepetible del aquí y del ahora – reparar en un huevo en una calle josefina un domingo soleado de febrero – con el pasado remoto que nos alumbró y el futuro incierto que nos apagará. Así, soñando caminos de la tarde, nos ponemos a filosofar sin darnos cuenta porque andar es el mejor combustible para pensar. Las esferas nos despiertan entonces la idea de mundo como espacio de encuentro de la humanidad, un mapa de iguales sin fronteras, una fuerza incontenible que nos condena a entendernos desde la igualdad última de nuestro origen y destino común. Deambulando, entre voces y pisadas, los peatones se miran y recuerdan que debemos cuidar del hilo invisible que nos conecta, ese que puede enredarse, pero nunca debe romperse. ¿Acaso no son esas esferas, esos círculos concéntricos que nos reúnen en San José y nos acarician entre las manos reparadoras de colosales mujeres, madres naturaleza, una invitación a superar las fronteras de nuestras mentes?  ¿Acaso no son una insinuación para olvidar los selfies, dejar de creernos especiales, desaprender, incluso – si eres valiente– olvidar, y parar de mirar arriba y abajo para mirar adentro? Los símbolos de Deredia son espíritus vivos que brotan de mármoles consagrados. Hablan un lenguaje sencillo y universal que, lentamente, vamos rememorando: yo soy, si tú eres. Juntos. El paseo nos ha ido alejando de las jerarquías piramidales, y como por arte de magia, nos percatamos de que no, ya no estamos caminando. Ahora rodamos por la avenida central porque las reflexiones más profundas son siempre circulares.

Tal vez sea un espejismo, pero entre las piedras y bronces del cauce, cayendo por la pendiente inclinada del pensamiento, al fin comprendemos que las esferas deredianas están hechas de polvo de estrellas: son embajadoras del pasado y sherpas del futuro. Sí, eso debe ser el arte, un atajo entre el tiempo y el espacio. Sí, eso debe ser la cultura, la conciencia crítica y el sentido de la historia paseando de la mano un domingo de verano.

Identidad. Mis pies resuelven que la gran idea del volcán derediano es una exhortación muy oportuna en un momento en el que reverdecen nacionalismos y excesos identitarios. En un mundo que parece dejarse arrastrar por la sempiterna tentación del narcisismo de las pequeñas diferencias, las esculturas nos ayudan a desvelar nuestra vanidad y mentira. Nuestra identidad es como un largo viaje en compañía con un destino inamovible: uno mismo. Pero no el mismo yo. El yo que partió en la plaza de la democracia no es el mismo que arribó a la plaza de la cultura. La identidad, le cuento a mi hijo, es un camino que serpea y débilmente blanquea, se enturbia, -sí, se enturbia para enriquecerse-, y desaparece. Por eso, llegando al Teatro, el mismo Calderón nos da la bienvenida alertando que, “en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende”. Frente al calor ardiente y puro de la tribu, conviene dudar y seguir caminando. Mezclarse. Apenas un paseo por las calles de San José sirve para reconocernos como miembros de una tribu llamada humanidad. Justo ahora que sabemos a ciencia cierta que los problemas del mundo, llámense naturaleza, paz o prosperidad, no tienen soluciones personales ni nacionales, justo ahora, hace bien el artista en recordarnos que somos amalgama de un mismo volcán. Gozosos, como los astros que recorren los grandiosos espacios celestes, hemos llegado a la plaza de la cultura, pues todos los caminos conducen a Roma. Frente al Teatro Nacional, el paseante que se lo proponga puede escuchar una flauta y el eco del cuarto movimiento de la novena, la música que Beethoven regaló a la letra de Schiller, esa que, precisamente ahí, con aroma a café, al lado del Hotel Costa Rica, nos dice, si prestamos atención, que “todos los seres beben la alegría en el seno de la naturaleza, todos, los buenos y los malos, siguen su camino de rosas. Transitad, hermanos, ¡Abrazaos, criaturas innumerables! ¡Que un beso una al mundo entero!” Y por eso, sin venir a cuento y sin que me vean las palomas, le doy un beso a mi mujer…

Mujer. Al cruzar por la ruta espaciosa de nuestra peregrinación, inmensas mujeres han guardado el camino y la ribera. Son mujeres que celebran la vida. Sus sonrisas leves y confiadas revelan el gozo secreto de la creación, la libertad y la belleza. Son el principio, la Pachamama, la madre naturaleza que nos acuna, protege y alimenta. La evolución tiene nombre de mujer. No, no es un Atlas crispado y musculoso quien sostiene la tierra sobre sus hombros. Son mujeres redondas y serenas, y no solo aguantan el mundo: lo moldean, lo acarician y, cuando les apetece, juegan con él. Absorto en mis cavilaciones, pensando en mi madre o tal vez era mi abuela, mi hija, aburrida ya de mí, me despierta. Y yo le digo: tranquila, ya nos vamos hija, pero que nunca se te olvide que las mujeres sostienen el mundo.

 


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